Esther original

Delirios en femenino

Esther Pedraza

La rebelión de las madres

Madre detail

Samanta Villar (21 días, Conexión Samanta), acaba de abrir la caja de los truenos al cuestionar la santa  función de “la madre”, atreviéndose a poner negro sobre blanco la relación entre maternidad y calidad de vida. Lo ha hecho en un libro con un título inquietante: “Madre hay más que una”, arrancando de un plumazo el suelo y el cielo de las parturientas. Las abnegadas madres españolas no han tardado en contestar acusándole, entre otras cosas, de egoísta y desalmada. Aquí, ya se sabe, hay cosas que son intocables y la mujer, si además es madre, es una de ellas.

Vamos por partes, porque una, que es madre, está un poco hasta el copete, que dirían los mejicanos, de tanta empalagosa retórica con el asunto de los hijos. El debate nos afecta a unas cuantas y por eso lo ponemos sobre la mesa de nuestra cafetería favorita. Cae la lluvia y, aunque el frío nos ha dado una tregua, el local está hasta los topes.” ¿Cuántas sois hoy?” pregunta nuestro camarero irredento. Ana le mira coqueta: “Las de siempre”. “¿Las de siempre son cuatro, cinco o seis? Porque lleváis una temporadita con más bajas que Pedro Sánchez” contesta en tono castizo.

 

Aunque es un poco impertinente, reconozco que nos tiene ganadas con su pasotismo. Miro alrededor y veo una mesa de cuatro. Señalo y nos dirigimos al centro mismo del meollo. El se va murmurando no se qué de las mujeres y su manía con volverles locos. “Lo de siempre, pero para cuatro”, le grita Susana.

 

Después de unos resoplidos y contorsiones para quitarnos los abrigos, la bufanda y el agua del pelo, Julia se suelta: “Tiene razón, estas reuniones cada vez están más calvas. ¿Sabemos si al final Olga e Inés van a venir?”.  “Puede que sí, puede que no”, sonríe Susana.

 

Olga e Inés son nuestra delíricas más atareadas. ¿Por qué? Porque ambas tienen hijos menores –Olga tres-. Ambas tienen un trabajo absorbente y, en el caso de Olga, un marido poco colaborador. Inés hace tiempo que prescindió del marido y, según sus palabras, aún no ha conseguido saber en qué ha cambiado su vida desde su marcha.

 

Ellas son un ejemplo muy práctico de lo que Samanta Villar dice: tener hijos es perder calidad de vida. La frase le ha salido redonda, pero parece que muchas madres se han subido al tren de apalearla por eso.

 

“Estas cosas me deprimen”, nos dice Julia. “Creo que no vamos a alcanzar el grado de igualdad mientras sigamos enredándonos en clichés viejunos. ¡Claro que se pierde calidad de vida!“.

 

“¡Pero si tú no tienes hijos!”, le reprocha Susana. “Pero tengo ojos y os veo a las que los tenéis”, le responde muy digna. “Yo creo que lo que les ha dolido como un parto al colectivo ha sido eso de que ella no es más feliz ahora con sus mellizos que antes. Si tú le quitas a una madre es máxima, la hundes. Si tus hijos no te hacen más feliz, entonces ¿De qué te sirve no dormir, no irte de vacaciones a donde realmente quieres ir, no quedar con tus amigas para ir al cine o al teatro y no poder tumbarte en el sofá el día que estás doblada porque tus niños tienen la mala costumbre de comer, y no veas de qué modo, cada día? Esa frase es lanzar al vacío a cientos de sufridas mujeres que llevan diciéndose a sí mismas desde el primer biberón que no hay nada más increíble”.

 

Al terminar la perorata Julia extiende la mano para coger la tostada. “¿Ese reloj es nuevo?”. “Un capricho que llevaba tiempo acariciando”, sonríe. “Si estuviera aquí Olga te diría que en su casa los caprichos nunca terminan en su cuarto, sino en el de sus niños”, apostilla Ana. “Y tiene razón”, cierra la conversación Julia.

 

Las madres somos unas sacrificadas. Eso es lo que hemos visto desde niñas y lo que, de forma mimética, hacemos. Dejamos de lado nuestras necesidades por  “caprichos” de la prole. Y lo hacemos, dicen, de muy buena gana. Desde el primer momento que vemos dormir a nuestros retoños quedamos hechizadas. Una mujer en Facebook llamada Carmen Pinos le ha contado todo esto a Samanta, lo muy feliz que le hace su pequeño y lo más que le hará un próximo hijo. Pero es que se ha atrevido a poner en tela de juicio el amor que la periodista pueda sentir por sus niños, como si reconocer una realidad restara un ápice de emoción y sentimiento a su maternidad. Inconcebible.

 

“Lo peor son los titulares de la prensa”, reacciona Susana. “Un zasca a Samanta.”, dicen unos.  “Una madre pone en su sitio a Samanta Villar”, leo en otro. “ ¿En su sitio por decir una verdad como un templo? ¡En su sitio ya estaba, no tengo ninguna duda! Una mujer capaz de aguantar 21 días como un vagabundo, 21 días sin comer o 21 días sin papeles no se va a asustar por estar toda la vida con dos hijos. Pero supongo que cuando estaba en la chabola era capaz de valorar lo que tenía cuando estaba en su piso, y ahora es capaz de valorar lo que ha perdido”. Se refería a algunos comentarios de la llamada prensa “progre” que a veces nos deja heladas.

 

“Yo tampoco creo que exponer lo que siente reste un ápice a su amor como madre”, añade Ana. “De hecho esta conversación la hemos mantenido nosotras en más de una ocasión. Es verdad que desde el momento que un hijo viene a tu casa la vida se te pone patas arriba, que ya no concibes el mundo sin él, que recibes mucho, que te llenan muchos momentos, pero también lo es que te quita de ti, de ti como mujer, como persona, como pareja, como ser social. Decir lo contrario es querer vivir en un mundo hipócrita, dibujado casi siempre por hombres para hacernos creer que no podemos aspirar a nada más hermoso”.

 

“¿Qué queréis que os diga?, suspira Julia, yo me siento muy realizada sin la maternidad y reivindico el derecho de toda mujer a elegir lo que quiere hacer con su vida. Es verdad que jamás sentiré esa sensación de enajenación que tenéis las madres, que veis a vuestros hijos adornados con todo tipo de superpoderes, pero para eso tengo a los vuestros”.

 

Las delíricas no somos madres al uso, pero no creo que nadie pueda acusarnos de haber racaneado un ápice de amor a nuestros pequeños.  Unas han querido ser madres,  otras nos lo encontramos sin buscarlo, pero todas éramos conscientes que desde ese momento nuestro corazón caminaría siempre fuera de nuestro cuerpo.  Nosotras somos de las que nunca hemos querido tener poder sobre los hombres ni sobre los hijos, sino sobre nosotras mismas. Seguramente como Samanta. Y llevamos mucho tiempo huyendo de la culpa por mucho que las madres clásicas, la prensa clásica y la sociedad clásica nos la intenten vender cada día.

 

Decía Indira Gandhi, madre de dos hijos: “El mundo necesita resultados. No le cuentes a otros tus dolores de parto, muéstrales al niño”. Con el paso del tiempo, querida Samanta, nos mostrarás a tus niños,  y no estaría de más que nos los mostrara también Carmen Pino, a ver si existe diferencia.

Comentarios

Exiliado 03/02/2017 07:57 #1
Somos los solteros/as los que permiten la conciliación supliendo las faltas de quienes estan con sus niños y luego se nos trata como a parias.

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