De El Fátima a levantar la Copa del Mundo y seguir siendo ‘Vicen’

Éramos unos auténticos viciosos del fútbol. Salíamos de la escuela a la una y media llegaba el tren de Madrid con 50 Marcas para todo Salamanca. Había que ir a hacer cola para coger uno, que valía una peseta, y nos lo pasábamos de uno a otro. A Vicente, a pesar de que le gustaba el Bilbao, era del Real Madrid.
Teresa Sánchez

Todos eran acérrimos del Madrid porque aquello de que tenía a Gento, a Di Stéfano y queríamos llegar adonde estaban ellos”. Manuel Vicente, conocido por todos sus amigos como Negri, rememora aquellos tiempos en los el fútbol se había convertido en una auténtica pasión para los niños que vivían en el barrio Garrido y en los que, junto a los hermanos Del Bosque, “nos pasábamos horas con el balón, sin dejarlo caer. Recuerdo que en la trasera de la casa de Vicente y Fermín había una plaza, la plazuela de Mere se llamaba, entre Miguel de Unamuno y Onésimo Redondo. Ahí poníamos dos piedras y de tanto jugar rompíamos los cristales. Los balones se los teníamos que pedir a un vecino.
– No le tengo dado de grasa de caballo y no os lo puedo dejar que luego me lo rompéis.
– No hombre, si vamos a dar sólo unas patadas, ahí a la Campsa”.

Se refiere Negri al campo donde el seleccionador nacional, el campeón del mundo de fútbol, jugó sus primeros partidos de fútbol. Un vicio que corría por sus venas igual que lo hacía por las de su hermano Fermín –al que en casa llamaban Fermin–, cuatro años mayor que él como Negri, pero alrededor de los que siempre estaba, intentando tener su cuota de protagonismo en los partidos. “Fermin era muy bueno, tanto o más que él. Nosotros empezamos a jugar juntos en la escuela de Santa Teresa y él, que era más pequeño, no podía. Luego se hizo un equipo, el Saguntino, de la Acción Católica y tampoco podía por la edad, pero siempre lo intentaba”, recuerda, aunque pronto encontró su sitio. “En El Fátima es donde empezó. Luego ya en los equipos del instituto, en el Salomé, que era un equipo de las gaseosas, y de allí ya fue pasando al Salmantino. Era delgadín, alto, chupadín y dominaba el balón cosa mala, tenía un gran toque. Le gustaba hacer lo que veíamos en las fotografías de Di Stéfano. Aquellos malabares, le encantaban”.

Después aparecería en su vida Toñete “que fue el que realmente vio lo que valía. Toni Almaraz –que fue centrocampista de la UDS–, y Manuel Soler –por aquel entonces entrenador–, también se habían fijado en él, pero de la mano de Toñete es cuando pegó el gran salto”. Asegura Negri que ya entonces su carácter era similar al de ahora. “Siempre ha tenido ese temple. Era paradín. Fermín era de otra forma, más abierto. Él siempre ha sido muy tímido, templado y muy bien mandado. Una persona ecuánime y muy cercana, como sigue siendo ahora. Su padre le dijo: Vicen –porque así le llamaban en casa–, vete a Madrid y portate bien. Así lo hizo porque eran una gran familia los cuatro”.

Su fichaje por el Real Madrid despertó entre sus amigos “envidia de la sana y mucho orgullo porque sabíamos que podía triunfar”, aunque reconoce que nunca se le pasó por la cabeza que acabaría convirtiéndose también en un entrenador de éxito. “El sueño de todos, el que cumplió él, era jugar al fútbol y ya, pero luego ha sido un hombre trabajador, coherente, que sabe mucho de fútbol y mide bien lo que hace y, mira, ahora es campeón del mundo”. Un Mundial que las personas cercanas de alguna manera a Del Bosque han vivido de una forma especial. “Vivirlo, sufrirlo y disfrutarlo. Pensaba en la gente que le falta. Todo el Mundial me he acordado de lo que hubiera disfrutado Fermín”. A buen seguro lo ha hecho.