Las verónicas excelsas de Morante y el desastre de la Armada Invencible

El de la Puebla dejó para la historia de La Glorieta media docena de verónicas inmensas. La espada le privó de cortar una oreja. Hermoso de Mendoza logró un trofeo por una entonada actuación y Manzanares no tuvo su tarde. El encierro de Vellosino muy flojo.

Plaza de Toros de Salamanca. Casi lleno en los tendidos, tarde desagradable, ventosa y lluviosa. Se han lidiado dos toros de Carmen Lorenzo para rejones, muy bien presentados. Válidos, especialmente el segundo que colaboró y se movió. Y cuatro toros de El Vellosino, justos de presentación, especialmente los dos primeros. En general de embestida dulce, noble, pero con poca fuerza. Inválido el lidiado en quinto lugar. El tercero  no se ha entregado y ha tardeado. El sexto más potable, con más fuerza, pero sin romper.

 

Pablo Hermoso de Mendoza. (Vestido a la rondeña). Silencio y oreja.

Morante de la Puebla (Mandarina y oro). Silencio y Ovación.

Manzanares (Nazareno y oro). Ovación tras leve petición y división de opiniones.

“No mandé a mis hombres a luchar contra los elementos”. Felipe II dixit. Así se manifestó el monarca español tras el desastre de la Armada Invencible. Algo parecido habrán pensado hoy las diez mil almas que casi llenaron La Glorieta en la última de feria, con premiso de los caballos en San Mateo. No mandamos el cartel más esperado a luchar contra los elementos. Vientos, rachas muy molestas del dios Eolo, y agua, mucha agua, demasiada. Un importante aguacero que comenzó en el segundo del festejo y no cesó hasta el sexto.

 

A pesar de ello, en la retina de los aficionados quedarán por muchos años las excelsas verónicas de Morante de la Puebla en su primera comparecencia. Crujió La Glorieta cuando ese torero de sabor añejo, hoy vestido de mandarina y oro, acarició la suave embestida del Vellosino. Abrió el compás, encajó el mentón en el pecho y embarcó hacia la eternidad a Divertido II. Fueron siete u ocho verónicas excelsas, de esas de arte y majestad. Ganando los medios en cada lance, embarcando al astado adelante, enroscándolo suavemente en su cadera y vaciando la almibarada embestida para rematar en los medios con el gracejo de alguien que cuando repartieron la torería se llevó prácticamente toda.

 

 

El vellosino la tomaba de ensueño, especialmente por el pitón izquierdo, y cuando parecía que podría romper, lo que ocurrió es que se quebró en el caballo. Puyazo largo, se duerme en el peto y se acaba la gasolina. Empieza a llover. Revoloteo de paraguas en los tendidos, estampida de los que no tienen donde refugiarse… el lío solo quedó en eso. Se justificó el de La Puebla sin demasiado convencimiento. 

 

Y salió el quinto… y llovía, ya creo que llovía. Y otra vez el de La Puebla se abre de capote y otra vez los olés rotundos. Esta vez las verónicas no alcanzan la categoría de obra de arte, pero si de un boceto que ya quisiera para sí cualquier torero. Otro puyazo largo y el Alcarabán se deshincha. Pierde las manos y ofrece síntomas de su manifiesta invalidez. El público se desespera, quiere el sobrero, porque quiere a Morante. Pero el sevillano pide calma, le ha gustado la dulce embestida del vellosino.

 

Lo cuida, lo mima. Muy chochón, nobilísimo, pero sin picante. Demasiado fácil. Siempre a media altura, siempre muy torero. Comienzan las series, sin apretar demasiado, porque cuando lo hace, el astado rueda por el mojado albero. Pero hay algunos muletazos donde el genio se rompe. No hay excesiva ligazón, Morante pierde pasos y ofrece tiempo para que el colorao se recomponga. Surgen los naturales largos, con los vuelos de la muleta dibujando la grandeza de su toreo.

 

Aquello no es rotundo porque el toro se desmorona cuando Morante le pide que le acompañe por bajo. Suena la música. Ahora un trincherazo, de nuevo por la derecha. Entregado el torero, entregado el público, pero al toro ya no le sobra un gramo de fuerza. Cesa la lluvia para que final de faena pueda coger temperatura. El trasteo es largo, demasiado. Suena un aviso, y el sevillano no lo cuadra. Se descompone y ahí comienza su quinario.

 

No logra más que dejar media estocada cruzada, tras un pinchazo, cuando el presidente le ha enviado otro recado. El descabello que se le atraganta y el toro que no humilla, siempre con la cara en alto. Y cuando parece que los mansos saltarán al ruedo para llevarse a Alacarbán, in extremis, Morante acierta. Pero ya no vale. La firma ha emborronado el lienzo.

 

 

Pablo Hermoso de Mendoza estuvo completo en el cuarto de la tarde. La labor en su primero no había tenido demasiado eco, pero bajo la lluvia el caballero navarro se entonó. Jabalí fue colaborador y muy templado. Se enceló a la grupa de Disparate, con el que Hermoso le formó un buen lío. A dos pistas y junto a las tablas, le cosió a la barriga de sus corceles. Los quiebros de pitón a pitón y las piruetas imposibles se sucedieron en la misma cara del murube del Capea (Carmen Lorenzo), que hasta que se apagó fue muy potable para el arte del toreo  a caballo. Con Pirata remató en banderillas cortas y un rejonazo trasero pero efectivo le hizo cortar una oreja, que no paseó ante la incesante lluvia.

 

Manzanares se fue contrariado de La Glorieta. En el primero tuvo que luchar contra el viento y la lluvia. Tampoco le ayudó su enemigo. Pero el sexto fue otra cosa. Cesó la lluvia y hasta salió el sol. Salió el más válido del encierro del Vellosino, tampoco sin tirar cohetes. Le cuesta tomar el primero pero luego repite y humilla. Manzanares, tan estético como despegado. Sí, empaque, pero quizá demasiado pico, especialmente en el primer lance. Los pitos se asoman a los tendidos que vuelven a recobrar e aspecto inicial tras el aguacero. Tiene empaque y mucho gusto. Técnico como pocos, pero sin apreturas. El trasteo no caló en los tendidos calados y fue despedido con división de opiniones. Fue el final de la corrida, donde el percal excelso de Morante esculpió en bronce un homenaje a la tauromaquia.

 

Morante en la feria 2014