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Andrés Miguel

Mi amigo Sixto

“Cultivar grandes amistades es una de las maneras más seguras de encontrar más felicidad y alegría en tu vida” (Robin S. Sharma).

Hace muy pocos días tuve la fortuna de visitar a un viejo amigo y volvió a darme una lección de humanidad y ganas de vivir. Sólo Dios sabe lo mucho que se lo agradezco.

 

El caso es que había acabado una reunión (a 270 kilómetros de mi casa) un poco antes de lo esperado y, no sé muy bien por qué, decidí dar un rodeo de otros 200 kilómetros más, antes de regresar, sólo por encontrarme con él de nuevo. Llevaba mucho tiempo dándole vueltas a hacer esta locura porque me confieso incapaz de recordar cuándo fue la última vez que estuvimos juntos, compartiendo un rato de charla y unas risas. Le echaba de menos.

 

No me sorprendió que, después de tantos años, me contara buena parte de su vida, compartiera conmigo sus sentimientos, sus miedos, sus alegrías, su penas, sus esperanzas… que narrara, con brillo de luz en los ojos, sus planes de empresa y me confesara su orgullo ante el hecho de que sus hijos se estén convirtiendo en el tipo de personas cuyos valores y actitudes complacerían al más exigente de los padres.

 

Fue un placer que me hiciera partícipe de sus éxitos, mostrándome sus instalaciones, permitiéndome husmear en ellas, escarbar, hacerle mil preguntas. Cuando estoy a gusto, soy un curioso y bonancible impertinente.

 

Me impresionó que tras una separación matrimonial y una posterior relación verdaderamente frustrante, haya sido capaz de encontrar de nuevo el amor, el calor de una nueva compañera, con la que se muestra feliz y esperanzado.

 

Pese a las dificultades de este trasiego vital, mi buen amigo ha sabido reescribir la historia de su vida, ha sabido reconocer en cada mañana una nueva oportunidad para convertirse en una persona mejor, más completa, más feliz, más viva y nada le impide, hoy en día, disfrutar de cada hora como si ésa fuese la hora más perfecta de toda su existencia. Envidio esa actitud ante la vida y me confieso incapaz de mantenerla; aún tengo mucho que aprender.

 

Se me pasaron tres horas tan deprisa como cruzan el cielo las lágrimas de San Lorenzo en las noches de agosto.

 

Pese a que en ocasiones lo niego, pocas cosas hay en el mundo tan valiosas como la verdadera amistad. En realidad, lo difícil es encontrarla. O más bien, lo difícil es sembrarla, cuidarla, mantenerla… vivirla. Pese a la distancia, di ese paso y recibí un tesoro, el abrazo sincero, de oso cariñoso y bonachón, de un amigo al que casi nunca veo y al que la distancia y los años no sólo no han borrado de mi corazón y mi cabeza, sino que le han grabado más profundamente en ellos.

 

Tu experiencia, amigo Sixto, iluminó mi alma hace muy poquitos días y me dió una lección sobre la vida que jamás podré pagarte.

 

Sixto padre te enseñó bien, amigo, y yo, que también soy un poco hijo suyo, al menos de su ejemplo, no puedo por menos que reconocerlo… Si el “golfo” que me presentaste se parece un poco al abuelo y al padre, bien merece que te estires un poco y le compres otra cosa que la chatarra esa del 320 de segunda mano.

 

Cuídate, amigo. Cuídate, maestro.

 

Que pases un feliz día de tu cumpleaños el próximo domingo.

 

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