Sucede algo parecido a cuando se dice aquello de que la televisión nos vuelve tontos. Especialmente, habría que añadir, si uno brinda el entontecimiento en bandeja para que, a partir de ahí, el 'entontecedor' se aproveche del ya previamente entontecido.
Con el poder y la corrupción sucede algo parecido. El poder no corrompe: brinda, eso sí, la ocasión de corromperse. Quien se corrompe es quien así lo decide: con su voluntad, su decisión, su engaño y sus manazas.
La corrupción en el poder (como la corrupción en cualquier escenario político, o en la sociedad civil, o en cualquier otra parcela) no es un sino ineludible. No es que el poder corrompa a Menganito o Citanita. Es Menganito y Citanita quienes venían corruptos de casa, por así decirlo. Menganito y Citanita eran corruptos 'en potencia' (Aristóteles 'metafisiqueó' algo al respecto). Faltaba que lo fuesen 'en acto'; y el poder, en ese caso, les brindó la oportunidad de ejercer como lo que ya eran: unos corruptos de tanto tomo como lomo.
Al fin y al cabo, esa 'posibilidad de' o esa 'facultad para' (cosa distinta a que el poder obligatoriamente predetermine una actitud y un comportamiento) está presente en la conocida frase de Lord Acton. Aunque la sentencia de aquel historiador británico habitualmente se ha traducido como que “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”; la literalidad de la cita sería bastante más precisa: “Power tends to corrupt, and absolute power corrupts absolutely”. Ese verbo `tend´ apunta, a mi parecer, en sentido más certero.
Traigo todo esto a colación a raíz del artículo de la semana pasada: “La 'soplagaitez' de que todos los políticos son iguales”. El post suscitó algunos comentarios de amables interlocutores (comentarios favorables y comentarios que mostraban su disconformidad: todos ellos los agradezco). Aunque pude responder o contrarreplicar a distintas consideraciones, faltaba por abordar una alusión a esa presunta corrupción obligatoria que, para algunos, el poder conlleva.
Coda: Y como en este blog siempre se ha apostado por la argumentación racional y verificable (si no hiciéramos sitio a los juicios, siempre acabarían aflorando los prejuicios), me animo de nuevo a discernir. Discernir entre prácticas políticas de unos y otros. Distinguir y diferenciar entre las dinámicas de unos y otros partidos.
Por ejemplo, UPyD acaba de hacer públicas sus cuentas de 2010. El saneado balance (excedente de 46.552 euros) muestra la notable autofinanciación que llega a través de sus afiliados, y el austero manejo del presupuesto (lejos de esos ostentosos y obscenos despilfarros en los que otras siglas andan envueltas).
Por otra parte, el mostrar de manera abierta y clarificadora el completo desglose de gastos e ingresos es un innegable ejercicio de transparencia. Cualquier ciudadano puede consultar las reseñadas cuentas del último ejercicio, como puede consultar las cuentas de años precedentes o los gastos que acarreó cualquier contienda electoral en las que ha participado UPyD. ¿Hay muchos partidos que ofrezcan estas informaciones desde su propia web? UPyD, sí.