Mantequerías Paco: una puerta abierta al abrigo de otra época

Guillermo tras uno de los mostradores (Foto: Raquel Fernández-Novoa)

La vieja tienda de ultramarinos mantiene el mismo mobiliario que el día de su apertura y, sobre todo valora como entonces la familiaridad en el trato con los clientes. Una autenticidad que deja un poso especial en quien los visita.

Se agradece en tiempos como los que corren encontrar esa esencia diferenciadora de antaño tras una cortina de palillos. Huele a otra época y conserva de sus primeros años hasta el sustantivo ya perdido: ‘mantequería’, cuyo significado hoy por hoy ha caído en el olvido porque, como en todo los ámbitos, ha sido sustituido por una palabra altisonante de importación: ‘delicatessen’.  

 

Guillermo, digno heredero de “Mantequerías Paco”, ha sabido preservar los principios de comerciante que ha aprendido de su padre y del paso del tiempo mientras su entorno iba cambiando y las tiendas de chinos colonizaban vilmente los establecimientos de nuestros comercios más tradicionales.

 

Su negocio de la calle María Auxiliadora se ha mantenido imbatible ante las modas y las invasiones de los clones: esos supermercados amplios, de servicio despersonalizado y ambientes diáfanos de luz blanca. La estirpe de los clones se ha ido propagando y su simiente se ha multiplicado y contagiado a todos los establecimientos, que se han ido pareciendo los unos a los otros a lo largo y ancho de todas las provincias, hasta acabar instalándose incluso en los pueblos más remotos donde el efecto de su presencia resulta de lo más estridente.

 

El proceso de mimetización fue tan profundo que incluso al personal se le programa con directrices que les enseñan cómo tienen que vender, el qué y de qué manera, miden las palabras, el trato, los límites, las sonrisas y las conductas de las personas como si fuesen ‘cyborgs’ o máquinas expendedoras.

 

A Guillermo la modernidad le provoca una honda sensación de decadencia, y conduce su negocio esquivando los obstáculos de la modernidad desde hace cuarenta y cuatro años más por nostalgia que por sacar rendimiento económico “Es una cosa que has mamado, la sientes y la vives… porque negocio, poco negocio es”, confiesa Guillermo.

 

Trabajador de la Mantequería (Foto: Raquel Fernández-Novoa)

 

Su padre inauguró el emblemático establecimiento hace ya 59 años, cuando las necesidades todavía exigían a los clientes especializarse en el arte del regateo (ése del que todavía a la mínima hacen gala las señoras de entonces) y contar las pesetas con sumo cuidado a la vuelta de la compra. Los estudios en comunicación corporativa no existían y el community manager de la tienda era directamente su dueño, que anunciaba a voz en grito sus diferenciaciones y facilidades para con sus clientes.

 

La publicidad era el boca a boca, las promociones se hacían de tú a tú, las novedades se exponían en la puerta con un cartel informativo escrito a lápiz. Este ha sido el máster que Guillermo ha estudiado desde una edad tan temprana que apenas recuerda, no le interesa aprender a pronunciar correctamente esos términos anglófonos porque es el mejor haciendo estudios de mercado y se toma muy en serio la comunicación externa y con el cliente, que ha aprendido a fidelizar con técnicas personalizadas. Al hacer alusión a todos esos años que llevaba tras el mostrador, la respuesta ha sido de lo más descriptiva: “A mí me han salido los dientes en esto”.

 

Y todas estas cualidades que comentamos de él podemos extrapolarlas a los trabajadores que le acompañan desde entonces, que han entrado siendo prácticamente niños y han crecido al lado de Guillermo aprendiendo los entresijos del trabajo de cara al público mientras se iban imponiendo la mutaciones monstruosas de los mercados de ultramarinos en ‘super-mercados’.

 

Legumbres en la entrada (Foto: Raquel Fernández-Novoa)

 

Para ellos, lo que prima es la calidad de los productos y el trato cercano con los clientes. En lo relativo a los productos indican que “miman mucho la legumbre”, su carta de presentación, que se muestra en sacos de agradables texturas en la puerta de entrada evocando a la imagen policromada de los antiguos mercados de especias.

 

Se venden a granel, y el consumidor las puede ver de cerca y palpar porque a diferencia de los nuevos establecimientos plastificados y esterilizados, Guillermo opina que él está ahí para que sus clientes sepan lo que van a comprar y conozcan los productos. “Aquí tenemos una conversación directa con el cliente, no como en los supermercados, que si te sale con  barba es San Antonio y si no la purísima”.

 

Hoy sería un lujo conocer el rostro que realmente te vende una caja de galletas, en la vieja tienda de ultramarinos eso resulta inconcebible y quieren que sea una característica en la que seguirse diferenciando, quieren conocer a quién le está comprando, saber lo que le gusta y poder recomendarle cosas, como cuentan las abuelas que ocurría en aquellos tiempos inmemorables en los que los dependientes eran juez y parte de las historias de vida que trasladan. “El trato personal con el cliente se está perdiendo, ahora es una desgracia. Si tienes un negocio tienes que hablar con quien te consume, al cliente hay que asesorarlo, preguntarle, tener un trato individual y tener en cuenta que cada cliente es diferente”.

 

La especialización de Guillermo y sus trabajadores de toda la vida es amplísima; su tienda de ultramarinos abarca todos los espectros de la alimentación, desde las mimadas legumbres hasta los espárragos pasando por licores y embutidos y son  ellos mismos los que están a cargo de gestionar cada uno de los diferentes tipos de mercado.

 

No necesitan estrategias de marketing, la calidad está avalada por ellos mismos, porque allí están cada mañana para que los desencantados hagan su reclamación y atender a sus dudas. No existe una garantía mayor que la confianza y la transparencia y, tras las estanterías y mostradores de madera oscura donde se continúan amontonando un infinito batiburrillo de productos de diferentes especies hay un rostro que responde, una muesca de autenticidad que todavía no ha sido contagiada por los autómatas y las directrices inquebrantables de los programadores de los apegos.

 

Escaparate (Foto:Raquel Fernández-Novoa)