La Policía demuestra que ya no estamos para fiestas

 
La festividad de la Policía Local de Salamanca ha sido el mejor ejemplo para demostrar que en este país no estamos para celebraciones. Es la primera vez en diez años que los agentes cambian la devoción al patrón y los diplomas de reconocimiento por actos de protesta debido a sus recortes salariales, hasta el punto de dar plantón al concejal delegado en el acto institucional. Pero las quejas no van a quedarse en simples actos simbólicos, sino que los representantes de los policías locales afirman que están dispuestos a mermar su actividad en aquellos asuntos que no sean urgentes, en concreto, en la imposición de multas a los ciudadanos. Expresado así, su intención será muy bien recibida por los conductores que no respetan las normas de circulación y por los vecinos en general que soportarán menor carga sancionadora en una economía ya de por sí maltrecha. Pero esta circunstancia es el ejemplo más claro de una pérdida cualitativa en lo que se ha dado en llamar el Estado de Bienestar, con unos servicios de calidad y de protección al ciudadano que empiezan a verse seriamente amenazados. Los recortes, sino se hacen bien, en su justa medida, en el tiempo adecuado y con la responsabilidad compartida, pueden volverse en contra de la propia Administración, y en consecuencia, en contra de todos los administrados. Los empleados de la función pública, hasta el momento, los principales paganos de la crisis junto a los millones de parados, tienen más poder que mala fama y no es conveniente dejarlos de lado sin más.