Perdonen las molestias / Lucía Petisco / Periodista - Los apellidos de mis hijas

 
Cuando nació mi primera hija mi marido preguntó: “¿Quieres que le pongamos tu apellido primero?” No recuerdo entonces, hace cuatro años, si había que hacer mucho papeleo para estos temas. Finalmente, optamos por el paterno. Que las parejas se planteen estas cosas debería ser lo más normal del mundo, pero viendo el enfado de la derecha española, uno se plantea que este tipo de medidas –la reforma legal para que las familias puedan optar por el apellido que deseen para sus hijos es más necesaria que nunca–. ¿Pasa la igualdad por cambiar la ley de Registro Civil para que los hijos puedan tener el apellido de la madre delante del paterno? Pues seguramente es un aspecto que contribuye a que estos temas se vivan con absoluta normalidad. Es muy indicativo que un avance en esta línea, un avance para favorecer la igualdad, se interprete desde la amenaza al modelo familiar. Ninguna familia es ni menos ni peor familia por haber elegido el apellido materno para sus hijos.

Seguramente en España continuará predominando el apellido paterno, unos, como en el caso de nuestra familia, le daremos poca importancia a esa cuestión; otros, porque realmente prefieran continuar con la tradición y otros porque le dará gran importancia simbólica a los apellidos. Pero el hecho de que ese debate tenga que plantearse en el seno familiar tiene su importancia y el hecho de que la norma sea igualitaria es lo realmente relevante.

Si miramos los países de nuestro entorno, en la mayoría el apellido paterno va el primero, por no decir que en muchos la mujer adopta el apellido del marido en el momento del matrimonio, algo que afortunadamente en España no sucede. Pero en casi todos se puede elegir, ¿qué problema hay? Lo que me parece realmente grave es que esta reforma no dé respuesta a las madres solteras que, en algunos registros, continúan viéndose obligadas a inventarse el nombre del padre (un nombre ficticio en muchos casos). Algo que en principio sirvió para no estigmatizar a través de los documentos oficiales a los hijos de madres solteras se ha convertido en un absurdo.