Trabazon original

Trabazón

Manuel Muñoz Alejandro G. Machuca
El blog de Manuel Muñoz y Alejandro García Machuca en Tribuna de Ávila

El asedio poético de Sarajevo

Izet Sarajlić en 1999+2 (en asuddibratana.com)

 

La prosa de guerra que hicimos nos permitió transmitirles algunos de los crímenes culturales acaecidos, gracias al odio enquistado y la vesania rampante, en aquel conflicto de principios de siglo desencadenado en Sarajevo. Hoy, en cambio, nos apoyaremos en la poesía de la paz. Para ello vamos a desplazarnos en el tiempo, 80 años más tarde, a un futuro regresivo que habría congelado su sed de venganza en aquella misma ciudad. Sin hablar de magnicidios, fratricidios, ni cualquier otra variante del crimen, vamos a rendir tributo a un filósofo, ensayista, poeta y traductor. Refugiado en el cosmopolitismo y el amor, hizo poesía de la deshumanización apocado en el cobijo de los dos elementos que imposibilitan la justificación de la guerra: la razón y la justicia. Hablamos de Izet Sarajlić (Doboj, 1930  Sarajevo, 1999+3), quien, sentado en la silla negra de su hermano asesinado, nos contó la muerte sin odio ni rencor, disparando sus versos cuya metralla aún hoy nos irradia con invisible y reconfortante paz. Un profesor que decidió no huir durante los 1336 días de asedio a aquella ciudad en la que encontrar un vaso de grappa era incomparablemente más difícil que encontrar la muerte, y donde lo perdió todo salvo una cosa: la vida.

 

En su maravillosa poesía recogida en español en el libro Sarajevo, de la editorial Valparaíso ediciones, encontramos la desgarradora historia de un hombre escondida detrás de palabras que fluyen libres y privadas de adornos, como sus versos. Una conmovedora crónica en medio de la desesperación de aquel que hubiera deseado que los años que le quedaban hubieran pasado, de algún modo, fuera de la historia. Páginas que dibujan con una desoladora perfección a un pacifista que conservó su conciencia moral en una ciudad víctima de la rabia, integrante de un pueblo desangrado y de una sociedad entera subordinada al odio. Eso sí, siempre de otros. Un poeta que, pudiendo haber contribuido con los más emotivos versos a exaltar el espíritu y ánimo de sus jóvenes compatriotas cuando combatían en las esquinas, decidió regalar a la humanidad su incomprensión, consciente de que en una guerra nunca puede haber un victorioso; de que siempre pierden todos.

 

 

La ciudad que da título a la historia, que antes era la de los puentes y de los tranvías, ahora lo sería de los cementerios y también de las colinas. Allí las granadas sobrevolaban los poemas, se compraba pan a cambio de perder la pierna. Allí la vida era igual para todos; lo único dispar era, en realidad, la muerte. Porque en esa Sarajevo de finales del siglo XX los Don Juanes de otro tiempo, morían con las manos sucias.

 

Navegando por sus versos podemos ver como afortunadamente el heroísmo exaltado, fatal vestigio romántico del que hablábamos en un post anterior, no formaba parte de él. Ni tampoco de ella, su poesía. Un poeta valiente, castigado con sobrevivir a los suyos, que aún cuando el arte era menos importante que vivir nunca olvidó la misión de su belleza: defender lo común y universal. Salvado de caer en vacuos encuentros nacionalistas o religiosos, acabó acudiendo a reuniones en cementerios acompañando a las que se iban asesinadas por la necesidad: sus hermanas.

 

Tal fue su sensibilidad, su respeto al dolor y su miedo a la pérdida, que en sus poemas llega a proponer un pacto con la muerte para irse antes que su mujer. Desafortunadamente para él, la muerte no accedió a concederle tal deseo. Cuando comenzó el nuevo milenio, decidió dejar de contar mientras esperaba a juntarse nuevamente con ella. Y así ocurrió en 1999+3, cuando él nos dejó y su poesía y enseñanzas se hicieron inmortales. Entre esas enseñanzas que impartía desde su rincón, en el que se limitaba a amar mientras sus coetáneos  hacían la historia, Izet Sarajlić nos ha dejado una lección atemporal que nadie debería olvidar en estos tiempos de desasosiego. Cómo contar la guerra —la deshumanidad— sin rabia ni rencor, dejando a un lado la cólera impulsiva que convierte la subjetividad pasional en una paroxística descripción histórica. Ilustrando como, en una guerra, solamente dos palabras son posibles: “no olvidar” y “adiós”.

 

Una calle para mi nombre

Paseo por la ciudad de nuestra juventud

y busco una calle para mi nombre.

Las calles grandes, ruidosas,

se las dejo a los grandes de la historia.

¿Qué hacía yo mientras se hacía la historia?

Simplemente te amaba.

Busco una calle pequeña, simple, cotidiana,

a través de la cual, sin llamar la atención de nadie,

podamos pasear incluso después de la muerte.

No es importante que tenga un paisaje hermoso,

tampoco que haya pájaros.

Lo importante es que en ella puedan tener refugio

cualquier hombre o perro en peligro.

Sería hermoso que estuviera empedrada,

pero tampoco esto es imprescindible.

Lo más importante es que

en la calle que lleve mi nombre

no le suceda nunca a nadie una desgracia.

Izet Sarajlić. Sarajevo.

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