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Sábado, 12 de mayo de 2012    18/5/2012
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Última actualización 29/11/2011@23:37:05 GMT+1

“¿Qué es para vosotros un héroe?”, pregunta el personaje de Ariadna Gil a sus alumnos. “¿Alguien que no se equivoca nunca? ¿O a lo mejor alguien que no se equivoca justo en el único momento en que uno no puede equivocarse? ¿Es el héroe un superhombre? ¿O es solo un hombre corriente? A lo mejor es alguien cuyo comportamiento es ciego y arriesgado… O como dice John Le Carré, hay que tener temple de héroe para ser, sencillamente, una persona decente”.

El fragmento corresponde a la película Soldados de Salamina: película dirigida por David Trueba que se apoya, como es sabido, en la homónima novela de Javier Cercas.



Ha sido inevitable recordar este pasaje al leer el artículo que firmaba Rosa Díez este lunes: “San Jorge y el dragón”. Los héroes que describe (por eso son valiosos y contemporáneos) nada tienen que ver con las mitificaciones ni los poderes sobrenaturales. Los héroes a los que apunta requieren de poco aspaviento y parafernalia (por eso merecen la pena). Los héroes a los que apunta son, sin más, ciudadanos: nada más que ciudadanos, pero nada menos que eso mismo.

Ciudadanos `optimo iure´. Ciudadanos en el sentido más pleno de la palabra. Ciudadanos dispuestos a ejercer como tales. Ciudadanos comprometidos. Ciudadanos con coraje democrático suficiente… como para plantar cara al abuso, al desbarre y a las malas prácticas políticas.

Por todo ello rememoré también una intervención de Gorka Maneiro, correspondiente a la precampaña. Quizá recuerden cómo el Ayuntamiento de San Sebastián (comandado por Bildu) denegó a UPyD la posibilidad de tener uno de sus habituales debates en la calle. Al final, tras el correspondiente recurso, le dieron un emplazamiento con significativas connotaciones, y diferente al inicialmente solicitado. Pero lo cierto es que el acto acabó celebrándose, porque UPyD, desde luego, no anduvo echándose atrás. Quizá los Bildu presupusieron que agitar fantasmales sábanas lograría intimidar a las convicciones democráticas. Quizá los Bildu no contaron con que un partido esté dispuesto a defender cuestiones tan básicas como que a los demócratas no se les puede apartar, de manera sectaria y caprichosa, de la plaza pública.

Pues bien. En ese encuentro cívico y de calle, el parlamentario vasco de UPyD apuntaba algo de enorme sensatez. Señalaba Maneiro: “Este no es un acto heroico. No es un acto valiente. No es un acto extraordinario. Este es un acto normal. Porque normal es (o debería ser) hablar de política. No somos valientes ni heroicos. Somos, simplemente, ciudadanos comprometidos (…), que seguimos pensando que la política y el compromiso público es la mejor manera de servir a los ciudadanos y buscar el interés general”.

Así de sencillo, así de verdad. Tanto los espectros de afán totalitario, como los espectros a quienes les hubiera gustado convertir la democracia en un chiringuito caciquil y clientelar, saben –desde el pasado domingo- que hay un millón ciento cuarenta mil doscientos cuarenta y dos ciudadanos… dispuestos a no conformarse frente al deterioro democrático. Ciudadanía consciente de que los “ilimitados” espectros (incluso los “ilimitados” fantasmones)… “tienen límite”.

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  • Los espectros (incluso los fantasmones) tienen límite

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    16954 | Fabio - 30/11/2011 @ 22:21:55 (GMT+1)
    El nacionalismo es como la fiebre: va por grados, pero siempre implica algo perjudicial, más intenso o menos. El nacionalismo es en sí mismo una forma de colectivismo totalitario, en mayor o menor grado, y da igual que se revista de democrático o de elitista, de fascista o de antifascista.

    No contempla ciudadanos, sino seres "asimilados" y homogéneos a unas costumbres, hábitos, prejuicios o apegos, y excluye (o fuerza a la "conversión", cosa aún peor) de la nacionalidad construida o por construir, a una parte del pueblo que vive y se afana en el territorio. Es mucho peor la condición de "asimilado" que de súbdito de un rey o vasallo de un noble, que al menos contemplaban una diversidad interna que el nacionalismo trata de eliminar.
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