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Ciudadano Descatalogado

Honorio Cardoso
El blog en Tribuna de Salamanca de Honorio Cardoso

Europa asfixiada

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En el artículo de la semana pasada (Europa atrincherada) se concretaban alguno de los problemas derivados del cambio de época –la globalización neoliberal- en el que nos encontrábamos: declinar del imperialismo americano, estallido de durísimos enfrentamientos en el espacio de predominio islámico, desplazamientos de población y otros.

Se resaltaba que ocasionaban un persistente desorden geopolítico que afectaba al deterioro de las condiciones de vida de las poblaciones subordinadas allá donde quisiéramos poner el foco: nacional, continental o internacional. A la par que unas consecuencias devastadoras para el funcionamiento democrático de las sociedades: pulsión destructiva crecientemente emergente en el caso de las occidentales. Finalmente, planteaba que la situación se agravaba en el contexto de una Europa inerme, autolimitada en su articulación y dividida y enfrentada a la hora de tomar iniciativas, circunstancias enraizadas con el erróneo modelo sobre el que descansaba la Unión Europea.     

 

La UE existe, pero la integración europea está a las puertas de naufragar si no somos capaces de romper con el antidemocrático giro que Maastricht impuso contra los ideales fundacionales para crear, al amparo de una institucionalidad auténticamente democrática, un espacio de libertades compartidas y mejorar las condiciones de vida de una ciudadanía arrasada tras la II Guerra Mundial. La cumbre de La Valeta ha puesto, negro sobre blanco, el bloqueo que está condicionando la capacidad de ofertas claras y definidas para enfrentar los problemas que sean: la canalización del flujo migratorio, la mutualización de las consecuencias de la crisis económica, el auge de las fuerzas ultranacionalistas o la irrupción de Tramp en el escenario internacional. A estas alturas de la película resulta evidente que el débil pulso que presenta la Unión es resultado del bloqueo y asfixia generados por su modelo institucional, cuyo entramado político real se encuentra desequilibrado hacia el Consejo de la Unión, formado por los ministros del ramo, frente a una Comisión que ni quiere, ni puede ni se la espera para hacer progresar una cultura política europea capaz de encauzar, concertar y regular los maquinales intereses nacionales.

 

El panorama se ha complicado con la llegada de Mr. Trump al escenario internacional. El presidente estadounidense ha manifestado, claro y sin disimulos, que en su entendimiento del mundo no cabe la UE. Y sus palabras están avaladas por los hechos: alianza funcional con Putin, despegado de Europa por el afán en colocarle nuestros misiles en las proximidades del Kremlin; relación privilegiada con los partidarios del Brexit: alborotado recibimiento a Farage (Upik) en su torre, entrevista a M. Gove –brexitero mayor de los conservadores británicos- en The Times, apoyo incondicional a Theresa May ofreciéndole ventajas para que acelere su ruptura; aliento a  las formaciones eurófobas que proliferan en diferentes países de la Unión; amenaza de endurecer las condiciones a los europeos que pretendan entrar en USA.

 

Es decir una agenda transatlántica preocupante: amistad con quienes defienden la irrelevancia internacional de la UE y boicot y acoso contra quienes defienden un futuro para la misma. Cierto es que actuaciones de la Comisión Europea y las de su presidente, Jean Claude Juncker, en nada ayudan a dar respuesta a los desafíos y a aprovechar las oportunidades que el momento nos proporciona. Una actitud pasiva frente al Brexit que ha dejado la iniciativa en manos del gobierno británico; un talante complaciente ante los que incumplen los planteamientos políticos de la Unión: léase Hungría, Chequia o el autoritarismo de Erdogan; unos modales temerosos frente al matonismo de Trump; y una inacción permanente frente a los piratas de la austeridad fiscal. Todo ello, y no la crisis migratoria, está contribuyendo a profundizar la crisis en la UE.

 

Si realmente queremos evitar la creciente asfixia de la Unión habrá que refundar sobre bases distintas el proceso de construcción: como se planteó con motivo de las Elecciones europeas de mayo´14, los problemas a los que nos enfrentamos no exigen más Europa, sino otra Europa. Construir una alianza compleja y sólida para dotar a la UE de un funcionamiento democrático requiere, de entrada, explicar nítidamente que esto no se conseguirá con ilusorias recuperaciones de soberanía nacional, sino desarrollando políticas que hagan democrática la soberanía compartida en la que nos hemos embarcado. Además, impone romper con el sometimiento de los organismos y organizaciones al mandato de los mercados y con el uso del lobyng en los alrededores de las instituciones europeas. Por último, y de suyo, exige unas políticas económicas preocupadas por el relanzamiento de la actividad productiva y la recuperación de una orientación fiscal que rompa con una austeridad en beneficio de los intereses financieros y no con las necesidades de las gentes del común.

 

Pero si queremos redibujar el paisaje político estamos obligados a escuchar los miedos y las frustraciones de una población que no encuentra referencias políticas creíbles; así como invita a no usar descalificaciones simplistas sobre las respuestas de los sectores golpeados por la crisis. No son respuestas nacidas de la xenofobia, son repuestas surgidas de la precariedad que nos arrasa y de las pesadillas que alientan quienes, con el recurso a la xenofobia, han construido el escenario en el que están destruyendo nuestras vidas. Entender a la gente normal y no insultarla sigue siendo un reto imprescindible para poder cambiar la miserable realidad a la que quieren abocarnos.

 

Tan imprescindible como que surja una izquierda con políticas para esa reconstrucción.

 

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