Los engranajes de Winzer con la sociedad salmantina

Antigua relojería de Rúa Mayor 12. En la foto el entonces propietario, Demetrio Gómez y sus operarios. De izquierda a derecha Cándido, Pepe, Demetrio Gómez y Jesús.

Las agujas del comercio se sincronizan por primera vez con la ciudad de Salamanca en el año 1872. La evolución durante su casi siglo y medio de historia continúa en paralelo a al cambio social del siglo XX definiendo el impacto de la modernidad y las nuevas tecnologías en el día a día de los ciudadanos. Un repaso a los últimos tiempos tomando como protagonista al reloj, su principal testigo.

Todavía emociona a Flérida Montero recordar el acoso del tic tac de la estantería superior que bordeaba las paredes de la antigua tienda de la Rúa. Ella misma daba cuerda a los relojes a primera hora de la mañana y hacía de su sonido el hilo musical que mediría su día a día durante más de 50 años.

 

Winzer no era el nombre más frecuente en los rótulos salmantinos de principios de siglo. El término extranjero es el primer dato que llama la atención cuando se descubre la longevidad de este negocio, abierto alrededor de 1872 en el número 12 de la Rúa Mayor. Esta nomenclatura viene dada por el apellido de su primer propietario, el alemán Adolfo Winzer. Primer propietario de la 'Relojería Óptica Winzer'.

 

Se desconocen los orígenes y pormenores de la vida del germano y las razones por las que escogió la ciudad de Salamanca para afincarse y fundar el negocio al que se dedicaría hasta el final de sus días. Tirando de hemeroteca descubrimos algunos breves de la época que le mencionan y desvelan que, además de la relojería también era propietario de varios negocios situados en la misma Rúa. De entre los escasos datos registrados rescatamos también su nombre de una noticia de “El Adelanto” que da información sobre una donación económica a la tuna de la universidad en el año 1906.

 

Los pocos detalles que conocemos sobre su vida nos llevan a recrear la imagen de un hombre envuelto en halos de modernidad que había traído a Salamanca algunas de las novedades centroeuropeas ya que, su establecimiento era punto de venta de relojes pero también de bicicletas.

 

Recorte de 'La Provincia' que data de Septiembre del año 1890

 

El uso de la bicicleta como medio de transporte se popularizó en Salamanca en la década de los 80 del siglo XX. Es un acontecimiento relativamente reciente, lo que nos lleva a imaginar lo chocante que resultaba en la época a los vecinos cruzarse con el alemán avanzando por los caminos en su velocípedo con total naturalidad. Presumiblemente los ciudadanos de finales del XIX trasladarían del señor Winzer la caricatura de un perfecto excéntrico en sus referencias. Una noticia publicada en ‘El Lábaro’ de 1903 nos confirma que don Adolfo, no solamente vendía bicicletas sino que además las utilizaba de forma habitual, como podemos percibir en la siguiente noticia en la que se da información de un percance que ocurrido durante uno de sus paseos.

 

Se tiene constancia del fallecimiento de Adolfo Winzer por el traspaso del negocio por parte de sus hijos al abuelo de los actuales propietarios, Delfino y Demetrio Gómez.

 

Su abuelo Demetrio era cordobés y en 1917 adquirió la tienda del germano. El nuevo propietario había vuelto de Argentina, lugar a donde como tantos otros jóvenes españoles, se había visto obligado a emigrar a principios del siglo pasado en busca de oportunidades que le llevasen a una mejor situación económica.

 

En la capital platense, al otro lado del océano, aprendió a trabajar las maquinarias del tiempo y las termina convirtiendo en su medio de vida. Tras varios años regresa a su ciudad natal, donde abre un nuevo negocio durante un corto período de tiempo hasta que finalmente termina desembocando en la capital salmantina, su destino definitivo.

 

La relojería de la Rúa era un destino prometedor ya que la calle en aquel entonces era ya un enclave privilegiado. Continúa con el legado del alemán junto con varios empleados de confianza. Confía también en la apuesta de su predecesor por los velocípedos. Adapta el negocio de las bicicletas a los tiempos, consciente de la importante innovación, y se sumerge en el mundo del motor de explosión incluyendo en su catálogo motocicletas e incluso, automóviles. Todavía guardan sus nietos algunas facturas con fecha de 1920.

 

En 1932 Winzer cambia su emplazamiento original, tras un grave incendio que redujo a escombros la tienda fundada por el alemán, se traslada en el mismo año a un nuevo establecimiento en la misma Rúa Mayor, esta vez al número 1 .Era un local de dimensiones considerables, unos 40 metros cuadrados que albergaban desde bicicletas a relojes de bolsillo y contaba con un taller de reparaciones.

 

Foto: Escaparate de la Rúa Mayor,1 cedida por Delfino Gómez

 

Demetrio era un hombre con gran espíritu de lucha que sabía enfrentarse y reaccionar ante las adversidades, quizás sea una de las claves de la permanencia del negocio. Durante la Guerra Civil Española los grandes yugos del desarrollo comercial en Salamanca fueron el aislamiento al que había que hacer frente y las dificultades existentes para con el transporte de mercancías. Demetrio Gómez superó todos los obstáculos alquilando avionetas y partiendo él mismo a Galicia y Andalucía a buscar a sus puertos las piezas de importación que necesitaba para su relojería.

 

Tras la muerte de Demetrio en el año 1938 el negocio continúa por vía generacional. El hijo de Demetrio heredó de su padre el nombre de pila, el local de la Rúa y la habilidad para desempeñar el oficio. Había estudiado también óptica y aprendido de su padre lo necesario para continuar su labor como relojero. Así que decide mantener la doble vertiente del comercio. Demetrio Gómez ‘hijo’ junto con su mujer, Flérida Montero, esposa y compañera al frente del mostrador Winzer. Asistió a una etapa de excepcional transición, a partir de los años 50, cuando se produce una fuerte evolución en el sector de la relojería.

 

A principios del Siglo XX un relojero era el encargado desde de cambiar un Reloj de dimensiones descomunales en la torre del ayuntamiento hasta  tornear con sumo cuidado la pieza estropeada de un reloj de bolsillo, sin embargo, a día de hoy el trabajo desempeñado en una relojería ha sufrido una importante metamorfosis­.

 

De la cuerda se pasa a la pila, de lo manual a lo automático y por último, el reloj digital. Estos fueron los acontecimientos que marcaron la modernidad del sector relojero en España que se acoplaba en perfecto compás a la modernidad sociocultural y económica de la segunda mitad del Siglo XX.

 

Foto tomada en el establecimiento a un ejemplar de 'El Adelanto'

 

A partir de los años 70 se palpa la transformación más importante con la llegada de la pila. Las tendencias de la personas en este sector definen a la perfección tanto el cambio social que afectó a las últimas generaciones en relación con el consumo.

 

Antes, hace 80 años, las personas soñaban con poder pagarse un Rolex o un Longines. Los años 60 y los relojes automáticos subieron al podio a Seiko y a Edox. Sin embargo el grueso de la clientela de estos establecimientos hoy busca un reloj con el nombre de un diseñador de moda, barato y de un color que pueda combinar con la ropa que lleva puesta para al año próximo cambiarlo por otro que se adecúe al cambio de armario. El contraste con épocas anteriores es muy revelador teniendo en cuenta que antiguamente lo habitual era que el reloj que regalaban a los jóvenes el día de su comunión lo cambiasen por primera el día que se casaban al recibir otra nueva pieza como obsequio nupcial.

 

El trabajo en el taller de una relojería, en cambio, es el mismo que hace cien años. Aquí la variación está condicionada por la frecuencia. Es raro que una persona invierta dinero en reparar un reloj, a menos que tenga un gran valor sentimental. El coste en tiempo es mayor a la retribución económica y no suele merecer la pena ni al trabajador ni al consumidor, lo que provoca que prime el consumo de piezas nuevas de menor calidad y precios más bajos.

 

Delfino revela con respecto a este último dato que la reparación de un reloj clásico de pared puede ocuparle una semana entera dedicando sólo a ello las 8 horas diarias de su jornada. Añade no los suele realizar porque los clientes se quejan de pagar la cuantía de este laborioso trabajo “La gente no paga por el tiempo” confiesa resignado “prefiere usar el reloj estropeado como decoración en  el salón y comprarse uno de plástico del mismo color que a parte de dar la hora le combine con la camisa que lleva puesta”.

 

La emblemática Winzer ajusta sus manecillas a los reclamos actuales y refuerza una vez más el negocio del tiempo con otro sector complementario, esta vez el de la fotografía, que por su parte ha sufrido también el impacto letal de las nuevas tecnologías.

 

Imagen actual del establecimiento en la calle Quintana, junto a la Rúa

 

El comercio se traslada nuevamente en 2006 al número 4 de la calle Quintana,a escasos metros de la Rúa Mayor. Allí Delfino y Demetrio Gómez en compañía de su madre, la nostálgica Flérida, dan cuerda cada mañana a los engranajes del comercio que impulsó aquel alemán, consolidándolo a pesar de las adversidades de casi siglo y medio de historia.