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Ciudadano Descatalogado

Honorio Cardoso
El blog en Tribuna de Salamanca de Honorio Cardoso

Europa atrincherada

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Los desplazamientos migratorios están inscritos en el ADN humano: los primeros homo (habilis o erectus discuten los científicos) salieron de África para poblar el mundo. Mucho tiempo después, desde el s. XV hasta comienzos del s. XX, un volumen ingente de población europea sorteó las fronteras continentales para implantarse en los llamados nuevos continentes. Distinguir en estos desplazamientos que hubo de forzados o de voluntarios debería estudiarse para cada caso: cada migración tuvo su historia, aunque hoy se quiera ocultar o, simplemente, queramos ignorarlo.

La mayor parte de la historia europea del s. XX, en lo que hace a los movimientos migratorios, está ligada, de manera masiva y forzada, a su tormentosa vida política. También, de manera no tan masiva, aunque desde luego significativa, a causas económicas: de recuérdese la emigración laboral de población activa de los países mediterráneos hacia la Europa Central en la década de los 60 y 70.

 

En ocasiones, tan grave y mortal como la que estamos viviendo, desde los márgenes mediterráneos hacia el continente europeo. Consecuencia de los conflictos allí producidos: incontable número de familias enteras en movimiento, miles de niños y niñas  que han desaparecido durante los desplazamientos, incalculable volumen de ahogados en el Mediterráneo, preeminencia de las mafias en el proceso, etc. Unos y otros son carne (o carnaza) de los medios de comunicación, con el doble objetivo de que olvidemos las causas e internalicemos las consecuencias.

 

Lo que sostiene los crecientes flujos migratorios originados en el Norte de África y Oriente Medio, y las tragedias que se nos imponen, se cuece en una “sopa originaria”: la globalización capitalista. Esa globalización, en las relaciones de fuerza internacionales para esta área, conoce un salto adelante con el acuerdo secreto anglo-francés (Convenio Sykes-Picot, 1916) estableciendo el artificial reparto del Imperio turco. La decadencia de las antiguas potencias coloniales europeas y la emergencia de USA como superpotencia tras la II Guerra Mundial consolidan y reajustan, en ese espacio estratégico, la hegemonía político-militar y económica occidental. Primero, mediante los acuerdos de Franklin D. Roosevelt y el rey saudí Abdelaziz bin Saud (Pacto del Quincy, 1945) para convenir el control de las fuentes y del suministro del mercado petrolero; segundo, con la creación, inmediatamente después, del Estado de Israel (1948) y su conversión en el gendarme de la zona. Ambos agentes (saudíes e israelitas) propiciaron el control ideológico y la intervención militar sobre el conjunto del mundo islámico y los movimientos democratizadores que nacieses en su seno. O, si se prefiere a la inversa, ambos agentes han funcionado como factores de la radicalización islamista, la pronta y fácil vía de salida a las tensiones y frustraciones que ocasiona su supremacía. Y que nadie lea esto como automatismo simplista y exclusivo, sino como condicionantes necesarios a la eclosión yihadista que estamos conociendo.

 

Las múltiples intervenciones militares, en su mayoría victorias pírricas, junto al retroceso económico, han provocado el debilitamiento de la potencia estadounidense y la toma de conciencia (resentida) de su menguante papel en el área. Y, con la desaparición del mundo bipolar, ha supuesto la fragmentación de la zona y la proliferación de resistencias regionales. De nuevo estamos inmersos en un cambio de época en el desarrollo de la globalización capitalista: la del orden neoliberal.

 

Esa globalización provoca, sostiene y amplia el permanente desorden geopolítico que alimenta, en las poblaciones subordinadas de ámbito nacional, continental o internacional, el saqueo de sus bienes, la fragilidad de sus vidas y la reducción de sus libertades en beneficio de las corporaciones y de las fortunas de las burguesías transnacionales. Así mismo, alienta la huida de las poblaciones atrapadas en el corazón de los conflictos. Y, también, determina la disputa, a cara de perro, por la hegemonía en el amplio espacio que anuda Europa y Asia Central, produciendo la violencia y destrucción que a todos nos afecta.

 

A la par que consecuencias políticas devastadoras en el conjunto de las sociedades europeas: muros –simbólicos o reales- por todas partes; violencia creciente –implícita u ostensible- en nuestra cotidianeidad y repliegue tribal como cebo de una anhelada (imposible) seguridad. La imposición  de este nuevo orden conlleva una destructiva dinámica ecológica, una ruptura de los tejidos tradicionales de sostenimiento social, una competencia salvaje entre nuevos y viejos trabajadores Y el crecimiento del miedo y la insolidaridad o el retorno de la rabia por las antiguas/presentes derrotas revividas.   La inseguridad y la amenaza fluyen descontroladas, entre las poblaciones forzadas al desplazamiento y la ciudadanía de los estados hacia donde aquellas dirigen sus pasos, la desesperación y el sentimiento de incertidumbre caótica arrasan con la esperanza de un futuro común.

 

Cambio de época agravado, en nuestro contexto por una Europa inerme, autolimitada en su articulación, dividida y enfrentada en su iniciativa. La cumbre de La Valeta, el pasado fin de semana, dan muestra sobrada de todo ello. Además, ahora, intimidada ante el orangután armado, con mando nuclear y con twitter, que dirigirá la política estadounidense durante los próximos cuatro años. El temor atrincherado como respuesta a la llegada de refugiados y a la tormenta que se avecina en las relaciones internacionales.

 

No nos engañemos: ni la crisis migratoria, ni Trump son la causa de la crisis europea; más bien, ambos son los síntomas del error del modelo sobre el que se ha construido la Unión Europea.

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