El debate catalán es un problema menor de la Fiesta

 
Si en el Parlamento catalán se escuchan declaraciones tan abominables de los antitaurinos como comparar la Fiesta Nacional con la ablación o la violencia de género, a buen seguro que en aquella Comunidad se impondrá la cordura y no se cometerá el atropello de prohibir las corridas de toros. Pero al margen de este debate político, al que se apuntan ahora en el lado contrario las comunidades de Madrid, Valencia y Murcia para declarar Bien de Interés Cultural este espectáculo, lo cierto es que propicia una oportunidad de oro para impulsar un análisis más profundo sobre otras amenazas mucho más serias que tiene esta tradición cultural que está profundamente arraigada en España. Sin lugar a dudas, mucho peor que la opinión desmedida de algunos fanáticos es la pérdida de la esencia taurina fomentada en algunos casos por los propios protagonistas y agravada, ahora, por la fuerte crisis económica que vive este país. No sólo hay menos espectáculos, cuesta más vender los toros, las plazas no se llenan y las figuras se cuentan con los dedos de una mano, o menos. Ahí es donde deben poner sus esfuerzos quienes aman y viven la Fiesta Nacional, en recuperar el toro bravo y no los borreguitos que salen a las plazas por exigencias de las figuras o por otros oscuros intereses, en devolver la confianza a los espectadores y en demostrar de verdad, con hechos, que las ganaderías, los toreros, la historia y el arte tienen su razón de ser en la arena y en los tendidos de la plaza.