Carlos Gil Pérez: el principio de todo

Personaje irrepetible, pionero, adelantado a su tiempo, visionario, genio, maestro… los calificativos elogiosos acuden en tropel siempre en los momentos de pérdida. (*)

Un tópico, el de las despedidas elogiosas, al que podemos acudir también esta vez con una única condición: nos vamos a quedar cortos. Han pasado cuatro años desde la muerte de Carlos Gil Pérez y cada vez está más claro que, sin duda alguna, es un personaje crucial en la historia del deporte español y salmantino y su nombre está ligado no sólo a los mayores éxitos deportivos de todos los tiempos, sino también a un modelo de gestión avanzado y todavía vigente.

 

Mano firme, espíritu analítico y horas de estudio y trabajo han sido los secretos de una trayectoria llena de éxitos bañados en oro, plata y bronce para los muchos atletas que han estado a sus órdenes. Una habilidad, la de aglutinar en torno a un mismo objetivo a todo un deporte, que se ha revelado con el paso de los años como la piedra filosofal de un atletismo charro que vivió bajo su prolongado influjo cuatro décadas de relumbrón, y que ya hace años busca denodado un guía espiritual de similar fuste.

 

carlos gil pérez y albarrán atletismoNacido en Santiago de Compostela, su vida estuvo siempre en Salamanca, entre el Calvario (la primera pista de atletismo en Salamanca), el Botánico y el Helmántico. Tras iniciarse en el atletismo escolar, pronto encamina sus pasos hacia las labores de entrenador, primero, y responsable deportivo después. Guió los pasos de cinco atletas olímpicos salmantinos (Albarrán, Paraíso, Antonio Sánchez, Rosa Colorado y Frutos Feo) y de centenares de grandes talentos que acumularon más de 50 medallas de oro en Campeonatos de España absolutos; bajo su mando como director técnico de la Real Federación Española de Atletismo (1979-1988) se logró la primera medalla olímpica del atletismo español (Jorge Llopart en Moscú ’80) y las cinco medallas del Europeo Indoor de Atenas ’82, y suyo fue también el impulso que desembocó en el éxito de Barcelona ’92, un verdadero rubicón del deporte español; logró que se construyeran en 1973 las pistas del Helmántico con apoyo del Consejo Superior de Deportes; también se inventó los Premios del Deporte provincial y el Gran Premio Diputación; y se le deben los éxitos  de la era dorada de la UD Salamanca de atletismo. Pero su gran éxito fue un modelo de gestión brillante.

 

No era difícil que, en las largas horas de entrenamiento en las pistas del Helmántico, cronómetro en mano, surgiera el momento de hablar de sus oros nacionales de atletismo o de su cuadra de atletas olímpicos, porque nunca fue hombre ajeno a sus éxitos; pero también se hablaba de promoción (él, que lo había ganado todo), de tecnificación, de grupos de entrenamiento, de política deportiva, de instalaciones… Nunca entendió la falta de cooperación, las rencillas, los recelos entre entrenadores; su omnipresencia era objeto de críticas y desencuentros, por qué no decirlo. Encarnaba un modelo tan férreo como eficaz, en el que el atleta y el resultado primaban sobre cualquier otra consideración. A muchos no les gustaron sus métodos; hoy añoran una figura así. En sus últimos años de vida, el médico le recetó su misma medicina (una tanda de vueltas a la pista que cada mañana daba entre las risas de sus discípulos) y también arruinó la increíble pareja que hacía con su inseparable pipa, con la que está retratado en el homenaje que ahora le brinda Salamanca en la calle donde vivió. Pero ni en esas hacía falta más que marcar alguno de sus números de teléfono para encontrarlo presto en el análisis, la crítica o la opinión, como periodista de raza (y maestro para algunos jóvenes ‘plumillas’ de la prensa local) que también era, ilusionado con la eterna promesa de la pista cubierta, con los nuevos talentos, ya en las manos de su discípulo Antonio Sánchez. Y siempre con Salamanca, las pistas del Helmántico y los atletas de ayer, hoy y mañana bullendo en una mente tan ilustrada y brillante como la pajarita que solía lucir en las fotos míticas de las noches de postín de los Premios del Deporte, la gala que inventó, mantuvo y cambió de formato cuando llegó el momento, para celebrar los éxitos deportivos salmantinos de cada año.

 

Cuando se perpetró el final del Gran Premio Diputación, todavía fue posible que alzara la voz en contra de una decisión que ya tiene rango de error histórico. Nos quedamos con las ganas de ver cómo hubiera lidiado con el desastre de la añorada pista cubierta de atletismo, hoy un monumento al despilfarro fruto de la mala gestión y de colocar a los menos adecuados en puestos donde él y otros como él hicieron del rigor un santo y seña que valía para ganar medallas y para organizar todo un entramado federativo. Una tarea inabordable para muchas de las mentes que hoy pueblan la administración del deporte.

 

Puede que su crítica a la sentencia de muerte del GP Diputación fuera su último servicio al deporte local, un expediente que abrió en los Maristas, cuando el atletismo le eligió, primero, y encaminó sus pasos, también enseguida, hacia las labores técnicas. La era Gil Pérez abarca cinco décadas, desde su primer campeón de España, José Luis Albarrán (200 metros, 1958), al último, Frutos Feo (100 metros, 1998): cuarenta años reinando en la velocidad, disciplina en la que sus consejos se convirtieron en palabra de Dios. Su legado no se limita a la extensa contabilidad de las medallas y triunfos logrados por sus atletas. No. Le debemos buena parte del fantástico panorama deportivo que hoy disfrutamos. Y todavía nos quedamos cortos.

 

(*) ARTÍCULO PUBLICADO EL DÍA 26 DE DICIEMBRE DE 2009 EN LA EDICIÓN IMPRESA DE TRIBUNA DE SALAMANCA.

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