Los monstruos y el dinosaurio

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Corrida triunfalista en la que Juli, Perera y Del Álamo salieron a hombros tras cortar tres orejas. Encierro desigual de Garcigrande, con tres grandes toros, dos de ellos premiados con la vuelta al ruedo. Ponce pasó desapercibido y fue despedido con pitos

Plaza de Toros de La Glorieta. Tarde agradable. Casi lleno. Corrida de ocho toros, en la que Garcigrande ha lidiado una corrida desigual, con tres grandes toros: tercero, sexto y octavo, estos dos últimos premiados con la vuelta al ruedo. El primero noble y soso, el segundo manso pero encastado por el pitón derecho, cuarto, quinto y séptimo, menos potables y con complicaciones.

 

Enrique Ponce (Carmesí y oro). Silencio y pitos.

Julián López (Azul pavo y oro). Oreja protestada y dos orejas.

Miguel Ángel Perera (Verde botella y oro). Dos orejas y oreja.

Juan del Álamo (Rosa palo y oro). Oreja y dos orejas.

Érase una vez dos monstruos del toreo en un cartel que ahora el taurineo llama monstruo. Érase también un dinosaurio de la tauromaquia que ya huele a extinción. Érase igualmente uno que quiere llegar a ser monstruo y quién sabe si a dinosaurio también, aunque aún le resta mucho. Érase tres monstruos de toros y una plaza casi llena, dispuesta a sacar a sus monstruos en hombros costara lo que costara. Érase la Feria de Salamanca.

 

Tres horas de festejo, nueve orejas, tres vueltas al ruedo… qué monstruosidad. Volvía a La Glorieta el dinosaurio Ponce tras ocho años de ausencia. Pero llegó y se fue. Porque el valenciano ni estuvo, ni tampoco se le esperó. Técnico, tan elegante como despegado, anduvo en su primero, un garcigrande noble pero muy soso y con una falta de fuelle total. El ‘dino’ de Chiva esperó a su segundo, que era el quinto. Y abrevió, porque Enrique estuvo afligido y no apostó por un toro que acortó sus embestidas. Trasteo de aliño y macheteo para dar muerte, quizá, a su último toro en el coso charro. El dinosuario que un día también fue monstruo se fue entre pitos y el enfado del personal. ¿Volverá?

 

Y llegaron los monstruos Juli y Perera, Perera y Juli, los mandamases del asunto, con permiso de los artistas. Se saben monstruos del toreo y así lo venden. Manseó el que hacía segundo en todos los tercios, escarbando y siempre buscando la salida. Pero en la muleta, especialmente por el pitón derecho, el garcigrande tuvo carácter y por momentos emoción. El madrileño lo supo y se fajó con él en series mandonas, de mano baja y profunda, aunque a veces pecó de despegarse demasiado. La estocada cayó trasera y la oreja protestada.

 

Treinta y cinco es un toro armónico, castaño claro y bociclaro. 525 kilos de una embestida humillada larga, pronta y en algunos momentos, almibarada. Juli es un monstruo, y los monstruos lo ven claro y no se asustan, más bien lo contrario. Por eso se estira a la verónica, remata por bajo con una media que el toro la toma arrastrando el hocico por el albero. Y un monstruo brinda a otro monstruo, el MONSTRUO con mayúsculas, Santiago Martín El Viti, y ahí comienza la monstruosidad.

 

juli

 

Primero, neuronas; muchas neuronas. Luego corazón y muleta mandona, poderosa, profunda, honda. Plomos en las zapatillas. Adelantar la franela, correr la mano, vaciar la embestida, toque de muñeca, paso lateral y vuelta a empezar… tan fácil… y es casi imposible. Buen pitón derecho, aún mejor el izquierdo. La tercera serie al natural es de taco y la plaza rotunda, como el toreo del monstruo Julián, autoritario, quizá un poco mecánico. Variado en los remates y sin alardes. Un monstruo. Terrorífico. Los aceros no son problemas para el madrileño que se va detrás de la espada y la entierra, aunque algo trasera. Dos orejas que para el público son incontestables. Su compañero de baile también obtiene premio póstumo: vuelta al ruedo para un gran toro, que no se vio demasiado en el caballo.

 

Y si Juli es un monstruo, Perera es un ogro. Se come todo lo que le echan y está viviendo el mejor momento de su monstruosa carrera. Colocado llevaba prendido dos puñales. Perera no se arruga, porque el colorado la toma por bajo, muy largo y profundo. Descuelga el cuello y arrastra el hocico bociblanco. Manda el extremeño a los suyos que le hagan las cosas siempre por debajo.

 

En la muleta la faena tiene dos partes: un primer acto en el que Miguel Ángel lo da distancia los somete, baja la mano y le da largura. Tampoco hay un derroche de muletazos, pero la faena va tomando vuelos. Sería en la segunda parte, en las distancias cortas, cuando Perera se encontró más a gusto. Pulsos firmes, pies atornillados y valor seco para pasarse los astifinos pitones por la faja. Unas lejanas y tardías manoletinas acaban de convencer y la espada remata la obra. Dos orejas.

 

perera

 

El séptimo fue más complicado, alto y escurrío de carnes. Mansurrón, se puso áspero, demasiado geniudo y a veces hasta peligroso. Pero Perera tiene galones y un monstruo no se abate, planta batalla y generalmente vence. Así ocurrió. Poderoso y profundo en algunos muletazos exprimió al garcigrande hasta dejarlo completamente seco. Un trofeo para igualar al otro monstruo fue el premio al esfuerzo.

 

Con el dinosaurio desparecido y los dos monstruos metiendo miedo, el salmantino Juan del Álamo tenía la papeleta de su vida. Tenía que justificar su presencia en esta corrida de las figuras. El cuarto fue peligroso, siempre con la cara a media altura y distraído. Pero Juan quiso apostar y ganó la partida. Tragó en muchas ocasiones y fue robando muletazos para construir series que estaban muy por encima de su enemigo. La espada hizo el resto y la oreja fue arrancada a ley.

 

El éxtasis de la corrida monstruo y triunfalista llegó en el octavo. Casi tres horas después del inicio del paseíllo, con la noche ya echada sobre La Glorieta. Almirón fue un maratón de buenas embestidas. Lo vio claro el salmantino que se ciñó en un ajustado quite por chicuelinas rematado por una cordobesina y una media. Con la pañosa en los medios, uno que quiere ser monstruo le adelanta la muleta. Y el de Justo Hernández se arranca de largo. Ahí nacen los muletazos largos, engarzados con remates hondos y profundos.

 

Las series que se suceden, el público que enloquece y Del Álamo que pone el alma en cada derechazo. La Glorieta empuja en la suerte suprema y el salmantino no falla. Dos orejas, en total nueve… y colorín colorado todos felices, los monstruos, el aprendiz, el ganadero, el público, los empresarios… todos menos el dinosaurio que quizá ya no vuelva a escuchar el roco olé de los salmantinos. Una pena, porque el dinosaurio también fue monstruo.

 

alamo