La depuradora revitaliza al Tormes

Salamanca luce desde el 8 de mayo de 2003 tres catedrales. A las dos joyas arquitectónicas religiosas del casco histórico, se sumó entonces en el paraje del Marín la nueva Estación Depuradora de Aguas Residuales (EDAR), pionera en España en la valorización energética y agrícola del biogás producido y la digestión anaerobia de los fangos.
J. Romero

La infraestructura supuso una inversión de 29,6 millones de euros. Las arcas municipales aportaron el 15% del coste, mientras que el resto del presupuesto procedió del Ministerio de Medio Ambiente a través de Fondos de Cohesión de la Unión Europea. La construcción de la depuradora ha significado la gran obra de ingeniería civil desarrollada en Salamanca en los últimos quince años, tanto por su montante económico como por su equipamiento y decidida apuesta por la recuperación del río Tormes a su paso por la ciudad y por el alfoz. El alcalde, Julián Lanzarote, insistió el día de la inauguración de la EDAR, que relevaba a la obsoleta estación de Huerta Otea que funcionó entre los años 1984 y 2003, en que “ésta es una obra que marca una época”. Un calificativo que llevó al primer edil a calificar la depuradora como “Catedral del Agua”.

La actividad de la planta, que tiene una capacidad máxima para tratar hasta 117.504 metros cúbicos diarios de agua residual del Tormes, esconde aún, siete años después de su puesta en marcha, un amplio margen de crecimiento. La depuradora cuenta con una vida útil de cuarenta años y en esta primera etapa ha estado tratando alrededor de 70.000 metros cúbicos de vertidos procedentes del río. La estación del Marín está gestionada por la empresa concesionaria Aqualia y recoge las aguas residuales de los municipios de Salamanca, Santa Marta de Tormes, Carbajosa de la Sagrada, Villares de la Reina, Villamayor y Cabrerizos, además de sus respectivos polígonos industriales, aunque está diseñada para tratar los vertidos de una población equivalente a 550.000 habitantes. Una plantilla de 25 profesionales, entre técnicos, personal de mantenimiento y administración, trabaja en unas instalaciones que están activas las 24 horas del día durante todo el año en un proceso que arranca en los pozos de desbaste. El coste diario, entre gastos fijos y variables, de la depuradora alcanza una cantidad de seis mil euros.

El agua sucia del Tormes accede a la depuradora a través de una red de tuberías de más de trescientos kilómetros de extensión que recorre el subsuelo de la capital y desde unos colectores que la bombean a unos diez metros de altura. Desde allí, se precipita a un recinto donde se recogen los plásticos, papeles y cualquier otro tipo de desperdicios que acompañan y enturbian al río. Supone un primer tratamiento que se salda con la eliminación de unas treinta toneladas de residuos, que son trasladados al vertedero municipal. Este proceso, que ya se realizaba en la depuradora de Huerta Otea, se completa con la instalación de unas torres de lavado del aire, que expulsan al exterior aquellas sustancias que generan mal olor en el agua, y con la recogida de la arena que llega a la EDAR a través de los colectores y que se deposita, finalmente, en una escombrera. Una triple tarea con la que desaparece el 10% de la contaminación del Tormes. Es a partir de este punto cuando comienza propiamente el tratamiento del agua en la estación del paraje del Marín.

El agua, tras abandonar los pozos de desbaste, fluye hasta cuatro grandes piscinas, con capacidad de cuatro mil metros cúbicos, donde se quitan los elementos sólidos en suspensión que resistieron la primera acción de la depuradora. Como resultado, aparecen unos compuestos llamados fangos primarios que generan un biogás que aporta el 30% de la energía que requiere la estación para funcionar. No es la única reutilización que surge del tratamiento del agua residual del Tormes. La depuradora salmantina del Marín destaca por su apuesta por la revalorización agrícola, es decir, por la producción de abono como resultado de la limpieza que se ejecuta en sus instalaciones. Finalmente, existe un tercer paso, segundo de carácter biológico, que significa una novedad con respecto a las tareas que se desarrollaban en la antigua planta de Huerta Otea.

Autodepuración biológica
En unas balsas, la depuradora reproduce la autodepuración biológica que efectúan los propios ríos. Este tratamiento también tiene unos resultantes, en este caso nitrógeno y fósforo, que sitúan a la depuradora de Salamanca como un modelo en España. Los técnicos resaltan que el agua que sale de estas balsas es casi potable, para ello necesitaría que se añadieran óxidos como el ozono y el cloro, y que incluso en épocas como el verano, gracias a este innovador tratamiento biológico, se estaría añadiendo calidad al Tormes. Un último proceso dentro de un intenso circuito de tratamiento de los residuos que llegan del río que ha encontrado en los últimos siete años a un fiel aliado en la depuradora. Esta infraestructura civil ha tomado de esta manera el relevo de la estación de Huerta Otea y de La Aldehuela, con la que se empezó a limpiar el Tormes en el año 1954. Entonces, el abastecimiento de agua de los salmantinos se efectuaba desde los depósitos del Rollo y de Chinchibarra, a los que se sumó el de los Cañones en 1981, vestigios de una política medioambiental que medio siglo después ha experimentado una radical transformación y que tiene su mejor representante en la nueva depuradora del paraje del Marín. La obra de ingeniería civil más importante desarrollada en los últimos años. Toda una Catedral del Agua.