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Yo le llamaba Rayo

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Carlos Aldea Dorado y Alberto Hernández Romo coordinan para SEO-Salamanca el Proyecto que desde el año 2000 en colaboración con el Ayuntamiento de Salamanca se sigue para la reintroducción y seguimiento del halcón peregrino en la ciudad de Salamanca y su entorno.

Ayer recibí una triste noticia, la muerte del halcón que vivía en la catedral de Salamanca, sin más pretensión que compartirla con quién quiera leerla, no me resisto a contar una historia personal que se remueve en mi interior.

 

Yo le llamaba Rayo.

 

Los animales salvajes son libres y son eso, animales, no tienen nombre. Yo, sin embargo, le llamaba Rayo desde que aquella noche que de lo más oscuro del cielo apareció relumbrante por los focos que iluminan la catedral, primero apenas un punto brillante, para de inmediato crecer hasta parecer una pequeña mancha blanca que parecía dejar una estela de la increíble velocidad que llevaba hasta encontrarse con un despistado estornino, que en mala hora decidió salir volando para cambiar su lugar de descanso. Parecía haber sido fulminado por un rayo, pero había sido simplemente el lance de caza nocturna, aprovechando la iluminación de la catedral, de un halcón.

 

Ya sé que era sólo un halcón peregrino, uno de los escasos halcones que viven en nuestra provincia, pero yo le conocía bien. Para bien o para mal, su anilla verde con su código 4S le delataba, era él, altivo, veloz, hermoso.

 

Su historia es triste por su trágico final, pero es la historia de uno más, de cualquier animal salvaje que vive en ambientes tan humanizados. Tienen sus ventajas, pero pagan sus tributos, a veces les hacemos pagar el más alto, su propia vida.

 

Pero su historia es diferente porque, aunque sea a pinceladas gruesas, la conocemos de primera mano y eso hace de Rayo un ejemplar único, al menos para mí.

 

Rayo era un halcón salvaje del que conocemos quienes son sus padres, sabemos donde nació, donde vivió, sabemos los hijos que logró criar y por desgracia también conocemos como murió.

 

Qué paradoja, este pasado miércoles fui como otros muchos días de paseo hasta la catedral con mis prismáticos, la tarde se había dejado querer por la niebla que envolvía la ciudad difuminando los altos pináculos de la catedral. Buscaba a Rayo en sus posaderos habituales pero la niebla no ayudaba. Entonces, en una foto de WhatsApp que Gonzalo, compañero de SEO-Salamanca, me enviaba en ese momento, apareció su imagen de espaldas sobre un lecho de hierba, con su pecho blanco, apenas moteado y su anilla verde código 4S en el tarso izquierdo. Rayo yacía muerto, allí bajo la torreta de luz eléctrica que le derribó, a apenas nueve kilómetros de su nido.

 

De repente diferentes imágenes que saltaban de una época a otra desfilaron por mi cabeza. En apenas unos segundos aparecieron todos los recuerdos guardados durante las innumerables horas que, en estos últimos años desde la Plaza de Anaya, desde la Plaza de los Leones o desde la torrecilla norte al lado del cimborrio de la catedral, había pasado observando a aquel halcón, a Rayo.

 

Recuerdos de su madre, Luna, otro halcón con historia. De su padre, el gran cazador nocturno. Del día que comprobamos que la nueva caja-nido que se les había construido en Villamayor había sido ocupada por sus padres, tras de abandonar la torre de la catedral, después de ser cubierta con malla para su restauración. Del día que vimos que Luna había puesto cuatro huevos, en uno de ellos crecías tú, Rayo. Del día que con tres semanas perturbamos su apacible jornada para anillarlos. Esas anillas que aportan conocimiento científico a los ornitólogos, establecen además en ocasiones, un vínculo especial hombre-ave, eso desde nuestra óptica, que maldita la gracia que a ellos les debe hacer. Pero tú para nosotros desde aquel momento ya eras tú, y no otro halcón. Recuerdos de tus primeros vuelos y tus primeros posaderos, esas atalayas traicioneras, curiosamente eran torretas eléctricas, que fueron causa de tu destino final.

 

Recuerdos de las primeras veces que con apenas tres meses apareciste sobrevolando la catedral asustando a las palomas a tu paso.

 

Recuerdos de hace dos años por estas fechas cuando supimos que ibas a ser tú, si tú, Rayo, el dueño del cotizado territorio centrado en la catedral y que se extendía varios kilómetros al sureste.  Meses más tarde, en abril nacieron tus tres primeros pollitos, yo estaba bien oculto observando como tu pareja, con un extraordinario comportamiento maternal mimaba a sus recién nacidos, A veces hemos sentido la extraña sensación de invadir algunos de los momentos más íntimos de vuestra vida, siempre sin ser vistos, con el telescopio y a cierta distancia, hemos seguido vuestros escarceos amorosos, los vertiginosos vuelos en picado en época de celo, exhibiéndote como el dueño absoluto del lugar, por si otro halcón albergara alguna esperanza de rivalizar por tu territorio o por tu pareja, vuestros mimos de pareja, las cópulas, en estos estos sentimientos sobre la intimidad no se repara cuando estas estudiando el comportamiento general de animales salvajes, pero tú Rayo no eras uno más. El extraño y elevado roquedo que era para tu familia nuestra catedral representaba la mejor y más alta atalaya de la zona desde donde poder observar a distancia palomas, estorninos y otras aves que o bien por bajar la guardia o por alguna dolencia manifestaban algún tipo de dificultad en el vuelo, esas eran las presas más fáciles.

 

Después de la primera crianza con gran éxito, los tres pollos lograron volar y aprendieron lo necesario de sus experimentados padres, para poder sobrevivir en la naturaleza antes de independizarse. Luego el otoño y después el invierno donde de forma más espaciada os veíamos y comprobábamos que todo seguía bien. Siempre el Día de las Aves organizado por SEO-Salamanca en el puente romano, os dejabais ver para deleite de los vecinos que ese día compartían nuestra afición.

 

Recuerdos también de vuestra segunda nidada, otros tres pollitos criados con el mismo mimo y éxito del año anterior y seguidos con la misma curiosidad, desde nuestros escondites de todos los años.

 

Este año de nuevo en otoño el día de las aves volviste a dejarte ver con uno de tus hijos causando la admiración de todos los que se acercaban a mirarte, niños y grandes exclamaban con sorpresa ¡es un halcón! si es un halcón, es Rayo pensaba yo.

 

Rayo el halcón, es ya historia y un recuerdo para los que pasamos largas horas observándole, sus hijos transmitirán sus genes y sus enseñanzas a la siguiente generación.

 

No quiero polemizar, sé que los recursos son escasos, pero sí quiero decir a quién corresponda y dar a conocer que su muerte podía haber sido fácilmente evitada si se hubieran tomado unas pequeñas medidas en aquellas torretas eléctricas que suponen un alto riesgo para las aves. La torreta que mató a Rayo se había cobrado ya la vida de varias rapaces de otras especies y lo seguirá haciendo si no se corrige. Esperemos que Rayo haga un póstumo favor a las aves de su especie y de otras, y que su triste final sirva para evitar más muertes.

 

Comentarios

Periquita 11/12/2016 15:40 #1
Que pena Rayo. Hermosas palabras , gracias por enseñarnos su historia única.

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