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Ciudadano Descatalogado

Honorio Cardoso
El blog en Tribuna de Salamanca de Honorio Cardoso

ANSIEDAD, ANGUSTIA Y DESESPERACIÓN

Rajoy puigdemont detail

Que dice el bolero. Para todos que añade mi amigo Ricardo...

Durante los últimos meses los pesos pesados del gobierno no han perdido ocasión de proclamar que el referéndum del 1-O en Cataluña no iba a celebrarse. En su incapacidad para ofrecer zanahorias, deber ineludible de cualquier Estado que se precie, aseguraban que descargarían todo el peso de la ley, dimensión constitutiva de la formación de esos mismos entes políticos. Si algo está claro hoy, en el 2-O, es que los gestores gubernamentales no han sido capaces de cumplir las promesas en las que habían empeñado su palabra: debilitar el independentismo y reforzar el ordenamiento jurídico vigente como marco de la resolución del conflicto. Un amplio segmento de la ciudadanía ha podido constatar que con este gobierno el Estado español es impotente en su capacidad para resolver los retos y dificultades a las que nos vemos abocados.

El gobierno de Rajoy no tiene plan estratégico y ha posibilitado que el desacuerdo político haya degenerado en desafío soberanista, ha sido incapaz de establecer acuerdos con el resto de las fuerzas políticas activas, ha ninguneado el debate en el Congreso, ha mostrado sobradamente su inutilidad operativa en la activación de los instrumentos del Estado (un CNI de chiste y una Diplomacia de opereta, por citar los últimos actores desnudados). Hoy está solo y aislado: internamente e internacionalmente. Menos mal que tenían todo controlado.

Como sola y aislada está la opción soberanista: más allá de las fotos en los periódicos europeos la Comisión Europea ha señalado con claridad que los resultados del referéndum no son carta de presentación. Tan es así que desde el domingo nadie ha vuelto a manejarlos y, con seguridad, el incumplimiento de la norma de que a las 48 h se trasladarían los resultados al Parlament debe estar relacionado con ello. Cierto es que el comunicado europeo indica matices en su apoyo a Rajoy, pero eso es un problema del gallego, no un respaldo a la dirigencia catalana.

En España, como en Cataluña, muchos ni somos antindependentistas, ni tampoco independentistas: simplemente ciudadanía que hemos defendido, durante el franquismo, y defendemos, en el ahora democrático, el derecho a decidir. Por supuesto, del derecho a decidir sobre la articulación territorial; pero también sobre el reconocimiento y ejercicio de nuestras libertades y derechos laborales; y, más a más, sobre el control de la actividad empresarial -y su incidencia sobre la apropiación y expolio de los recursos naturales o el abuso sobre los trabajadores y trabajadoras-; y, desde luego, sobre el tipo de Jefatura de Estado que debe culminar la arquitectura política española. Somos muchos los que reclamamos que el conflicto se desplace del eje identitario de “lo nuestro” contra “lo vuestro” al eje social del “nosotros contra ellos”. Somos muchos los que estamos contra la criminalización de los Mossos de Esquadra pero que, en la vorágine a la que se nos arrastra, tampoco estamos dispuestos a idealizarlos como “el ejército del pueblo”, porque este cuerpo policial también ha protagonizado, en su corta historia reciente, sonados casos de tortura y violencia en sus actuaciones y en sus dependencias. El problema al que nos enfrentamos es político y derivado de que la evolución de la sociedad española y las consecuencias de la Gran Crisis económica han hecho saltar las costuras de la II Restauración, de nada ha servido pretender disfrazarlo de disputa jurídica (legalidades enfrentadas), de perspectivas pasteleras (suflés o cruasanes), de ensoñaciones ideológicas (las varias esencias nacionales). No dejemos que la actualidad urgente venga a distorsionar el necesario debate político con batallas de soldaditos.

El cuatro de octubre de 2015 publiqué en este blog otro artículo sobre la cuestión catalana: “Para los partidarios del radicalismo democrático de uno y otro lado del Ebro la respuesta pasa de manera ineludible por un referéndum democrático y con garantías. Cuanto más avance el deterioro institucional, cuanto más domine la rigidez impostada de los excluyentes, cuanto más tarde en convocarse más cerca estaremos del precipicio.”

No sé si estamos al borde del precipicio, pero desde luego nos encontramos en un laberinto endiablado que genera dolor, tristeza y, sobre todo, vergüenza. Vergüenza por la violencia inútil y patética a la que el Gobierno forzó a las fuerzas policiales el día 1-O y vergüenza por la violencia implacable y deplorable que se aplicó sobre la oposición en el Parlament los días 6 y 7 de septiembre por la voluntad del Govern. Ecos, en ambos casos, de la gramática parda de la Europa de los años 30 y rotunda expresión del avance de las políticas del resentimiento, que en el mundo de las redes virtuales se mueven como pez en el agua.

Durante gran parte de mi vida profesional he tenido que explicar Historia de España. Siempre señalé a los estudiantes que debían saber que la perspectiva en la que situarse para abordar su estudio no era entender España como una realidad esencial, dada e inmutable desde la noche de los tiempos, sino que España era una formación histórica. Y que formación histórica quería decir, primero, realidad cambiante, que ni siempre había existido ni estaba destinada a existir eternamente y, segundo, producto social construido en las relaciones, conscientes o inconscientes, generadas por los grupos actuantes y en la implicación, voluntaria o forzosa, de los sujetos enredados en su configuración.

La crisis a la que nos enfrentamos afortunadamente ya no tendrá, como en otros momentos históricos, una salida autoritaria, sino democrática. Pero su forma no está escrita, la resolución del dilema será o por la vía secesionista o por la vía constituyente. En cualquiera de los casos tendremos una España distinta, incluso si el PP sigue gobernando. No más gobernable pero seguro que más desolada.

 

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