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Sábado, 12 de mayo de 2012    21/5/2012
Blog de Fernando Rodríguez

Reconozco mi culpa. Os pido perdón. Cuando triunféis, que a vuestra manera algún día lo haréis, recordadme que esta vez os dejé solos. Estaréis en vuestro perfecto derecho de hacerlo. Y eso que, en realidad, nunca me podré olvidar de vosotros. De que hace un año me despertasteis. De que me habéis llevado en unos meses a más manifestaciones que en toda mi vida. De que habéis hecho gritar a alguien acostumbrado a hacer ruido, poco, solo sobre un papel. De hacerme ver la diferencia entre indignos e indignados. De descubrirme a José Luis Sampedro más allá de su genial sonrisa etrusca.


Define el diccionario de la Real Academia Española la palabra demagogia, de origen obviamente griego, como “degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder”. Dicen que es demagogia, por ejemplo, enfrentar los dos titulares que encabezan estas líneas. “Rajoy anuncia el recorte de 10.000 millones en Educación y Sanidad”, dice el primero. “Bankia recibirá hasta 10.000 millones de euros en dinero público”, reza el segundo. Si esto es demagogia, primero que venga Dios, o quien sea, y lo vea, y segundo, que me llamen demagogo. Peor es ser ladrón, vamos digo yo.


Amante apasionado del fútbol como soy, sé que nunca jamás volveré a pasar hambre y que nunca jamás volveré a ver jugar a este deporte como he visto que lo ha hecho, muchas veces, el Barça de ese hombre agotado llamado Pep.

Con un modelo implantado por Cruyff, mejorado por Van Gaal, perfeccionado por Rijkaard, sublimado hasta el extremo por este hombre agotado llamado Pep e importado, primero por el atlético Aragonés y después por el inteligentísimo Del Bosque, para nuestra roja del alma.


Lo único que le falla al Mercadona es que no tiene Cola Cao turbo. Llevo fatal lo de los grumos. Sé que para combatirlos hay que ir echando la leche poco a poco con la mano izquierda, los diestros, mientras que con la derecha hay que ir moviendo a similar velocidad el contenido con la cucharilla al uso. Los siniestros, lo mismo, pero al revés. Soy plenamente consciente de que los grumos en el Cola Cao pueden llegar a ser hasta divertidos, que se te pueden meter en la nariz y provocar estruendosos estornudos más propios de niños que de personas adultas. Como formo parte medular de uno de esos dos grupos de edad, y además aún le echo azúcar al Cola Cao, paso de grumos.


Ya lo saben, me gusta el fútbol. Los domingos (y los lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábados) por la tarde, la mejor, pom, pom, de mis aficiones. Me gusta de siempre. Desde que con cinco años iba con mi padre al fútbol al Helmántico. Desde que con ocho escribía crónicas de los partidos de la Unión en Segunda B. Desde que me vi entero y verdadero el Mundial 82.


Verdades como puños (¿Por qué cómo puños? ¿Por qué no como meñiques? ¿Cómo codos? ¿Cómo tobillos?)


Piiiiiii, pi. Pippipiiiiipi. Pom, porrrrrrrón, pom, porrrrrón. Semana Santa, en fin. Visto que últimamente es hablar de Pasión y abrirse los cielos y caer agua, abogo por una semanita santa cada mes, al menos de septiembre a junio. O en su defecto por apasionarnos todos en busca del agua perdida. Desde antiguo, vírgenes y santos se exhiben en pos del líquido elemento. Por algo será.


Entro en la sala de espera de mi psiquiatra actual. Estoy moderadamente contento con él. El anterior me diagnosticó un trastorno que no aparecía ni en Internet. No le creí. Creo recordar que era algo así como escepticismo compulsivo. Con este nuevo, menos elegante pero más alto que el anterior, me siento mucho más cómodo. No me habla en la hora y media que suele durar mi terapia quincenal. Yo tampoco le digo nada. Cobra a buen precio el minuto, pero salgo contento. De eso se trata.


La más pequeña de las hijas de mis amigos amaneció el pasado sábado tarareando aquello de aquel elefante que se balanceaba sobre la tela de aquella araña. Sus padres no le dieron la más mínima importancia al detalle hasta que horas después escucharon la radio. No es la primera vez que sucedía. El pasado martes la cría se despertó con un extraño antojo: Quería un Frigopié, pero no de los de siempre sino uno muy original con un agujero en el medio. Es más, hace poco la niña se arrancó una medianoche de frío sábado por Withney Houston y un par de veranos antes, aún sin saber hablar, de su boca salió la expresión “Iniesta de mi vida” con claridad meridiana a media tarde de un caluroso domingo de julio. Cuando le preguntamos a la niña, preciosa para más señas, qué quiere ser de mayor, contesta, sin dudarlo, que Reina. Cuando le preguntamos el pasado jueves por la combinación ganadora del Euromillones del viernes, sonrió. Sólo sonrió.


Que sí. Que a mí también. Que a mí también estuvo a punto de escurrírseme una lagrimilla viendo al Rey el otro día pedir perdón. De tan campechano que es, casi me emociona. Yo, personalmente, le perdoné. Especialmente porque aún ando dándole vueltas al asunto sobre el que pidió perdón exactamente. A mí, que yo sepa, no me lo dijo por lo que no me quedó claro de qué se estaba excusando. Para mi gusto, le faltó un I’m  sorry, aunque fuera subtitulado, por si el fenecido papá elefante era angloparlante.


Acabo de decidir que no voy a escuchar más la radio que siempre oigo por las mañanas. Me voy a decantar por la música, solo la música. No queda lugar en mi receptor para las buenas noticias. Todo, aseguran, es malo y todo, anuncian, irá a peor. Nos dicen que el paro subirá hasta límites insospechados y que el presupuesto del 30 de marzo será para echarse a temblar y no dejar de hacerlo ni para respirar. Hay que recortar 35.000 millones, nos dicen, y nadie se para a pensar cuántos menos serían si desapareciera el inútil Senado, si la Iglesia pagara su IBI como todo hijo de vecino o si no se hubiera dado poder para repartir pasta a los ladrones de los ERE’s andaluces. El chocolate del loro, se suele argumentar para contrarrestar el argumento. Tacita a tacita…, decía el anuncio televisivo.


El duque no cabía en ese coche tan pequeñito. Los altos no cabemos en cualquier auto; sufren, especialmente, nuestras rodillas. Se pasó de utilitario. No era necesario. Queda chusco que los que nadan cada día en la abundancia desciendan al terrenal lugar de los mortales para convertirse momentáneamente en uno más de nosotros. Reservemos nuestro derecho de admisión, uno de los pocos que nos quedan.


Repulsa absoluta, de entrada y por derecho, a todos los que abominan del cine español porque sí. Misma reacción ante los que critican el cine tailandés en su conjunto o el de los países del cono sur por principio. Toda generalización acarrea injusticias, aprendí de memoria de pequeñito. Ésta, de las que más. Asisto, móvil en mano para combatir gracias a Twitter dedicatorias infinitas, categorías que no entiendo y espontáneos extremeños y enmascarados, a la ceremonia de entrega de los Goya, que dicen premiar lo mejor del cine patrio. La primera sensación, de clarísima y consternada indignación. Que la fantástica “Primos” no haya sido nominada a todos y cada uno de los premios en disputa, no parece de recibo y que el genial primo José Miguel, Adrián Lastra para mas señas, no se llevase el Goya al mejor actor revelación es, cuando menos, de juzgado de guardia. Como ellos no, ya hago yo justicia, recordando…


Cuando yo empecé a trabajar, años ha, me sorprendí de que me pagaran las vacaciones. Me di cuenta de que había días en los que yo no trabajaba que, sin embargo, me eran recompensados, poco, pero recompensados al fin y al cabo. En mi vida anterior debí de ser esclavista porque también me llamó mucho la atención que, como trabajador, tuviera derecho a no sé qué día por mudanza y a no sé cuál otro por enfermedad antes de tener que solicitar la famosa baja, esa gran desconocida para mí. Trafiqué, fijo, con blancas e imagino que con negras también, porque aquello de la indemnización por despido, las pagas extras o los finiquitos me parecían auténticas bendiciones caídas del cielo. Lo que viene siendo tener una preclara vocación sindicalista desde lo más tierno del pan de molde y de mi infancia también.


¿Si Alberto Contador fuera francés y le hubieran condenado sin pruebas? ¿Si su historia del solomillo de Irún no pareciera, cuando menos, estrambótica? ¿Si los carniceros de la frontera vasca se hubieran revuelto contra él reclamándole daños y perjuicios? ¿Si, en realidad, fuera inocente? ¿Si, quien le ha sentenciado, tuviera algo de dignidad para hacerlo? ¿Si el TAS, que es quien le ha sentenciado, hubiera juzgado el caso de los trajes de Camps y un jurado popular hubiera hecho lo propio con Contador? ¿Si, en busca del espectáculo televisado, no obligáramos a los mejores ciclistas del momento a protagonizar barbaridades que ningún físico puede aguantar?


Por motivos que vinieron al caso pero que se fueron antes de tiempo, ante un juez tuve que declarar hace unos días. No era la primera vez que lo hacía. Para ser sinceros, hasta lo echaba un poco de menos. Como es costumbre, mintieron bellacamente personas en defensa de no sé qué corporativismo mal entendido. Mi abogado lo explico como él solo sabe hacerlo. Entre bueyes no hay cornadas. Imposible más en menos. Tenemos razón y no sabemos si el juez nos la dará. Si no lo hace, será una injusticia supina. Para él, un simple caso menos.


Asisto atónito al rollo de Megaupload como veo, impasible, los programas de megaconstrucciones de La Sexta. Con asombro, pero sin entender casi nada. Leo que el FBI ha detenido en ¡¡¡Nueva Zelanda!!! –cómo les gusta a los yankis esto de entrar en países amigos a impartir justicia- a un tipo que, al menos en las fotos, parece haberse comido a otro. Le acusan, al señor del casoplón y los coches de lujo, de violar los derechos de autor. Me cuentan, juro que solo lo sé de oídas, que a través de esa página de Internet, podías hasta el otro día ver películas o series de televisión sin pagar un duro por hacerlo.


Declaro concluida oficialmente la crisis en este país. Pese a lo que digan las infames empresas de calificación de deuda, pese a que, como tontitos, les hagamos caso y a pesar de que Rajoy haga cosas que a ZP no se le perdonarían, las vacas flacas ya son historia. Ya podemos, a partir de ahora, volver a gastar como antes en cosas inútiles e intrascendentes. Ya tenemos permiso para ascender por las posibilidades, poner nuestra bandera en su cima y volver a vivir muy por encima de ellas.


Imaginen que, con suerte, trabajan en una empresa cualquiera. Que, con más suerte aún, cobran, poco pero puntualmente a final de mes. Que los únicos parados que conocen son los que salen por la tele cada día 7 del mes entrante. Que todo va relativamente bien y que no tienen que preocuparse demasiado por la que está cayendo ahí afuera.


Ahora que científicamente se ha demostrado que los reyes son los suegros y que “Pretty Woman” ya no es imbatible, allá va mi particular lista de deseos para este año, otro, que acaba de empezar hace casi nada.

Lo único que quiero es ser (más) feliz.
* Entendería que, dada la estrechez del artículo principal, su importe no me fuera abonado.


A falta de imputaciones reales e irreales, los medios de comunicación llenan páginas, minutos e imágenes estos días con los típicos balances del año que se nos escapa entre las manos. Desde pequeño soñé con poder hacerlo, aunque fuera a mi manera. En las siguientes líneas lo intentaré. No prometo nada. Espero las querellas justas.


Será porque no me creo que en el bombo de la Lotería estén todos los números que dicen. Porque me dejan sin fútbol. Porque las organizan los grandes almacenes. Porque no tengo vacaciones. Porque ya no espero despierto el striptease del especial de Nochevieja. Porque ya no “boys, boys, boys” a ningún lado. Porque aún creo en los Reyes Magos. Porque Papá Noel es la chispa de la vida.


Descubrí varias cosas en el último fin de semana y me dio tiempo a confirmar otras tantas. Para empezar, corroboré que tengo un sofá asesino. Cómodo y sugerente a primera vista, cuando huele sangre se cambia por criminal y doloroso. Le di motivos, cierto, pero se propasó como acostumbra. Sumé alrededor de quince horas tumbado sobre él en tan solo un par de días a cuenta de los héroes de la Davis. Lo que me duele la espalda ahora, más de una jornada después del gran triunfo, no me lo cura a mí ni el masajista del grandísimo Ferrer.


Desde que los conciertos dejaron de ser musicales y comenzaron a ser económicos, empezamos a crear un gran problema. Cuando yo era chaval, y la Educación era General y Básica (ojo), y el Bachillerato, Unificado y Polivalente (ahí queda eso), sólo había dos tipos de centros educativos, los públicos y los privados. Probé de los dos y no noté más diferencia que a mis amigos actuales los encontré en uno de ellos y no en el otro, pero vamos, no se extrañen que se trató de un asunto solo debido a mi carácter raruno bien conocido.


El traspaso de poderes más peliagudo será el que se produzca en ese momento en el que los pequeños niños de Rajoy vean los pósters de Marilyn Manson en la habitación monclovita que les toque en suerte. De los demás traspasos, espero, no habrá por qué preocuparse demasiado. Por una vez en la vida, acabaron unas elecciones y no ganaron todos. Yo, por supuesto, perdí. A los del Atleti nos gusta hacerlo a menudo para saborear a lo grande las contadísimas victorias. Recordaba el domingo el artículo que servidor, que no es una CPU sino yo mismo en persona, escribió en el antecedente directo de este diario cibernético al día siguiente de las dramáticas elecciones de 2004. Se me ocurrió titularlo, copiando a Sabina, “Sobran los motivos”. Bien podría haber encabezado el actual de la misma manera, pero, como ven, se me ha ocurrido otra sensiblemente peor.


Una noche de éstas, soñé que era rico, pero rico de los de verdad. No como Botín ni nada de eso, sino como esos otros a los que no conoce nadie y que están forrados de cheques. La primera conclusión que saqué del sueño en cuestión es que no ocurría en Salamanca. No por nada, sino simplemente porque soñé con ello y no me soñé con ello, que es lo que hacemos los charros lígrimos mientras dormimos. Tenía dinero a espuertas y con él pude comprar todo lo que siempre había querido tener: un ordenador Spectrum 48k y un periódico. Satisfechas mis más feroces pulsiones me dio tiempo a limpiar mi propia conciencia fundando un par de OPNG’s (Organización Para Nada Gubernamental) y apoyando a otras tantas de amigos íntimos, desgravación mediante, por supuesto. Colmé, ya digo, todos mis deseos y me inventé nuevos para emplear todo aquello que me sobraba.


Comencé a ver el debate presidencial del lunes y acabé en el servicio. Confieso que me entrené riéndome con José Mota (http://www.youtube.com/watch?v=2LGctkPoD7A) y escuchando la inmortal cumbia colombiana dedicada a Rajoy (http://www.youtube.com/watch?v=JOIV_Ba9Iig).


Intento explicar a un conocido japonés qué es un puente y, tras cinco minutos de mutua confusión, me rindo. Me habla de ríos y le digo que no, que por ahí no va bien. Me habla, incluso, de dientes –es listo, el tío-, pero muevo la cabeza en señal de rechazo. Me quita las gafas, le veo raro, y me señala esa parte de metal que une las lentes. Tampoco es eso, le aclaro palpándole porque de a poco me confundo de tipo. Cuando se tira al suelo de espaldas y levanta el tronco apoyado tan solo en sus dos manos y en sus dos pies, decido dejarlo.


Llevo aproximadamente veinticinco años y una semana queriendo escribir este artículo y ahora que llega el momento no sé muy bien cómo hacerlo. Me iré, por eso, a lo fácil, a lo íntimo, a lo más familiar. El otro día, el viernes, le dije muy seriamente a mi sobrino Darío, diez años espectacularmente bien llevados, que no se olvidara de la fecha del 20 de octubre de este 2011. Que en unos años, la estudiaría en los libros de historia como el día aquel en el que todos fuimos un poco más felices. Lo entendió a medias, porque algo extraño me contestó en torno al inminente regreso televisivo del Tío la Vara, pero me valió.


En Bilbao no hay que hacer planes para el sábado por la tarde, siempre hay alguna manifestación a la que acercarse. Había visto alguna que otra, por esa insana curiosidad que no me deja vivir en paz, pero nunca había participado en ninguna. Hasta el sábado. El pasado sábado. Estaba yo allí, cada vez más indignado, buscando a perros que tocaran flautas y ni a éstas ni a aquellos encontré. Y que conste que los busqué.


Últimamente mantengo conversaciones de lo más animadas en los ascensores. Incluso me niego a subir andando por mucho entresuelo al que me dirija. Es más, si veo que voy a subir solo, espero compañía. Si supero el comprensible margen de espera, digamos quince minutos, me introduzco en el ascensor, pulso botones, hago dos voces e interpreto un irreal encuentro con los temas más apasionantes posibles.


Jamás en mi vida había pasado tanto calor en Galicia como este pasado fin de semana. Y que conste que no era la primera vez que trasladaba mi cuerpo al borde del Atlántico a hacer compañía a mi espíritu, dejado allí hace tiempo de la mano de casi todos, incluso de la de Dios mismo. Estuve en una playa de las de cuento y cuando me introduje en el mar -frío, sólo faltaba- me pregunté si ya era octubre o si en pleno mes de julio me encontraba. A falta de gente, una legión de mosquitos, enloquecidos, obviamente, por el cambio postclimático en el que nos encontramos. Al fondo, un grupo de calderones se empeñaron en acercarme al paraíso. Tanto me aproximé a ellos que aprovecharon para preguntarme si era verdad que estábamos más cerca de la noche más larga que del día más pleno. Confirmé sus sospechas y se fueron, cual pequeños delfines, por donde habían venido.


He caído. He pecado. Lo confieso. O mejor, me confieso, y con el perdón recibido, vuelvo a pecar. Es lo que tiene la fe mundana. Juro que algún día prometí que jamás en mi vida tendría en mis manos un móvil de esos que hace de todo además de enviar y recibir llamadas y mensajes. Fallé. Lo tengo, y para colmo, es mío. Reconozco que la amable voz que me lo vendió por teléfono el otro día se ganó su sueldo y poca gente como yo para reconocer el buen trabajo ajeno. Con el mío, algún problema más siempre tengo. Desde ese preciso instante, y para no fustigarme en demasía, me escudo en las ventajosísimas condiciones que me ofreció aquel encantador acento hecho habla.


Aclararé, para empezar, que sigo indignado. Más que antes, si cabe. La provocación continua continúa y las dos condiciones básicas por las que surgió, en mi modesta opinión, el 15-M, la delictiva corrupción permitida por los partidos políticos y la vergonzante servidumbre del poder político hacia el económico, no han disminuido en estos cuatro meses. Más bien al contrario.


No me cambiaría por ninguno de mis amigos profesores. Ni por sus dos meses de vacaciones en verano, más de tres en total a lo largo del curso, ni por sus puentes superlativos. Ni siquiera por sus sueldos, generalmente dignos. Ni hablar. Como mucho, podría sentir cierta envidia por mis amigos que dan sus clases en la Universidad, con público, en ocasiones, hasta favorable; pero por los otros, nada de nada. Me podría llegar a gustar enseñar algo a esos millones de chavales normalitos que ocupan las aulas españolas, pero educar a miles de niñatos consentidos, fieles reflejos de padres aprovechados y perdonavidas, no tiene precio alguno.


Juro que yo no hice nada. Fue mi coche. Fue el solito el que enfilo María Auxiliadora abajo el otro día por primera vez en dos años. No me crean, si no quieren. Están en su imperfecto derecho.


Vivo en un país en el que ya nada es intocable, ni Casillas ni la Constitución.


Empezaré escribiendo lo menos obvio: Guardiola está en la historia del Fútbol Club Barcelona, entre otras cosas, por ser el jugador blaugrana más expulsado de los 111 años de vida del club. En diez ocasiones como futbolista, y en cuatro más como entrenador, ha visto la tarjeta roja. Ocupa ese dudoso honor por encima de tipos tan limpios como Stoichkov, por poner el primer ejemplo que se me viene a la cabeza. Seguro, además, que la mayoría de esas expulsiones fueron por protestar porque lo recuerdo como majestuoso centrocampista pleno de talento y falto de evidente dureza.


Yo ya vi al Papa, aunque a otro diferente a éste que nos viene a ver ahora. Por aquel entonces, año 82, yo ni siquiera era joven. Ahora, ya casi tampoco, por lo que no sé si tendría demasiada cabida en esto que llaman JMJ. Denominación capicúa, sonoro homenaje al baile del Norte, faena para los millones de habitantes del planeta que tan mal lo pasan para pronunciar la letra J. Veo la excitación que provoca en miles de personas el asunto de la visita papal y, en cierto modo, la envidio. Como muchas otras cosas que no siento y como la mayoría de las que no comprendo.


Leo en la fantástica página que alberga este modesto blog una sección en la que afamados salmantinos cuentan cómo son sus vacaciones. Espero la llamada de mis compañeros pero nunca llega. No seré muy afamado, intuyo. No me resisto y apago y vuelvo a encender el móvil. Compruebo que tengo batería y, literalmente, me revienta, pero nadie llama. No acabo de entender que no estén interesados en qué estoy haciendo lejos de mi ciudad. Me extraña tanto… que me da por escribirlo directamente.


La primera vez que me llamaron inútil me bastó para librarme de la mili. Mi corte de pelo actual, veraniego, pasaría por el de un marine. Empieza agosto y confirmo que no es un mes, que es otra cosa, pero un mes, no. Me empiezo a aburrir y me da por hacer listas. Siempre me gustaron, las listas, digo. Para empezar, intentaré una de sobrevalorados. En diferentes ámbitos. En los que me dé la insuficiente inspiración que últimamente me asalta. Espero gorrazos. Si han de ser insultos, que lo sean, pero con semejante resultado al inútil de antes.


A mí, Oslo no me gustó casi nada. Cuando la vi estaba sucia y, especialmente el centro, se me apareció superpoblado de indigentes y de personas para las que el futuro había sido ayer. El país, Noruega, al menos lo que yo vi, me resultó precioso aunque la trilogía fiordo, lago, cascada puede llegar a cansar. País de postal. Volveré, pero solo si es para llegar al norte del norte. Hacía tiempo que no pensaba en Noruega, ese lugar en el que hay tragaperras hasta en las farmacias. El viernes pasado me costó quitármelo de la cabeza.


Veo fallar cuatro penaltis seguidos y pienso en si yo sería capaz de haber metido alguno de ellos.

Veo que un hombre tenía guardados debajo del suelo de su casa 25 millones de euros y pienso si yo los también los habría pedido de 50 o si, para ahorrar espacio, los habría solicitado de 500.


Recuerdo todo, exactamente todo, lo que hice el 16 de septiembre de 2009, como para olvidarme de cada segundo de aquel glorioso 11 de julio de 2010. Mi cabeza tiene en su parte trasera un pequeño agujerín en el que siempre he pensado que está almacenado el disco duro de mi memoria. Llega cada verano y siempre pienso en raparme, pero cada año lo descarto no vaya a dañar mi guardado secreto. La memoria es el talento de los tontos, dicen los tontos que no la tienen. Por eso además, porque no la tienen, olvidan haber dicho semejante bobada alguna vez. Como los peces.


Llevo un par de semanas viviendo en un universo paralelo. Perpendicular, si me apuran porque me paso buena parte de mi existencia de lado. Una intervención médica, ya avisé en mi anterior escrito que poco seria y programada de antemano, me ha llevado a ver la realidad ladeada. Como de por sí no conviene mirar a la realidad de frente, pienso que algo bueno tendrá que salir de mi postura actual.


Ahora que ya puedo hacerlo, lo reconozco. Confieso. No he cumplido con la norma de ir a 110 kilómetros por hora en las autovías y autopistas de este fantástico país.


Llevo un mes ocupado en uno de mis profundos estudios estadísticos. He visto tantos a lo largo de mi vida, a cual más ridículo, que hace, ya digo, treinta días, me embarqué en uno que me rondaba la cabeza desde hacía tiempo.


Quien una vez aprendió a montar en bicicleta, nunca lo olvida, me dijo hace tiempo el más alto de mis mejores amigos. El otro día, años después, volví a subir en una, y me caí. En cambio, uno deja de escribir, aunque sólo sea por un tiempo, y no lo puede olvidar. Especialmente, si lo hace mal.

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