El Programa Lazarillo atendió a 106 familias con problemas de drogas en adolescentes

María Jesús Justo Nieto, durante una reunión del Proyecto Lazarillo (Foto: CAH)

La terapia está concebida para acompañar a los jóvenes y a sus familias cuando se produce un uso o abuso de drogas que, con frecuencia, está unido a otros factores de riesgo como fracaso escolar o conflictos de convivencia familiar. El objetivo es prevenir las consolidación de esa drogodependencia y lograr nuevos hábitos que reconduzcan sus vidas. 

Caritas Diocesana es la encargada en Salamanca del Programa Lazarillo de prevención familiar del consumo de drogas. Cuenta con la financiación de la Junta de Castilla y León desde su puesta marcha en 2004 y el pasado año percibió 28.000 euros para su financiación.

 

En 2015, el programa atendió a 106 familias salmantinas con hijos en los que se detecta un uso o abuso de drogas, una cifra que incluye las familias que se incorporaron nuevas en 2015,  las que mantenía la terapia desde 2014, las que no han participado en el programa completo pero si han requerido varias sesiones de asesoramiento o los casos que se derivaron a un recursos de drogodependencias porque el elevado nivel consumo requería un proceso de rehabilitación y deshabituación.

 

Según explica María Jesús Justo Nieto, responsable del programa, normalmente son las familias las que piden ayuda, “porque los niños tienen una edad en la que no suelen ver el problema. Los adultos ven comportamientos extraños, encuentran alguna sustancia en casa, se empiezan a preocupar y piden ayuda”. Este recurso está destinado a jóvenes de 13 a 21 años, aunque la mayor parte de los que asisten tiene entre 16 y 17 años. Sin embargo, María Jesús Justo ha podido constatar que “la mayoría se inicia en el consumo de drogas a los 13 años, pero los problemas se visibilizan más tarde y los padres les dan más importancia cuando llegan a los 16, el comportamiento del adolescente se les va de las manos y es cuando vienen a pedir ayuda”.

 

María Jesús Justo Nieto

 

En ocasiones, las familias acuden a Cáritas directamente, porque es el recurso más específico en prevención de drogas para adolescentes en Salamanca, pero sobretodo llegan derivados del centro educativo, el centro de salud o los servicios sociales que detectan un problema y recomiendan la incorporación al Programa Lazarillo.

 

La primera reunión suele realizarse solo con los padres y en ella se conoce el caso concreto y se les asesora sobre cómo motivar a su hijo para que acuda a las sesiones. Normalmente, en la segunda reunión ya se cuenta con su participación. Escuchar ‘la versión’ del menor es fundamental, porque, tal y como explica la responsable, “hay que ver dónde focalizan ellos el problema, el consumo de droga está ahí, pero siempre aparecen más situaciones de conflicto, en casa o con los estudios, temas judiciales, trabajo, temas personales como rupturas de pareja, que ellos viven con mucha intensidad, o el momento en que algunos empiezan a descubrir su identidad sexual”.  Por eso, es tan importante la entrevista individual con los chicos, “para saber qué les preocupa y qué les gustaría cambiar; y la mayoría no focalizan el problema en el consumo, tienes que abordar toda una serie de dificultades que se dan en la etapa adolescente”.

 

En este punto es en el que se marcan los objetivos del programa en cada caso. Y aquí comienza un trabajo terapéutico con la familia y con el hijo, por separado y en conjunto, en el que la comunicación y el respeto mutuo son la clave, “van camino de ser adultos y hay que ir pasándoles la responsabilidad de sus actos”, asegura María Jesús, quien añade que se hacen controles de orina periódicamente, para saber cómo evoluciona el menor y también con el fin de que los propios resultados sirvan como medida de motivación. Lo que Cáritas ofrece en este caso no es un centro de rehabilitación de drogodependientes, es un centro de prevención en el que se trabaja todo el contexto del joven.

 

Algunas de las reflexiones escritas por los adolescentes que participan en el programa

 

El éxito del programa no es tanto el abandono completo del consumo, matiza, si no “conseguir disminuirlo hasta un punto que permita normalizar el resto de aspectos en la vida del menor”; lo que lleva, a su vez, “a retomar los hábitos normalizados y a estar más cerca del abandono total de la droga”.

 

Uno de los problemas más serios es que hay drogas que están al alcance de todos. La mayoría de los adolescentes que acude al Programa Lazarillo consume cannabis (porros) y alcohol, y proceden de familias de todo tipo; a juzgar por los datos que manejan en Caritas, “no hay un perfil de nivel social, económico o cultural”. Sin embargo, sí se puede hacer una distinción por sexo, ya que hay muchos más hombres que mujeres en el programa. En 2015, sólo hubo una veintena de chicas frente a más de 80 chicos, aunque en ellas se dan más casos solo de consumo de alcohol, pero en niveles muy elevados”, puntualiza María Jesús Justo. Pero el consumo de alcohol y tabaco no suele ser un motivo de alarma en las familias. La experiencia de María Jesús confirma que los padres “empiezan a ver el problema cuando se añade el cannabis, aunque en la mayoría de los casos se consumen las tres sustancias”.

 

 

La terapia que se ofrece en el Programa Lazarillo suele requerir entre 12 y 18 meses de trabajo, para alcanzar el abandono o reducción del consumo y reducir también los conflictos familiares y sobre todo contribuir a que los jóvenes retomen los estudios o normalicen sus vidas.