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Ciudadano Descatalogado

Honorio Cardoso
El blog en Tribuna de Salamanca de Honorio Cardoso

Ecos del 68 (3): El revolcón parisino

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“Lectura de El Capital entre celestes y flameantes sábanas ¡cómo te recuerdo! No entendíamos nada, por supuesto, pero estábamos descubriendo el mundo… Ella, yo y Karl Marx en la camota. Lo malo es que con el tiempo éste orden se alteró, y yo pasé a tercer lugar, ella al segundo y Karl al primero”.

A. Bryce Echenique: La vida exagerada de Martín Romaña.

No fue exactamente así, pero hubo bastante de ello. Casi seguro que en otro orden y, por supuesto, con diferente componente de sujetos habitantes de la camota. De sujetos físicos, claro está, y de sujetos intelectuales: Freud, G. Lukács, Eric Fromm y, el hipnotizador por excelencia, Herbert Marcuse.

 

le monde mayo frances parisEs ésta exuberante novela de Alfredo Bryce Echenique uno de los ejercicios más atrevidos, irónicos e irreverentes de aproximación a la revuelta parisina a través de la peripecias del joven latinoamericano que da título al libro. Obra de lectura recomendable, historia de ficción, de sonrisa y carcajada, en la que la destreza narrativa permite revivir los hechos de aquel mayo en la memoria del correteo de sus protagonistas, y en la que el estatuto de ficción ayuda a manipularlos y distorsionarlos habilitando una nebulosa de apreciación sobre los mismos. También es ejercicio intelectual de comprensión desde el choque cultural y, a la vez, desde el frustrado resquemor de un burguesito limeño que quería revivir el París festivo de Hemingway y se encontró toda una batalla campal liquidadora de sus expectativas. Y, en lógica consecuencia, maniobra de ajuste de cuentas con los protagonistas que allí confluyeron. Obra de ficción, ejercicio intelectual y ajuste de cuentas que entra de lleno en esa cursilada que hoy suele denominarse como “ganar el relato”. Pero que desde March Bloch y Lucien Fevbre  se expresó como “combates por la Historia”, es decir, como el esfuerzo por construir un análisis crítico de las distintas formas de hacer y entender la historia con las que quiere gobernarse nuestras memorias.

 

En el gobierno de la memoria, el mayo francés del 68 ha constituido un campo de confrontación entre el uso de un significado (banalizado) que el poder busca imponer frente a las memorias de las luchas (malogradas) de quienes lo impugnan. Se ha pretendido transformar aquella experiencia en un mito esponja que permita absorber/diluir todas las miradas: desde la que agranda su intención revolucionaria -bien en su perfil de cambio sociopolítico (J. P. Sartre), bien en su amenaza de liquidación de la institucionalidad o de las relaciones de producción burguesas (R. Aron)- a la de quienes persiguen la despolitización de aquella tentativa, presentándola como simple moda inaugural de ritos relacionales, gustos sexuales, hábitos educativos o tendencias artísticas. Ya he señalado que no considero pertinente hablar de revolución, pero lo ocurrido en aquella Francia de 1968 no fue en absoluto epidérmico: el susto de los poderes dominantes al servicio de la complaciente burguesía gala de la época y su respuesta de brutalidad policial, represión política y repliegue simbólico desmiente el pretendido dibujo de mera “revolución divertida” con cartelería guay, eslóganes lindos y bellos cuerpos juveniles. Afortunadamente, también presentes, pero si algo marca las sucesivas conmemoraciones que se han producido en estos cinco lustros es la omnipresente pregunta sobre “el influjo del 68” y la mayoritaria respuesta dirigida a comprimirla en un cuco álbum fotográfico, eso sí, tutelado por una cohorte de relatos dirigidos a levantar cortafuegos que obstaculicen la ilación de continuidades/rupturas que engarzan los flujos entre el pasado y el presente.

 

La confrontación no sólo se establece sobre el significado del caso histórico, sino que abarca a muy diferentes aspectos y, muy especialmente, a los desencadenantes que produjeron el hervidero de aquellos meses.

 

Aunque pueda tacharse de simplificación resbaladiza, podría decirse que el numeroso grupo de los analistas partidario del revisionismo minimizador presentan el mayo francés como un estallido estudiantil, básicamente espontáneo, y desatado por lo que suele denominarse como las naturales necesidades juveniles. Y como referente de autoridad se cita el artículo de Pierre Viansson-Ponté, Quand la France s'ennuie…, Cuando Francia está aburrida, que Le Monde publicaba en portada el 15 de marzo de 1968. Su autor lamentaba que, mientras el mundo se encontraba agitado por muy diferentes convulsiones, “lo que actualmente caracteriza nuestra vida pública es el aburrimiento”, hasta el general De Gaulle se encuentra aburrido. Si bien señalaba que, fuera de éste clima soporífero, había unos pocos cientos de miles de franceses (desempleados, jóvenes desempleados, pequeños agricultores y ancianos abandonados) que absortos en sus preocupaciones “no tienen tiempo para aburrirse, ni tampoco el corazón para manifestarse y agitarse… Así que reina la calma”. Eso sí, con, por una parte, la impagable ayuda de la televisión, “que no pierde la oportunidad de recordar que el gobierno es el más estable en un siglo… y que está para distraer, sin hablar de aquellos (problemas)”, y, por otra, la anestesia del consumo.

En apenas dos meses había un país conmocionado por una revuelta con casi 10 millones de huelguistas, algunas empresas decisivas para la economía francesa controladas por éstos, una capital embolsada en un caos furioso de barricadas y escaramuzas… y De Gaulle tanteando qué grado de respaldo militar gozaba. Vamos, cualquier cosa menos una broma divertida e insípida. Cuarenta años después, Nicolás Sarkozy convertía “liquidar mayo del 68” en uno de los ejes de su campaña electoral, es decir, parece que tampoco era una antigualla sin valor para el presente. Y el pasado 7 de mayo, Álex Vicente entrevistaba a J.P. Le Goff en El País planteándole que “El 40º aniversario de Mayo del 68 fue una gran fiesta nostálgica. Diez años después, parece una celebración mucho más desencantada”. Más que una pregunta, un axioma.

 

Dejemos claro que mayo del 68 no eclosionó por la agitación hormonal de una primavera especialmente florida, ni tampoco por el impulso irrefrenable de aventurerismo juvenil. Como la historiadora Ludivine Bantigny ha señalado “No, el mayo del 68 no es solo un movimiento estudiantil en París. En toda Francia, trabajadores, agricultores, comerciantes, artesanos e incluso taxistas y bailarines se pusieron en pie. Y mucho antes del mes de mayo”.

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