¡Adiós a la mecedora y la boina! La tecnología cambia a nuestros abuelos

A largo plazo, poco quedará de la boina, las chaquetas de lana tejidas a mano, las batas rayadas o los pantalones de pana.

La tecnología nos ha cambiado. A todos. Pequeños y mayores. Bebés y ancianos. Hoy, si a un niño de dieciocho meses -o menos- lo dejamos solo, con un teléfono y el YouTube puesto, es capaz de verse él solito mil y un capítulos de Pocoyó. Hoy, nuestros abuelos nos graban audios preguntándonos cómo estamos, que cuándo vamos a verlos, si estamos comiendo bien... Hoy celebramos, precisamente, el Día Internacional de las Personas de Edad y nos hemos parado a pensar en cómo la tecnología ha cambiado a nuestros mayores.

 

Cuando pensamos en gente mayor, en nuestros abuelos -y también en nuestros padres que quizás muy pronto se conviertan en abuelos-, ya no nos imaginamos a señores apoyados en alguna cerca contemplando alguna construcción a medio terminar, sentados en sus sillones forrados de dos mantas viendo cualquier cosa en la televisión, a abuelas tejiendo bufandas o en sus mecedoras (o cualquier otro arquetipo que teníamos fijado hasta ahora en nuestra mente).

 

Es cierto, todavía son muchos los mayores que no le han dado la mano a las nuevas tecnologías, pero nos movemos casi sin quererlo hacia un nuevo concepto del abuelo, hacia un futuro donde esa vieja imagen del abuelo clásico desaparecerá o convivirá -todavía es pronto para asegurarlo- con otra nueva.

 

Probablemente, a largo plazo, poco quedará de la boina, las chaquetas de lana tejidas a mano, las batas rayadas o los pantalones de pana. Quizás entonces lo nuestro sea más el asomarnos a un balcón virtual desde nuestras gafas de realidad aumentada o subir a alguna plataforma, que ya no se llamará Facebook, la última receta del médico -por ponernos en plan drama-. Lo que está claro es que los tiempos parece que han cambiado y siguen cambiando y, sí, también lo han hecho nuestros abuelos.

 

Hoy en día son muchos los abuelos que ya saben qué es esto de Internet y de las redes sociales. Muchos se han convertido incluso en estrellas de la Red, como ellos.  Cada anciano tiene su propia historia. Unos se han metido en este “mundillo” por hacer algo diferente desde casa; otros, para ayudar a sus nietos o demostrarles lo geniales que son a pesar de tener unos cuantos años sobre sus hombros. Y todos comparten un gran encanto natural que les ha catapultado a la popularidad.

 

Un estudio realizado en 2013 por el Centro de Investigaciones Pew puso de manifiesto que los mayores de 65 años fue el grupo demográfico que más creció en la mayoría  de las redes sociales en Estados Unidos. Esta franja aún se está adaptando a los cambios que han llegado de la mano de la electrónica de consumo – el tanto por ciento que utiliza tecnología en su día a día es menor respecto al porcentaje que no la usa -, pero parece que los “Mayores 2.0” están de moda y han llegado para quedarse.

 

Según una encuesta del Instituto Nacional de Estadística, en España la mitad de los mayores de 65 a 74 años usa el móvil en su vida cotidiana. En lo que se refiere a Internet y a los ordenadores, tan solo un 17 por ciento ha usado un PC (lo cual no significa que sepa usarlo correctamente o que no tenga uno en casa) y un 16 por ciento ha tenido contacto con la red de redes.

 

El hecho de estar “conectado” es para muchos algo importante para mantenerse “vivo” y “activo”, “joven” y, a la vez, también “independiente”. Dentro de unos años la brecha por edad ya no existirá o, en su defecto, no tendrá la importancia que tiene actualmente, porque otros factores socio-culturales pesarán más. El tipo de abuelo que todavía vemos hoy en día, el abuelo clásico, habrá desaparecido -probablemente por completo-. Nosotros seremos los abuelos y, muy probablemente, de igual modo que lo hacemos hoy en día,sigamos compartiendo en Instagram, en Twitter y en Facebook -o como se llamen en un futuro-, nuestros intereses y nuestras vidas ,y sigamos hablando por WhatsApp -o incluso por otra cosa superrevolucionada-.

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