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Sábado, 12 de mayo de 2012    18/5/2012
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Última actualización 17/01/2012@23:56:40 GMT+1
Enero trae su cuesta, como julio su San Fermín. Enero acostumbra a llegar con rebajas, y ante las rebajas caben siempre prevenciones.

Por estas fechas, las asociaciones de consumidores se esfuerzan en advertirnos: que si no hay que dejarse engañar por las gangas, que si las rebajas no son saldos, que si las rebajas no implican que los productos estén defectuosos, que si ha de exigirse la hoja de reclamaciones cuando surgen controversias… Y en este plan.

Extrapolar a la política tal tipo de cautelas no resulta baladí. Detengámonos en la última de las anotadas: ¿existe en la política tal `hoja de reclamaciones´?
En autocracias y regímenes totalitarios, desde luego que no existe `libro de reclamaciones´. Esos regímenes dicen responder ante otras instancias (divinas, históricas, étnicas…), pero jamás rendirán cuentas ante la ciudadanía.

Los sistemas democráticos, sin embargo, sí contemplan esos `libros´: la Justicia independiente, el control parlamentario, el control mediático, el derecho de asociación, el derecho de participación, la Iniciativa Legislativa Popular… o instituciones como el Defensor del Pueblo, por ejemplo, estarían ayudando a configurar ese poliédrico 'libro político de reclamaciones'.

A su vez, en política también existe un cauce sustancial para darle vigor a esa `reclamación´: las elecciones. Eso sí, para que unos comicios puedan cumplir con esa vertiente `de la reclamación´ hacen falta ciudadanos dispuestos a pasar factura –con racionalidad- a unos, otros y los de más allá.

Es decir, se requiere una ciudadanía donde los despropósitos y desmanes democráticos no salgan gratis. Se requiere una ciudadanía capaz de castigar o premiar en las urnas a quienes lo merezcan (aunque el 'castigo' alcance al partido que hasta entonces era de su confianza; y aunque el `premio´ recaiga sobre quienes nunca antes habían contado con su voto).

Sólo a partir de esas premisas, sólo a partir de ese tipo de ciudadanía, puede entenderse que la `hoja (política) de reclamaciones´ gane en autenticidad y vigencia. La educación cívica, la cultura democrática, marcará el nivel.

Existe ciudadanía que se hace cómplice de prácticas políticas torticeras; y transige con engaños, negligencias, abusos, sectarismos y mezquindades. En ese tipo de contextos, no puede extrañar que el `mostrador electoral´ exponga sin rubor proyectos políticos con fecha de caducidad ya pasada; o con sobreprecios de enmascaramiento; o con desperfectos de legalidad; o con macas de envilecimiento, soberbia, demagogia y populismo.

Por el contrario, existe ciudadanía que contribuye a que el mercado político se desenvuelva con mayor eficiencia y pulcritud. Ciudadanía que no recompensa a quienes abanderan las electoralistas prácticas del gato por liebre. Ciudadanía que no hace suya ni la pasiva resignación, ni el acomodaticio conformismo, ni la queja meramente oportunista.

Coda: Las actitudes quejicas (tan gritonas como carentes de auténtico compromiso) guardan más conexión con la impostura y el toreo de salón… que con todo lo relativo a las reseñadas `hojas de reclamaciones´.


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