Rulo y la Contrabanda se gradúan en Salamanca

(Foto: Javier Burón)

El cántabro y su banda ofrecieron una estupenda adaptación de su repertorio para teatro, con dos fechas seguidas en el Juan del Enzina, donde el público acabó totalmente entregado.

Rulo y la Contrabanda, cuatro años después, sigue suscitando las comparaciones con su banda anterior, La Fuga. Puede que La Fuga haya dado más himnos generacionales que canta la gente en los bares, pero no se puede negar que Rulo ha sabido rodearse y dar con un sonido que antes no podía permitirse, una evolución lógica que le ha permitido ganarse un público fiel que se sabe todas sus canciones.

 

Así, se puede escuchar una buena muestra de pop rock elegante, toques sureños, partes de incluso reggae o aire cantautor. Todo ello para dar forma a las composiciones de Rulo, con un estilo tan personal e inconfundible para sus incondicionales.

 

Además, Rulo y la Contrabanda es un equipo que sabe diferenciar los conciertos eléctricos de los acústicos en pequeños teatros, como el de ayer en el Juan del Enzina, un teatro moderno con una acústica inmejorable.

 

El aire intimista en todo momento con luces en blanco y negro junto a unas unas letras luminosas recordando a un cartel de carretera donde se leía RYLC. Un Rulo descalzo sobre el escenario y dialogando con el público, con quien podía hablar perfectamente sin necesidad de micrófono, y la cercanía que permitía al de Reinosa hacer cosas como recorrer el teatro entre la gente regalando las flores que pendían de su micrófono, o acabar haciendo la conga entre el público junto a toda la Contrabanda. Y estas son las cosas que la gente pide cuando va a un teatro, pequeñito y sentado: la interacción y la cercanía constante.

 

Comenzó él solo con su acústica, al más puro estilo cantautor con un par de temas, que precedieron a la entrada de sus músicos. Aquí es donde se ve que puede permitirse cosas que antes no. El desfile de todo tipo de guitarras, slide, steel, o rarezas como un laud, con un sonido limpio y arreglos perfectos, de Dani Baraldés 'Pati'. También a la guitarra y mandolina y una muy correcta segunda voz, el escudero desde los tiempos de La Fuga, el también reinosano Fito Garmendia. A esto se le suma el órgano hammond, siempre elegante y con sonido de puro rock clásico, un bajo acústico y batería muy precisa jugando con baquetas, mazos y escobillas para cada atmósfera. 

 

 

Dos años y dos meses de gira en nueve países, y eso se nota en la complicidad de los músicos, en cada nota que suena, y en lo que están disfrutando sobre el escenario, que la gente nota y agradece. Salamanca era el penúltimo y, tras llenar el sábado el Juan del Enzina, tuvo que añadir una fecha más, el concierto del domingo. El fin de gira será en Madrid. 

 

Así, repasó los temas de sus discos con La Contrabanda, como Como Venecia sin agua, Por morder tus labios, A la baja, Divididos, Por ti, El Prota o Buscando el mar. A partir de aquí, comenzó a salir la artillería pesada con la coreada Al infinito, y sobre todo, tal vez la más conocida de Rulo desde esta nueva etapa, Heridas del Rock & Roll. A esto le siguió el autodefinido 'torpe-blues', Mi pequeña cicatriz, a la que le siguió una emotiva La flor, donde Rulo pudo saltar a la grada regalando esas flores.

 

Tras esto, llegó el primer bis, de los momentos más especiales. "Si la canción la has sangrado tú, puedes tocarla las veces que quieras", dijo ahuyentando el debate. Así, él solo con su acústica interpretó La balada del despertador, que tantas veces cantó con La Fuga.

 

Le siguió Amor en vena y Descalzos nuestros pies. Rulo no tenía prisa por acabar y la gente no quería irse a casa. A partir de aquí todo el Juan del Enzina ya se puso en pie. Sonó P'aquí p'allá, tal vez la canción más mítica de las que ha compuesto, clásico ya en bares y verbenas, y que no todos se esperaban.

 

 

Continuó con La cabecita loca, a la que le siguió la que habitualmente ha servido como cierre de sus conciertos, una emotiva ranchera que lleva por sugerente título El vals del adiós. Pero no podía quedarse ahí, y volvió con otro de sus pesos pesados desde hace más de 10 años. Por verte sonreir, solo con su acústica, puso la piel de gallina al entregado respetable, y acabó saliendo su banda para hacer la conga entre la grada antes de retirarse entre aplausos.

 

Así, el concierto fue toda una demostración de cómo evolucionar, de rodearse de buenos músicos y hacer un buen repertorio sin prejuicios, todo adaptado a lo que pide un teatro: intimismo, perfección en el sonido y una interacción constante con el público.