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Honorio Cardoso
El blog en Tribuna de Salamanca de Honorio Cardoso

Juan Eduardo Zúñiga, que ha cumplido 100 años

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Las crónicas periodísticas que recogían la designación de nuestro autor como Premio Nacional de Traducción de 1987 fechaban su nacimiento en 1927.

Cuando fue elegido Premio Nacional de la Crítica  de 2003 los medios databan el evento en 1929. Esa misma  fecha, hace pocos días, reflejaba la página de Wikipedia que enumera a los galardonados con el Premio Nacional de las Letras, que él recibió en 2016. Sólo muy recientemente hemos llegado a saber que Juan Eduardo Zúñiga cumplirá su centenario éste 24 de enero. Nació en Madrid hijo de Emilia Amaro, granadina, y de Toribio Zúñiga Sánchez-Cerrudo, salmantino. De la madre, “muy soñadora”, y del padre, “profesional entregado”, recibió imaginación y disciplina, materiales valiosos para la futura tarea creativa. Su padre, bejarano de origen, había abierto farmacia en la capital (1909) y desempeñó un activo papel en ese campo profesional: miembro del grupo impulsor de la Real Academia de Farmacia, de la que fue primer Presidente y culminó como Secretario perpetuo, farmacéutico de la Casa Real entre 1925 y 1931, investigador y publicista de la farmacología. Al iniciarse la Guerra Civil desempeñaba funciones relevantes en la Cruz Roja lo que, pese a su conocido perfil monáquico y conservador, debió funcionar como auténtico salvoconducto durante el conflicto.

 

En ese ecosistema crecía J. E. Zúñiga cuando se desencadenó la Guerra Civil y en él conoció/contempló/sufrió /compartió, con el resto de sus gentes, el palpitar de la vida y muerte de una ciudad sometida y resistente frente a la barbarie  fascista. Seguramente movido por ello, y en divergencia con su medio familiar, atiende la llamada a filas del ejército republicano, siendo adscrito a servicios auxiliares tras ser declarado inútil para el frente, lo que terminaría inspirando el título de su primer libro, Inútiles Totales (1951). En Madrid ha transcurido su vida, ha construido su núcleo familiar junto a su mujer Felicidad Orquin y su hija Adriana y ha desarrollado su insobornable compromiso literario.

 

Fue en los primeros años de los ochenta cuando tuve conocimiento de este escritor, a cuenta de un comentario escrito de Vázquez Montalbán en el que hablaba de un autor ajeno al incipiente faranduleo de la cultura de la Transición, y de una obra, Largo noviembre de Madrid, llamada a ocupar un lugar destacado en la historia de la narrativa española. Encontré la modesta edición de bolsillo editada por Bruguera en su colección Libro Amigo: tengo que confesar que no lo he prestado nunca. Su lectura enriqueció la perspectiva de mi entendimiento de la Guerra Civil y, desde entonces, de todas las guerras que me ha tocado vivir. Las bombas que caen siguen siendo instrumento de resolución de ambiciones geoestratégicas o de desigualdades sociales, aunque, como nos descubre en sus páginas, el efecto inmediato y persistente sea el de convertir en polvo y cenizas los edificios y su contenido de afectos y desavenencias, contaminando a quienes viven del gas venenoso que desprende la codicia, el trapicheo, la indiferencia o la crueldad que toda hecatombe bélica conlleva.

 

En los entresijos de ese paisaje, “para unos sombrío matadero y para otros fortaleza defendida palmo a palmo”, la ciudad asediada (Madrid, Sarajevo o Alepo) siguieron cobijándose  las trazas de la vida cotidiana de los supervivientes, atrapados y unidos por el cataclismo que les arrasa. Y que devendrá para todos, como nos explicará más tarde en La tierra será un paraíso, en una experiencia inútil y, finalmente, amputada porque “pasarán unos años y lo olvidarás todo, te quedará vacía la cabeza, no recordarás nada de estos meses tan negros... y de esa forma, un día te notarás sin alma, echarás una mirada dentro y no verás sino un enorme hueco” (La dignidad, los papeles, el olvido).  Todos sabemos que destruir vidas es el fruto más amargo de las contiendas bélicas, pero Zúñiga es capaz de relatarlo con un estilo y una manera de fabular distintiva y, sobre todo, con una inmensa capacidad de hacernos sentir la universalidad que encierra la memoria de los episodios de cuaquier guerra. 

 

El ciclo narrativo se cierra con el volumen Capital de la gloria , en el que se bosqueja un Madrid que ya no es fortín sino páramo masacrado. Se sella la obra con el relato  Las enseñanzas, que narra la correría de una madre que atraviesa la devastada ciudad a la busca de una escuela para su hijo. En su recorrer coincide con las colas del Socorro Rojo, las patrullas a la captura de quinta columnistas, los bombardeos franquistas allanando el asalto final, las carreras de quienes se precipitaban a los refugios y los alaridos de los caídos. Y cuando el humo y el ruido comienzan a disolverse, la madre se hace consciente del llanto angustiado del pequeño y le arropa entre sus brazos diciéndole “no te asustes ya ha terminado todo... Esto es la guerra hijo, para que no lo olvides”.  Que nadie  acuda a leer la Trilogía de la Guerra Civil  pensando que va a ser fácil: en la compleja y extensa cartografía que traza no hay vidas ejemplares, ni historias de superación, ni personajes carismáticos, pero entre sus entresijos se cuela la sorprendente fuerza de la vida, el enigmático poder del deseo, la inextinguible pretensión de amar y ser amado. Y atravesando todos los relatos la experiencia de lo más cabal del ser humano y su historia: la experiencia del dolor. Por poner un pero, lo único que se echa en falta en esta monumental obra es algún cuento aderezado de humor.

 

En una ocasión, y a cuenta de uno de sus autores más estimados, escribió Zúñiga:  “Al igual que cualquier hombre que se siente cercado y oprimido en su país o en su entorno, Antón Chéjov anheló en ciertos momentos de su vida escapar, liberarse, situar en un lugar muy distante la meta de aquella necesidad que era salvar su intimidad, su deseo de soledad, su tiempo de escritor” (El viaje iniciático de Chéjov).  A diferencia del autor ruso,  Juan Eduardo Zúñiga venció la tentación de huir a isla de Sajalín alguna y, cercado y oprimido en la plomiza Dictadura, desde su trinchera madrileña fue capaz de construir una de las peripecias creativas  más sólidas, emocionantes  y bellas de la escritura contemporánea española. En ella es capaz entramar su tiempo de escritor, reconstruyendo la memoria íntima y la experiencia vital traumatizadora, propia y colectiva.

 

La obra de Juan Eduardo Zúñiga, más allá de la Trilogía, es una producción literaria de largo recorrido y de una profundidad no muy frecuente en la literatura española, inscrita en la misma ola que encabalgan Vázquez Montalbán y Rafa Chirbes. Para los tres la literatura ha sido, fundamentalmente, lenguaje y en la construcción del mismo se han aplicado a la tarea más hercúlea de todo escritor: la búsqueda de la palabra exacta y el esfuerzo por articular historia y ficción mediante un código simbólico personal. La discrepancia en la articulación entre realismo y simbolismo supuso la ruptura de su pertenencia al PCE, materializando una práctica que ha sido habitual en la trayectoria de éste partido: su enorme capacidad para atraer a los distintos,  periódicamente fue liquidada con la condena al ostracismo y el ninguneo, impelido por el miedo a perder el control. Moltalbán, Zúñiga y Chirbes  fueron fieles a la exigencia del lenguaje, pero de un lenguaje cargado de tiempo y significación, sin miedo a la responsabilidad social que conlleva su uso y sin el sometimiento a la pretensión rededentorista que los burócratas pretenden imponerle a la literatura.  Les ha unido el entendimiento de la novela como construcción de la memoria, para rescatar del olvido la voz de los silenciados. Sin duda, Zúñiga sea el más desconocido de los tres. Mutatis mutandis, podría servir la respuesta de Rafael Chirbes para explicar su éxito en Alemania frente a su semiclandestinidad en España, “en Alemania, el arte literario cobra sentido público y no es sólo un ansiolítico de mesilla de noche”.

 

Ya he apuntado que J.E. Zúñiga ha desplegado su tarea en otros campos: traducciones, ensayos sobre literaturas eslavas y artículos periodísticos. Mantiene una colaboración intermitente en El País con artículos en los que se recogen reflexiones sobre aspectos de la actualidad, voy a permitirme aconsejar la lectura del que publicó a finales del mayo pasado: Unidad en los márgenes.

 

Pues eso, no esperen ansiolíticos.

 

 

 

 

 

Comentarios

Ángel 31/01/2019 12:15 #1
Gracias maestro. Aleccionador y evocador como siempre. Apunto las referencias para empaparme con Zuñiga siguiendo tu recomendación, que seguro que es tan acertada como cuando me descubriste a Chirbes.

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