Fito, apoteósico en el Multiusos

Foto: N. S. Z.
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Junto a sus 'fitipaldis' ofreció un recital donde repasó los éxitos de su carrera y demostró por qué es uno de los músicos más aclamados de este país.
 

 

 

 

(Fotos: N. S. Z.)

Las entradas del concierto se agotaron semanas antes, a un precio que rondaba los 30 euros. Pocos músicos pueden permitirse eso y que tras el espectáculo no se cuestione esta valía. Pues bien, por dos horas y veinte Fito ofreció un sonido cuidado al máximo, detalle junto a un juego de luces absolutamente espectacular y estudiado para cada momento. Y el público reconoció esta calidad realmente entregado, desde la primera a la última fila coreando sus canciones en un in crescendo continuo que llegó a un final apoteósico con una grada verdaderamente agradecida.
 

Y es que Fito Cabrales posee la atípica capacidad de hacer canciones que le gusten a todo el mundo. Todos encontrarán algo en la fórmula ya inconfundible que ha ido labrando a través de sus discos, una rara avis de la música rock y de guitarras.
 

A todo esto hay que añadirle que la banda se puede permitir contar con algunos de los mejores instrumentistas sobre la carretera en España. Javier Alzola, con los dedos y los pulmones frente a esos largos solos de saxofón que también forman una parte imprescindible de esta fórmula. Y el escudero, la mano derecha de Fito, Carlos Raya, uno de los mejores guitarristas del país, productor del nuevo álbum y encargado de dotarle de esa personalidad característica con los arreglos idóneos para cada atmósfera. Todos ellos bien acompañados de unos muy correctos bajo, batería, y piano-órgano hammond, que ofrecieron con una perfecta base para las cuidadas melodías del bilbaíno.
 

Por supuesto, buena parte del mérito final hay que reconocérselo al alma máter, Fito Cabrales, que lleva más de 20 años ofreciendo conciertos de rock y casi otros tantos llenando pabellones, bien con Platero y tú, bien con los Fitipaldis. Posee el dominio del arte de crear un espectáculo en directo y mover a todo el público a su antojo. Y esto se debe gracias, principalemente, a su repertorio plagado de éxitos que ya forman parte de la memoria colectiva. Canciones que, quien más quien menos, todo el mundo ha tarareado en alguna ocasión. 
 

De esta manera, después de los más rockeros Los Zigarros, comenzó Fito arriba con Que viene y va, que puso al público en situación. Siguió apostando por una de las más conocidas de su repertorio, Por la boca vive el pez, y continuó con ese mismo álbum, Me equivocaría otra vez. 
 

Así, se decidió por el tema que da el nombre a su nuevo disco, Huyendo conmigo de mí. Le siguió Como pollo sin cabeza, en clave de rock 'n' roll de raíces que demostró que aquello iba a ser una demostración del juego entre las guitarras de Fito y Raya y el saxo de Alzola.


De esta manera, la banda continuó con una versión más animada de Cerca de las vías, donde Carlos Raya pudo mostrar su diestro manejo de la guitarra slide, a la que le siguió uno de los mejores temas de la noche, de su disco Lo más lejos, a tu lado, como es Corazón oxidado. Sobre ella se explayaron y pudieron dar rienda suelta a su faceta individual, con una exhibición gracias solos de ambas guitarras, saxo y batería. 
 

Garabatos, de su nuevo disco, volvió con potencia, y continuó de nuevo con un rock'n'roll puro que hizo cantar a los salmantinos que esa noche iban a beber hasta perder el control.
 

Continuó el recital con un tema de su nuevo disco de forma más intimista, Pájaros disecados, que abrió paso a una de las letras más políticas de la disografía de Fito. Este, recorriendo el escenario libre de su guitarra, hizo recordó a los presentes que vivimos en un país en el que nadie es culpable de nada.
 

Para continuar, el bilbaíno hizo gala de un equipo tecnológico que pocos se pueden permitir y, a través de las pantallas gigantes que amplificaban el concierto, mostró  un saludo de los vallisoletanos que el día anterior tuvieron la oportunidad de verle. A esto correspondió el público salmantino, no muy agradado, calificando de pucelano a todo aquel que no quiso botar, y a su vez mandó un estruendoso saludo hasta Gijón, próximo punto en ver a Fito en concierto.

 

(Foto: N. S. Z.)

 

A esta interacción con el público le siguió Tarde o temprano, tema que dio pie a la canción que convirtió al pabellón en una nube de teléfonos móviles inmortalizando el momento. Esta fue la emocionante Soldadito Marinero, que hizo desgañitarse a la gran parte del público, consciente de que llegaba el final del espectáculo. 
 

Volvió la banda con el primer bis tras un breve amago de abandonar el escenario con Antes de que cuente diez. No es nada fácil conseguir que la práctica totalidad del respetable se levante, incluida la gente sentada en la grada, con un solo de saxofón y guitarra; algo que los 'fitipaldis' lograron con una aparente sencillez nada fácil.
 

Así comenzó a rematar el concierto con la tranquila Después del naufragio. Le siguió Acabo de llegar, una de las más coreadas, que dio paso a un último parón antes de abandonar el escenario totalmente. Este momento, en el que nadie concebía que el concierto pudiera acabar, llegó uno de los momentos más emocionantes del recital. Fito solo sentado con una guitarra acústica, con las piernas colgando en el escenario, se atrevió con una de su anterior banda, Platero y tú. Así, Alucinante puso una nota emotiva antes de uno de sus éxitos más esperados, La casa por el tejado, con la que el público hacía tiempo entregado, terminó de dejarse la voz.
 

Y en estas llegó el final. Aquí, Fito tuvo la modestia de ceder el protagonismo de su cierre a una composición de Javier Krahe magníficamente versionada, Nos ocupamos del mar, como final merecido para los músicos y para el público del Multiusos.
 

Y así, las almas presentes abandonaron el recinto con una de las mejores sensaciones que se pueden tener: el haber asistido a un concierto de rock. A secas. De los grandes, de los que sabe ganarse al público desde el minuto uno, y donde jóvenes, padres y niños presentes no paran de aplaudir en alto hasta que todos los músicos han abandonado el escenario. De esta manera, el público salmantino reconoció su labor a aquellos que, por un rato, hicieron posible que las mentes se olvidaran del mundo real y que todo el pabellón quedara unido bajo una satisfactoria sensación de éxtasis colectivo.