Orgullo rojigualda

 
Isabel de la Calle
Salamanca se puso ayer aún más guapa, preparada para disfrutar del partido que metió a España en la final de un Mundial por primera vez en su historia.

Las calles de la ciudad que vio nacer al seleccionador nacional se vistieron una vez más de rojo y amarillo y los paisanos de Vicente del Bosque llenaron a reventar plazas y bares para apoyar a esta Roja que es España.

Y es que con la afición salmantina ha pasado como con la propia selección en Sudáfrica: ha ido de menos a más.

Los primeros días salieron los charros tímidamente a la calle, como esperando que el vecino también lo hiciera. Pero el jarro de agua fría que supuso perder contra Suiza en el primer choque, en lugar de aplacar a los aficionados, sacó a los seguidores de sus casas para apoyar a España los dos siguientes encuentros del Grupo H, que se convirtieron en auténticas finales.

Con los siguientes triunfos de España, los aficionados comenzaron a creer en el sueño. Primero Portugal y luego Paraguay. Ambos encuentros suscitaron algún susurro de descontento porque el juego no fue todo lo bonito que se esperaba de la campeona de Europa.

Gracias a ese seleccionador que todos llevamos dentro, muchos de los aficionados cuestionaron a Torres, pidieron a Llorente, a Cesc o a Navas y aplaudieron la elección de Pedrito.

Rincones entregados
Las terrazas de la Plaza Mayor, de Garrido, los bares del centro, las discotecas reconvertidas en cafeterías, los bares de Van Dyck más llenos que esos maravillosos domingos por la mañana e incluso los cines han vivido este mes por y para los aficionados al fútbol. La Plaza de la Concordia, además, se convirtió en el centro de reunión de los más jóvenes y no tuvo nada que envidiar al Paseo de la Castellana que en cada encuentro se podía ver en las retransmisiones televisivas. Cientos de jóvenes y niños, podría hablarse casi de miles, se sentaban en cada encuentro en la plaza contigua a El Corte Inglés para esperar la locura de cada gol de su selección.

Pero la locura llegó en la tarde de ayer, con una Alemania acostumbrada a este tipo de partidos y una generación de españoles que jamás había luchado en una semifinal de un Mundial.

De nuevo, de cada ventana, balcón, en cada hueco de cada edificio en todos los barrios salmantinos ondeó una bandera nacional hinchada de orgullo por el juego de esta selección que se ha metido en el bolsillo hasta a los no aficionados.

Ahora, el domingo llegará el exámen final. La última prueba.