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Un salmantino en Brasil

Alberto Orfao
Blog de Alberto Orfao.

Vendedor por necesidad

Una de las particularidades que más me ha llamado la atención en estas semanas desde que llegué a Río de Janeiro es la de la venta ambulante. Puestos de caramelos, de libros o de ropa, chavales vendiendo chicles o chocolates en los semáforos, hombres cargados con barriles de mate por la playa o con cajas de açai, son solo algunos de los tantos ejemplos que se pueden encontrar por las calles de Brasil.

El brasileño de baja renta, por definición, sabe que siempre puede recurrir a la venta, de lo que sea, en el caso de no encontrar un trabajo mejor. En cualquier calle concurrida un pequeño espacio de terreno se convierte en el mejor puesto de trabajo para copiar llaves o vender sartenes. Si en algo es experto el brasileño es en encontrar lo que los economistas llaman nichos de mercado.

Pero lo que más me llama la atención no es la propia venta ambulante en sí misma, sino la desaparición de la misma, a lo largo de los últimos años, en España. Probablemente uno de los motivos es el de la prohibición de vender alcohol a partir de unas horas determinadas.

Aquí, a la entrada de cualquier discoteca una noche cualquiera, siempre hay un emprendedor dispuesto a hacer el negocio. De nuevo, caramelos, chicles y tabaco -que aquí puede venderse en cualquier lugar, no existen los estancos- se unen a decenas de latas de cerveza y refresco e incluso se dejan ver algunas botellas de licores con mayor graduación. Para quienes pueden permitirse pagar los altos impuestos que estas incluyen.

Tengo grabada en mi memoria una imagen de la película de Tiempo de Silencio, de Vicente Aranda y basada en la novela de Luis Martín Santos, en la que Imanol Arias y Juan Echanove deambulan en la noche madrileña de los años 40 y se paran a comprar algo de comer y un par de cigarrillos, sueltos. Esa imagen ha desaparecido de la nueva España europea pero no del caótico Brasil.

A pesar de las cada vez mayores ayudas del Estado Federal, a los brasileños siempre les ha gustado ser independientes. Depender, en la medida de lo posible, de sí mismos. En ocasiones parece que aquella proclama de Don Pedro (primer emperador de Brasil) de "independencia o muerte" se mantiene intacta en el pueblo que decidió seguir su propio camino.

Mientras tanto, en España, preferimos controlar todas esas 'desviaciones' del sistema y 'hacer las cosas bien', aunque en muchas ocasiones se trate de la única forma de subsistencia de algunas personas achacadas por el desempleo y la angustia de no llegar a fin de mes.

Antes de cruzar el charco ya pude observar en un par de ocasiones a personas vendiendo comestibles en los vagones del metro aunque, si las cosas siguen su curso, como sabemos, pronto ya no se permitirá siquiera pedir a la puerta de las iglesias. Está claro que es preferible tener un trabajo digno y unas condiciones mínimas pero, cuando hasta esos mínimos son difíciles, permitamos que la gente se gane la vida como pueda.

Alberto Órfão
Twitter: @a_orfao

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