El Teso se viste de ricos hornazos y asados como cada Lunes de Pascua

Paso de la Cuaresma. Tras la Eucaristía, el Ayuntamiento ofreció un convite que abrió el camino a la carne y que concluyó con una capea. Fiesta musical. La gaita y el tambor resonaron para recibir el sol de abril
Miguel Corral


Y es que, el Teso de San Cristóbal, como así lo conocen los del lugar, tiene algo especial que hace concitar los más entrañables recuerdos, permite soñar a los soñadores y adentrarse en los misterios que desde siempre rodearon este paraje, aunque para muchos son solo “cosas de viejas”. Entre tanto, Quiacer, ya casi metido en el centenario, recuerda que a este cerro un día se le conoció como el de La Cabra, pues se cuenta que, a modo de verraco para los celtas, los moros dejaron aquí parte de un tesoro con la figura en oro de este animal.

Pero hoy, como el resto del pueblo, Quiacer está de fiesta, rodeado de familiares y amigos que hubieron de olvidar las viejas historias que un día oyeron contar, y se disponen a dar cuenta de hornazos, empanadas, asados de cordero y de la matanza, que para estos días se hace, aunque para nadie pasa desapercibido el grupo de muchachos que intenta balancear la Peña del Pendón, desde hace años ya sin el carrasco en lo alto por aquello de conservar la naturaleza, aunque aquí sobre.

Así pues, el Balcón de Pilatos vuelve a escuchar asomado al Tormes la nostalgia de quienes a él se acercan para contemplar bajo el vértigo del vacío el Guindalatero, ya sin guindaleta ni barca en Vendemoro, y un poco más arriba, El Encuentro, donde el Tormes se retuerce entre acequias y molinos ocultos por la frondosidad de un bosque de ribera cosido a chopos.

Capea en la plaza de granito
Arriba aguarda ya San Cristóbal en su nueva ermita, ahora acompañado de Santa Lucía y un Cristo llegado del Perú. Antes de la Eucaristía, la música de fiesta comienza a sonar junto a la ermita y con ella, el baile alegre de las mujeres. Se hace el silencio entrado el mediodía y a medida que el pequeño templo se vacía, la gaita y el tambor resuenan junto a las avispinas que alegran ya su cara para recibir el sol de abril.

El convite anima la fiesta mientras el humo de hogueras y lumbres aparece por cada rincón que, además de purificador, servirá para dejar en su punto las carnes de asados en parrillas. Finalizado el festín gastronómico, con vino arribeño, la granítica plaza de toros espera la llegada de valientes y público, muchos llegados de otros pueblos de la Ribera, e incluso de la capital salmantina, para no perder la tradición de este singular Lunes de Pascua.