Casi dos décadas de vivencias...

El campamento urbano “Proyecto Margarita” celebra su XIX edición
Desde 6 de agosto hasta el día 29 se desarrolla el campamento urbano “Proyecto Margarita”. Son ya 19 años los que lleva a sus espaldas. Organizado por la asociación Tas y CEAS del Rollo, con la colaboración de la obra Social de Caja España Duero, este año participarán 100 niños de edades comprendidas entre 6 y 17 años.

Las actividades se desarrollan en el Barrio del Rollo. La sede del campamento es el colegio público Luis Vives que, aunque está cerrado, lo prestan para esta actividad. También tienen a su disposición diferentes espacios y zonas como varios colegios, parques y pistas para que los niños tengan visibilidad exterior.

Este año el lema del campamento será “Vivir un cuento contar una vida”. “Siempre tenemos un lema para el campamento que favorece la dinámica, este año se planteó lo de los cuentos porque la gente está viviendo la crisis, y al final con lo que disfruta es compartiendo su vida, así que así se lo queríamos enseñar a los niños. Además, optamos por los cuentos porque son un elemento muy importante para las personas”, nos cuenta Teresa, la organizadora del campamento.

Durante las tres semanas se realizarán talleres, actividades, días en la piscina… también habrá fiestas por la tarde-noche. Normalmente hay tres fiestas en relación a ese tema. La fiesta final se hará en el parque Picasso, otra en el Bretón y la tercera todavía no se ha decidido el lugar.

Una de las actividades a destacar es el campo de trabajo, que consiste en que los niños arreglen alguna zona del barrio. Este año se dedicarán a arreglar los bancos y mobiliario del parque Profesor Prieto Carrasco. Con ello intentan “crear conciencia de que los espacios libres son de todos, normalmente arreglamos algo del barrio y este año toca la plazuela”, nos explica Teresa.

También habrá tiempo para las excursiones dentro de las alternativas que ofrece Salamanca. Así, los niños irán a visitar el parque de bomberos, la policía o el museo del Comercio.

“Lo que se busca con este campamento es que los niños compartan experiencias, que se integran con diferentes culturas y que se diviertan” nos cuenta la organizadora.

Cada día se empieza a las 10 de la mañana en el alto del Rollo y los niños son distribuidos en edades para irse con sus respectivos monitores; y finalizan a las 2. Este horario cambia si tienen piscina o fiesta. Los días de piscina se terminan a las 6 de la tarde y los días que hay organizada una fiesta comienzan de 10 a 2, para volver de 4 a 6 si la fiesta es por la tarde o de 6 a 8 si es por la noche. Por lo tanto, “cada día es diferente” nos confiesa Teresa.

Son ya 19 ediciones de este campamento, y alrededor de 80 a 120 niños pasan todos los años por él. Por lo tanto, contando con los que repiten, a lo largo de estos 19 años han pasado alrededor de 1.500 niños. Esos niños han crecido y han decidido continuar la experiencia en el campamento. Este es el caso de Cathy, una chica de 18 años que ha vivido el campamento como niña desde el 2003 y ahora que ahora disfruta de él como premonitora.

Es su segundo año de premonitora, por eso ya ha vivido diferentes etapas. Recuerda con cariño las vivencias y excursiones en el río, los días de piscina, los diferentes campos de trabajo, pero sobre todo los amigos que se ha llevado de todos los años que lleva allí. Con muchos ellos sigue en contacto y siendo amigos, debido a que al ser del mismo barrio se coincide en el instituto y en las clases. “Por ello es importante este tipo de campamentos para sociabilizar a los niños”.

“Hay mucha diferencia entre ser niño y ser monitor, pero los dos tienen su encanto. Siendo niño vas más a tu aire, si haces algo malo no te sientes mal y en cambio como monitora tienes una responsabilidad. Pero lo bueno de estar al cargo es todo lo que aprendes con los niños”, afirma Cathy.

Las mayores diferencias entre niña y monitora lo ve en la piscina y con la comida. “¡¿Por qué no comen con el hambre que tengo yo y no puedo comer?!” es algo que ahora se da cuenta o por ejemplo, con el tema de las avispas. “Cuando era niña y veía una avispa dejaba la comida y corría, y ahora como monitora veo una avispa y tengo que mantener la calma”.

Cathy es una de los 5 premonitores que hay este año. El año pasado tuvieron la misma cifra. Sin embargo, no son los únicos adultos que continúan la experiencia. Muchos de ellos aunque no sean monitores van a echar una mano ciertos días, sobre todo en fiestas. “Es normal cuando se ha hecho una vinculación así, quieren aportar a un proyecto que les ha dado mucho”.

Cuando le dijeron de ser preminotora, aceptó, puesto que desde pequeña sabía que quería ser monitora, “sabes que quieres seguir con los niños”.

Cathy anima a los que sientan esa necesidad de continuar que lo prueben. Por su parte, Teresa admite que se siente mucha satisfacción de verles crecer, “de ver a los niños cuando empecé este proyecto, que ha servido para algo y van eligiendo su camino”.