Calzados Antonio: Una mirada atrás en el tiempo a través del espejo

Interior de la primera tienda, conserva los espejos originales (Foto: Raquel Fernández-Novoa)

La tradicional familia salmantina de los gallos abre las puertas de su primer comercio en los años ochenta del siglo XIX. Los responsables de la zapatería narran la permanencia de su negocio frente al tiempo y las adversidades a lo largo de un convulso e innovador Siglo XX.

El siglo XIX  daba ya sus últimos coletazos la mañana en que el ‘primer’ Antonio Lorenzo, miembro de la castiza familia salmantina conocida con el apodo de ‘Los Gallos’, abría las puertas de la primera zapatería en la calle Poeta Iglesias, paralela a la plaza mayor de Salamanca. En aquella época la zona era centro neurálgico de los intercambios comerciales. Tras firmar orgulloso la fachada del comercio con su nombre de pila, emprendió una nueva aventura inaugurando su propio taller de zapatos en la emblemática calle Toro.

 

El gremio de los zapateros era bastante reducido en la Salamanca de entonces. Comprar un par de zapatos hoy es una posibilidad al alcance de todos, pero hace un siglo solamente accedían una minoría solvente. Las familias con menos recursos solían utilizar trozos de piel y neumático para improvisar un calzado rudimentario pero los más pudientes visitaban el taller de la calle Toro para que Antonio le tomase las medidas y diese forma al calzado.

 

Retratos familiares de los propietarios (Foto: Raquel Fernández-Novoa)

 

El fuerte olor a piel recién curtida que caracterizaba el taller nada tiene que ver con el de las colas, disolventes y productos químicos que en la actualidad se respira en los establecimientos similares. La materia prima era totalmente natural. Se trabajaba desde la piel de la suela a la madera del tacón. Con tripa de animal se elaboraban los cordones y empleaban metales en las punteras y la parte trasera de los zapatos para que no se desgastasen. Los trabajadores de Antonio elaboraban los productos de una manera totalmente artesanal; los recuerdos orales tras largas generaciones describen dentro del taller a unos obreros con delantales de piel curtida trabajando con esmero las piezas sobre sus propias rodillas.

 

Célebre fue el trabajo de los gallos y reconocido más allá de las murallas salmantinas al recibir un nombramiento que le dio prestigio en el ámbito nacional: el de proveedores de zapatos de la Casa Real. Vistieron los pies de varias generaciones de monarcas. Desde la reina Isabel II a Alfonso XIII de Borbón calzaron la marca de la familia.

 

Con el nuevo siglo, el modo de producir zapatos ya había cambiado notablemente. El taller se mantuvo hasta la década de los cincuenta pero la venta de zapatos manufacturados coexistía con los pedidos a terceros, que fabricaban en el resto de la península, sobre todo en la zona de Levante. Porque las zapaterías de la ciudad de Salamanca tenían que abastecer no solamente a la población de la capital, sino también a la de los pueblos, donde no había puntos de venta especializados en calzado.

 

El coste del producto también era diferente, al mismo tiempo la renta de la población iba también ‘in crescendo’ y el negocio de la zapatería tomaba diferentes formas amoldándose a los tiempos mientras la familia de Antonio permanecía tras el mostrador como una constante que sobrevivía al tiempo y a los cambios. El negocio había crecido de una manera abrumadora. Ocho eran las zapaterías que había en Salamanca, de las cuales cuatro, pertenecían a la familia Lorenzo.

 

La Guerra Civil fue uno de los acontecimientos con más impacto social del siglo XX en España. Antonio Lorenzo, quinta generación de la familia, nos relata que en lo que respecta la ciudad de Salamanca y en relación con su negocio en concreto, las consecuencias no fueron  tan severas como en el resto de la península porque aquí se encontraba la Capitanía General de Francisco Franco y la ciudad siempre estuvo posicionada con el Bando Nacional. También la cercanía con Portugal era un factor importante, ya que se exportaba mucha mercancía. La posguerra y el régimen traían de la mano una dificultad especial, la de traer artículos de una zona separada como era levante. El transporte prácticamente no existía y no se podía importar tampoco ningún producto de fuera de España, esto hizo bajar mucho el volumen de ventas.

 

Antes de la guerra, la tienda que dio origen a todas las demás, había cambiado de nombre y se tradujo al idioma de la cultura de aquella época, aportando un estilo más moderno e internacional “Les petit suiss”. Aquí la presencia del Régimen sí tuvo una incidencia tangible cuando, al prohibirse de lo extranjero hasta la pronunciación, se obligó a Antonio a retirar el rótulo de la puerta. Este fue el momento en el que decidió volver a la tradicional nomenclatura del nombre de pila, que permanece en la actualidad.

 

 

Calzados Antonio continuaba moldeando sus productos en consonancia con la historia y sus continuos devenires.  En los años cincuenta ponen una nota de color a su mercado con la apertura de un nuevo establecimiento, Blancanieves, la primera tienda en Europa con permiso de Disney para utilizar iconografía de la factoría. Los personajes hacían gala en mostradores, sillas y paredes  atrapando a los más pequeños durante cuarenta años.

 

Una vez cae el Régimen y se notan las consecuencias socioeconómicas de la transición, llegan los 80 con sus vistosas modas y la empresa vuelve a alcanzar el esplendor de antaño. Surten sus estanterías con productos fabricados en España, a mediados de siglo el taller familiar cerró y a partir de entonces se dedicaron únicamente a la venta. Insisten en la importancia de potenciar el comercio nacional y confían en la calidad de la industria española, una de las mejores a nivel internacional en el ámbito del calzado. Tras unos años en los que arrasó la tendencia de comprar productos de fabricación en China e India por sus bajos costes afirma que los clientes comienzan a tomar conciencia de las ventajosas cualidades del producto nacional.

 

 

Hasta el día de hoy ‘los Antonios’ han seguido encontrando el secreto de la supervivencia y siguen presidiendo los mostradores de sus ya históricos comercios. La emblemática tienda de Poeta Iglesias continúa abierta actualmente y conservando de la original el techo y los espejos. La familia revela el misterio del mercado en forma de anecdotario de generación en generación, la siguiente dará paso a la primera mujer en la que recaerá el legado. Ella será la encargada de continuar con orgullo el negocio familiar, que permanece en el tiempo desde aquel primer Antonio que abrió su taller e inició el longevo proyecto con la firma de los gallos.