25.000 años en la historia de rudos hombres dedicados de lleno a la caza

Mayor enclave de España. La estación rupestre de Siega Verde se compone de 540 valiosas figuras con grabados paleolíticos
Mondrián / David Rodríguez

Dice la historia que, hace más de 25.000 años, grupos de cazadores recolectores se asentaron en regiones ricas en caza del occidente de la meseta de la Península Ibérica. Venían escapando de los rigores glaciares de la Europa paleolítica, y se asentaron en los valles de los ríos Côa, en la actual Portugal, y Águeda. Los investigadores han considerado que eran puntos idóneos para los hombres de la prehistoria al ser zona de paso y un lugar privilegiado para la observación de los animales, que acudían al río a refrescarse. En el entorno de ambos ríos realizaron un gran museo natural, convirtiéndose en obras de arte permanentes. Así nació el yacimiento rupestre de Siega Verde.

Los primeros descubrimientos de los restos arqueológicos de Siega Verde fueron llevados a cabo por los profesores Manuel Santonja y Rosario Pérez, en el año 1988, cuando estaban realizando el Inventario Arqueológico de la provincia de Salamanca. Desde aquel momento se han estudiado en profundidad. El prehistoriador de la Universidad de Alcalá de Henares Rodrigo de Balbín Behrmann dirigió un amplio equipo de trabajo que ha catalogado las piezas encontradas. Precisamente, la tardanza histórica en descubrir estas manifestaciones rupestres ha hecho posible que llegue íntegro hasta nuestros días.

La estación rupestre de Siega Verde se compone en total de 540 figuras, agrupadas en 17 conjuntos repartidos a lo largo de más de un kilómetro, situados cronológicamente en la época solutrense del Paleolítico Superior, hace unos 18.000 años. En número, es el mayor enclave de grabados paleolíticos de toda España, y en todos ellos aparecen representaciones de animales. Entre los más destacados encontramos caballos, ciervos, uros (toros salvajes) y cabras, pertenecientes al grupo animal de los grandes ungulados. También aparecen animales extinguidos o propios de climas mucho más fríos, como renos o bisontes; lo que habla de la antigüedad de los grabados. Éstos se encuentran en afloramientos de esquistos, rocas donde predominan minerales laminares, dispersos por la ribera izquierda del Águeda. La mayoría de las manifestaciones se encuentran en grupos de entre 2 y 6 asociaciones, en paneles de mediano y gran tamaño, aunque existen figuras aisladas en rocas más pequeñas. En total, se han contabilizado 94 paneles con las 540 figuras citadas.

En estos paneles aparece la silueta de los animales siempre de perfil, con marcados detalles anatómicos, como el pelaje, crines u hocicos. Los animales y figuras se muestran de todas las formas posibles: en solitario, formando escenas; en posiciones estáticas o dinámicas. Los grabados se realizaron principalmente con dos técnicas, la incisión, usada en figuras pequeñas, que consiste en dibujar a través de una fina línea grabada; y el piqueteado, donde a base de puntos se va delimitando el contorno de la figura. También en algunos grabados se ha detectado la técnica de la abrasión o raspado, mediante la cual se forman surcos más profundos.

A pesar de los estudios realizados, no se ha encontrado una explicación concreta. Sólo se ha podido concluir que vienen a recoger el mundo simbólico de los hombres paleolíticos, reflejando el significado que tenía para ellos la caza, y la lucha entre las tribus por ocupar los mejores territorios para cazar.

El estado de conservación de los restos varía en función de la orientación de las placas, ya que algunas están más expuestas a la lluvia. Los principales trabajos que se están desarrollando en la actualidad se centran en estudiar cómo preservar las piezas de la mejor forma posible, así como su reproducción en soportes digitales. Con la declaración de Patrimonio de la Humanidad, se entra en una nueva era, que permitirá un mejor estudio, conservación y promoción.