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Sábado, 12 de mayo de 2012 21/5/2012
En estos días de mayo se cumple el 2º aniversario de los acontecimientos que hicieron girar la política de Zapatero ante la presión de los mercados financieros y los rumores de una posible intervención. La decisión del entonces presidente de gobierno, que iniciaba la senda de los recortes y le costaría las elecciones al PSOE, ha sido analizada esta semana en varios medios de comunicación. Y, para mi sorpresa, ese giro es interpretado ahora positivamente y se ensalza a Zapatero por haber sabido rectificar su política para evitar la quiebra.
Con el paso de los días, se va confirmando que el “descuido” del también llamado Antonio Moreno, responsable de la policía y de las cargas desproporcionadas contra estudiantes valencianos, se ha convertido en “metáfora”: Si un jefe de la policía puede considerar a los manifestantes como “enemigos” sin necesidad de rectificar, no es de extrañar después que el gobierno llegue a tratar a sus ciudadanos no solo como culpables de la situación económica, sino también como peligrosos enemigos a los que hay que derrotar plenamente para lograr “su” salida de la crisis.
Mientras Standard and Poor´s rebajaba la nota de la deuda española y la situaba apenas un peldaño por encima del bono basura, mientras la prima de riesgo española se disparaba por encima de los 430 puntos básicos y se temía una jornada bursátil complicada, mientras conocíamos los datos de la EPA del primer trimestre, los primeros después de la urgente y necesaria reforma laboral de Rajoy (5.639.500 desempleados, el 24,4% de la población activa y un 52,01% de desempleo juvenil), unos datos escalofriantes y difíciles de maquillar, mientras el Ministro de Educación anunciaba una importante subida de las tasas universitarias y una mayor exigencia académica para la concesión de becas, mientras descubríamos que el derecho a una sanidad universal se reducía a una sanidad solo para asegurados, dejando fuera del sistema público y sin atención a inmigrantes y jóvenes, una vergonzosa decisión de una bajeza moral y una xenófoba injustificable (muy recomendable la lectura de la columna de Ramoneda del domingo), mientras el gobierno nos enredaba con las palabras en un sindiós incompresible (la columna de Millás del viernes es de lectura obligada), mientras todo esto ocurría, los estudiantes de las Facultades de Geografía, Historia, Filología y Ciencias Ambientales celebraban un macrobotellón en la calles de Salamanca.
Esta semana tanto el rey como el gobierno se han puesto en evidencia: El rey, porque el accidente ha mostrado con fotos los verdaderos intereses de la corona en este momento de crisis y ha situado a la institución frente a sus propias contradicciones, que no se resuelven sin más con una disculpa, sino con la posibilidad de elegir al propio jefe del estado, es decir, con el cambio de la monarquía por una república.
Decía Marx en La ideología alemana que “las ideas dominantes de una época son las ideas de la clase dominante de esa época”, por eso, el discurso del poder es siempre racional, coherente y verdadero, por eso, el discurso del poder es también siempre ideológico, es decir, responde a una visión del mundo y sirve sólo a los intereses de la clase que ejerce el poder. El problema reside en saber si puede existir algún otro discurso, no digo ya racional, pero sí al menos razonable, que pueda ofrecer alguna alternativa, es decir, si la emancipación (que, primero, habría que reconocerla como tal) puede ofrecer alguna alternativa al discurso de la dominación (que, lógicamente, para que pueda ser ejercida sin contestación no puede nunca ser reconocida como tal). El asunto es discutible y complejo y no pretendo ni siquiera tratarlo aquí, solo presentarlo como contexto de algunas reflexiones de actualidad.
A veces, las palabras tienen vida propia. Les ocurre que, de tanto abusar de ellas, de tanto retorcer su significado llegan al límite, estallan en la cara y devuelven explícito el sentido latente que pretendía ocultarse. Así, invariablemente, aun cuando se empeñen en seguir utilizando “ajuste” todos leemos sin más “recortes”, y la rectitud moral que implica el uso y abuso de “austeridad” se ha vuelto sin matices simplemente “empobrecimiento”, etc. Parece que la crisis ha afectado también a la semántica y las palabras se quedan mudas, huecas de significado o se declaran en rebeldía.
Adela Cortina, por quien no me presenté a un examen para escuchar una conferencia sobre Kant hace ya unos años, reflexionaba este domingo en La leyenda del empresario excelente sobre dificultad y la necesidad de encontrar modelos de empresarios excelentes en estos tiempos en que parecen atribuirles, no sin desconfianza, un importante papel en la salida de la crisis. Y la desconfianza aumenta al crecer su peso en la contratación y la definición de las condiciones laborales y salariales en esta contrarreforma laboral elaborada al dictado de la más pura ortodoxia neoconservadora.
Quiero aprovechar este espacio para anunciar que el próximo jueves 29 de marzo seré uno de los que secunden la Huelga General convocada por los sindicatos mayoritarios en defensa de los servicios públicos y contra la reforma laboral. Iré a la huelga y, seguramente, formaré parte de alguno de los piquetes informativos que tratarán de convencer a los trabajadores y trabajadoras de distintas empresas que no vayan tampoco a trabajar ese día.
A falta de conocer los detalles del temible plan de recortes que tendrá que hacer el Ayuntamiento de Salamanca para hacer frente a los 17.054.127,72 € a los que asciende la nueva deuda que contraerá para pagar a los proveedores, algunas noticias de esta semana se han unido en mi cabeza para ofrecerme una lectura de la realidad política, tan parcial y calidoscópica como cualquier otra.
Existe un episodio de Los Simpson que resulta en estos momentos, como todas sus reposiciones, especialmente recurrente. Perdida toda la familia en el desierto, Homer advierte que lo más seguro es que terminen todos locos e inician un viaje sin rumbo en el que los niños no hacen otra cosa que preguntar “¿nos hemos vuelto locos ya?, ¿nos hemos vuelto locos ya?, ¿nos hemos vuelto locos ya?, a semejanza del repetido “¿Hemos llegado ya?” que suele ser frecuente en todos los viajes con niños. Pues bien, ese “¿nos hemos vuelto locos ya?” me asalta reiteradamente en estos ya largos meses con cada medida que se anuncia o cada vuelta de tuerca que nos aprietan. Porque ninguna de las medidas anunciadas tiene como resultado el objetivo que pretenden o anuncian, incluso no tienen reparo en decirlo, y como en una mala película “¿nos hemos vuelto locos ya?” resulta ser un mantra que expresa mi (y no sé si debo decir nuestra) sorpresa creciente ante el despropósito y a la vez nuestra esperanza de que alguien de puro repetida y de puro desatino se dé cuenta y rectifique.
En este afán de simplificar los mensajes políticos hasta vaciarlos de contenido o llevarlos a la tautología, como “haremos lo que tenemos que hacer” o cosas semejantes, este empeño de Rajoy de volver al sentido común me ha llenado de preocupación, sobre todo, si ahora resulta que gobernar no es otra cosa que aplicar el sentido común.
Desde que inició su legislatura, el actual equipo de gobierno del Ayuntamiento de Salamanca ha realizado numerosos ejercicios de rectificación. Rectificó el empecinamiento de equipo anterior respecto a la subida del IBI, adelantándose a una sentencia que se presuponía ya condenatoria. Rectificó también ya en este año en el proyecto ya en marcha de remodelación del Paseo de la Estación y rectificó hace poco menos de un mes abandonando definitivamente el proyecto de construir un aparcamiento en la Plaza de los Bandos.
El primer asalto de la pelea contra la reforma laboral lo han ganado los sindicatos este domingo 19 de febrero. Es una victoria corta, por puntos, pero victoria. Incluso aquí en Salamanca, pese a lo que diga después La Gaceta y toda la clac mediática y comentadora de la caverna, la participación en la manifestación ha sido muy numerosa. Y eso a pesar del intento de romper la unidad en la convocatoria por parte de algunos, y a pesar también del intento del gobierno, con el descuido de Rajoy, de saldar la contestación en una lucha corta y rápida que liquidase la oposición sindical.
“Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro. Figúrate una bota aplastando un rostro humano... incesantemente.” Orwell, G.: 1984, Ed. Destino, pág. 262.
En estas semanas hemos asistido al anuncio sucesivo por parte de cada uno de los titulares de distintos ministerios de una cascada de reformas con un signo ideológico claramente conservador, de forma que, si se llevan a cabo, constituirán una verdadera contrarreforma que recortará derechos y libertades públicas que parecían ya consolidados. Desde la modificación de la ley del aborto, que volverá a basarse en supuestos y no en plazos, lo que significa volver a culpabilizar a mujeres y sanitarios, la supresión de la Educación para la Ciudadanía, el cambio en el sistema de elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial, el agravamiento de las penas, el replanteamiento de la píldora del día después, los cambios en la ley de costas, la prórroga de la vida de las centrales nucleares, etc. todo parece indicar que el PP tiene mucha prisa por dejar enseguida su sello más conservador y contentar a sus bases más integristas y reaccionarias. El moderado Rajoy y el centrista Gallardón se han quitado sus caretas y han emprendido un giro decidido hacia la derecha.
Si existe un ámbito en el que resulte más fácil ver los mecanismos que emplea el pensamiento más tradicional en su alianza con los neoconservadores más ultraliberales y a través de una campaña de propaganda impecable y convincente es el ámbito escolar. Y también es aquí donde resulta urgente desmontarlos en una delicada operación de desenmascaramiento.
Todavía recordamos cómo en los inicios de esta crisis económica que nos asola se decía que era sólo una crisis financiera y existía un consenso generalizado en culpar de todo a la codicia y a la falta de regulación de los mercados financieros. También recordamos cómo entonces se nos dijo que en España contábamos con un sistema bancario solvente y que no íbamos a sufrir tanto los efectos. Después empezamos a culpar a la burbuja del ladrillo: El enorme peso del sector de la construcción en España era el principal responsable de la crisis y de la desproporcionada tasa de desempleo que nos hundía. Más tarde las operaciones de rescate bancario y las medidas de incentivación dispararon la deuda soberana, sembraron la desconfianza en los mercados, la rebaja en la calificación de la deuda, la subida de tipos respecto al bono alemán, las exigidas o impuestas políticas de ajuste duro y recorte social que nos lastran más en la caída y todas las miserias que nos son de sobra conocidas.
Cuando hace unos días volví a ver La vida de los otros descubrí matices que se me habían escapado la primera vez. Alguna ventaja tiene que tener ver las cosas dos veces y reposadamente. En un régimen donde todos se han vuelto no solo sospechosos sino culpables de antemano, y así lo defiende el protagonista, donde toda persona que sea suficientemente vigilada o convenientemente interrogada terminará descubriéndose, no es posible suspender una investigación antes de haber confirmado las pruebas para la condena.
Mi bisabuelo, al que me gusta imaginar cumpliendo una importante labor social como lector de periódicos en voz alta en la solana del pueblo para información de sus vecinos, y que terminó sobrepasado por la actualidad e inmediatez de la radio, solía decir que en un periódico no hay más que dos verdades: la fecha y el precio. Y conste que esto lo decía en la primera mitad del siglo pasado cuando la prensa llegaba con días de retraso.
Como la actualidad no tiene memoria, es más, como la actualidad amplificada y multiplicada por los nuevos medios de comunicación devora y desintegra incluso la más flagrante contradicción encontrada en las hemerotecas, no me imagino a Fernando Rodríguez, ni a ningún político al uso, pidiendo disculpas por desmentidos. El éxito de la dominación mediática actual no se ha logrado, como imaginó Georges Orwell en 1984, con una sofisticada red de rectificación de las noticias y la historia, sino, como sabemos, con la omnipresencia de lo actual.
Cuando Saramago en El Evangelio según Jesucristo analiza la figura de José, el padre de Jesús, un personaje menor tanto en la historia como en el propio texto, me sorprendió desde el principio su enorme humanidad. Saramago presenta a José como un hombre atormentado, que no puede dormir, asaltado constantemente por pesadillas, un hombre que ha ejecutado su destino, que ha seguido los designios de Dios, pero que se siente responsable por omisión de la matanza de los inocentes, algo que, si lo hubiese sabido, lo habría podido evitar, pero que no supo ver.
Desde el viernes de la semana pasada luce en la Plaza Mayor de Salamanca un belén. Parece que sido la primera decisión personal del actual alcalde de Salamanca o, por lo menos, la primera que nos hace saber que ha tenido esa naturaleza. Con lo acostumbrados que estábamos antes a este tipo de decisiones personalísimas y lo que las sufríamos de su predecesor en el cargo y ahora flamante jubilado, perdón, senador. Según ha declarado: Ha decidido sustituir el árbol que adornaba en otras ocasiones la Plaza, porque él es más de belén, que es más nuestro y más tradicional.
Hemos asistido esta semana a una de las situaciones más inéditas en cualquier calendario laboral de un país llamado civilizado: La presencia de dos días festivos no seguidos, sino en martes y jueves, que han reducido la jornada laboral a tres días, lo que la ha convertido en un auténtico despropósito. En muchos informativos se anunciaba como la semana del gran puente, un puente de una semana con operación u operaciones salida, con previsiones de desplazamientos, de reservas, etc. en medio de una sorpresa general, como la que produciría siendo alumnos si alguien pretendiera iniciar un partido cuando se había acabado el recreo.
Desde su victoria electoral el pasado 20 de Noviembre y sus primeras declaraciones sorprende el silencio de Rajoy. Ha recibido, eso sí, a banqueros en primer lugar, nobleza obliga, y después a empresarios y organizaciones sindicales y a sus barones. Todos han hecho declaraciones a la salida, pero no Rajoy. Tan sólo en Pontevedra la semana pasada hizo unas declaraciones sin preguntas, por supuesto, de la que han destacado perlas como éstas: “habrá que gobernar” y “habrá que tomar medidas” y “no será fácil”. Parece como si don Mariano, que ha llegado a la Moncloa sin hacer nada, tumbado, como lo dibujaba Peridis, pensase también hacerlo mudo. Del mismo modo, reflexionaba Juan Cruz el domingo en “El loro de Flaubert” sobre el silencio de Rajoy para terminar sentenciando que “el silencio es magisterio tan sólo cuando se rompe”.
Tras las elecciones generales que han significado la mayoría absoluta del PP y el hundimiento de PSOE, hemos empezado a conocer las jugadas de algunos tahures que se han presentado a las elecciones sin enseñar sus cartas, han ido de farol y han conseguido engañar a muchos.
Aunque esta entrada del blog será pública el martes 22, fue escrita el domingo sin conocer los resultados de las elecciones generales del 20N y, por tanto, también sin conocer si los datos serán del gusto de los mercados y rebajarán su nerviosismo. Y se escribirá también antes de saber si los mercados aceptarán y por cuánto tiempo la decisión popular expresada en las urnas, porque esta semana hemos asistido con perplejidad al hecho de que gobiernos elegidos democráticamente han sido desalojados sin ninguna contemplación ni respeto a la soberanía por expertos, por tecnócratas, según la terminología al uso.
“No deberíamos haber adquirido sistemas (de armas) que no vamos a utilizar, para escenarios de confrontación que no existen y, lo que es más grave, con un dinero que no teníamos entonces ni tenemos ahora” C. Méndez, Secretario de Estado de Defensa.
El martes pasado criticábamos la ortodoxia neoliberal que pretende aplicar siempre las mismas recetas a distintas situaciones y su falta de flexibilidad ante situaciones de crisis. Lo lógico sería pensar que cuando tus políticas económicas han fracasado, sería conveniente aplicar otras y no persistir en las mismas. Pero, ya dijimos, que esta capacidad de revisión crítica, de racionalidad crítica, podríamos decir, siguiendo a Popper, es prácticamente nula en el neoliberalismo, así como también dijimos que su dogmatismo les impedía adoptar posiciones más flexibles y revisables frente a la realidad económica.
Desde el inicio oficial de esta última crisis la destrucción de empleo en España no cesa. En repetidas ocasiones, los distintos portavoces del Gobierno han anunciado tras el conocimiento de unos malos datos que ya habíamos alcanzado el suelo y a partir de entonces se iniciaría un lento pero firme proceso de creación de empleo. Y, nuevamente, los malos resultados echaban al traste la conjetura y en este impasse llevamos los últimos años.
El pasado jueves 20 de octubre se hizo público un comunicado de ETA en el que anunciaba el “cese definitivo de su actividad armada”. Por fin, una buena noticia entre tanto nubarrón negro en el horizonte, una alegría para todos los que hemos creído en la democracia y el respeto a la ley frente al terrorismo.
Este sábado 15 de Octubre tuvo lugar en Salamanca, como en otras tantas ciudades españolas, europeas y del mundo (951 ciudades en total de 82 países) una manifestación promovida por los indignados, el movimiento 15M, democracia real ya, malestar.org, etc. para reclamar un cambio global en el sistema político y económico. Más allá de la guerra de cifras, de los episodios aislados de violencia, la jornada del 15O merece ser recordada como una movilización histórica por su coordinación y extensión global y no puede ser ninguneada por medios de comunicación, analistas políticos y económicos, políticos, banqueros, inversores, especuladores y gobernantes.
La realidad a veces es muy mostrenca y no se deja doblegar fácilmente por estudiadas consignas políticas. Le ocurrió a Zapatero cuando decidió hablar de desaceleración hasta que le estalló una monumental crisis. Así, después de haber apostado fuerte todos los políticos en el poder por hablar de austeridad, frente a restricciones, de equilibrio frente a rigor presupuestario, de ajustes frente a recortes, al final ha terminado imponiéndose la cruda realidad y ahora ya todos hablamos sin vacilar de recortes.
Todavía pueden verse en las marquesinas de autobús carteles como éste que anuncian la salida a bolsa de la empresa pública Loterías del Estado (que supongo que después pasaría a llamarse de otra forma). Y todavía recuerdo con gracia el comentario de un compañero de trabajo (también profesor) cuando me incorporé a mi primer instituto. Según él, si no aparecías como funcionario en los presupuestos del estado, tu salario procedía de otros ingresos atípicos: vamos, de la lotería; por lo que me recomendaba darle las gracias a quienes jugaban.
La escuela pública constituye, según la mayoría de los expertos, la institución que más profundamente contribuye a la convivencia democrática. No es que la educación sea, como suele decirse, aunque sólo en campañas electorales, una inversión y no un gasto, y que, por tanto, favorezca al desarrollo personal, profesional y económico, sino también que es la institución que más aporta para reducir las desigualdades sociales, mejorar la movilidad y promoción social, y, sobre todo, porque la convivencia de niños y adolescentes en las instituciones escolares permite fraguar los valores compartidos sobre los que se asienta la convivencia democrática. Según esto, la calidad de una democracia y el calado de las convicciones y prácticas democráticas de sus miembros estarían ligadas al número de años compartidos en la escuela pública.
El pasado sábado 17 de septiembre, en plenas ferias y fiestas y con motivo del Centenario de la Aviación Militar, se celebró en la Plaza Mayor de Salamanca una jura de bandera para civiles que merece algunas reflexiones.
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