Los brazos (y el corazón)de la dehesa

 
Angélica Corral

Francisco M. Martín tiene una caravana en la que se esconde para robarle a la dehesa momentos que luego nos regala. 32 fotografías ampliadas que ya pueden contemplarse en el palacio de La Salina y que forman parte de un libro de 200 instantáneas que la Diputación presentará a mediados de abril. Son Los brazos de la dehesa seleccionados según un criterio de “espectacularidad”, un documental lleno de color que descubrirá al visitante el ecosistema más emblemático de Salamanca que, aunque compartido con Extremadura y Portugal, posee una idiosincrasia única. La del Campo Charro, “la del hombre que ha domado y domesticado el paisaje para que se mantenga su riqueza biológica”. El toro y la encina en un bello contraluz raptado en la finca Esteban Isidro gracias a la pericia y a la sensibilidad de su mayoral, José; las ovejas trashumantes en Santa María de Sando; la tormenta desatada sobre la casa de Terrubias, un fotón con una atmósfera similar a las del americano Gregory Crewdson; el cisco que todavía se quema en Pedraza y que recuerda, sin ir más lejos a la película Tasio; dos morlacos, con fundas del siglo XXI en sus pitones, en la finca charra Cojos de Robliza al lado de Matilla de los Caños del Río. Y así.

Ayuda de Teresa Majeroni
El autor, que ha contado con la colaboración de Javier Valbuena, Aníbal Lozano y Paco Blanco, además del apoyo de la periodista salmantina Teresa Majeroni, ha husmeado en más de 40 fincas de la provincia para hurgar en lo público y lo privado. Ha atrapado la luz de un paisaje ligeramente ondulado haciendo esfuerzos para que ese “verde adusto y humilde” de la encina no se convirtiera en negro, y ha retratado bellas estancias como el salón con alcobas del palacio de Terrones o el oratorio de Terrubias. “Aunque todos somos muy celosos de nuestra intimidad”, lo ha hecho con el permiso de sus dueños, que brindan aquí la oportunidad de contemplar lugares con cierto abolengo. “Obras de arte por lo que atesoran a lo largo de los siglos”, apunta.

Un año le ha costado al fotógrafo cumplir con el encargo. Noches en vela, madrugones tremendos, mucha paciencia y algo de valor. “Hay fotos que han costado un minuto pero su planificación ha durado varios meses”. ¿La más difícil? El cárabo, que exigió cinco noches de trabajo. No es fácil adentrarse en la dehesa, el hábitat natural del toro bravo, pero una vez que se acaba el trabajo, con 5.000 imágenes entre las manos, sobreviene “una sensación de vacío”. A Francisco M. Martín ya le atraía la dehesa, pero ahora confiesa “me ha llegado a enamorar y he descubierto cosas que no conocía”. Para muestra, bellos botones como el amanecer en la Laguna del Cristo de Alba de Yeltes.