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Andrés Miguel

Las mejores cosas de la vida

“Y es que me asusta que los hombres estén contentos con algo que no es vida en absoluto” (Elisabeth Barret Browning).

 

Es lícito tener aspiraciones en el trabajo. No sólo lo es, sino que, además, resulta necesario para que las empresas u organizaciones progresen de manera adecuada, olviden el inmovilismo y se mantengan en la batalla diaria con expectativas de éxito. 

Igualmente resulta conveniente para las personas, pues sin un deseo interno de crecer, de mejorar, de elevarse en las estructuras, el trabajo acabaría siendo tan rutinario como desolador, con la consecuente pérdida de aportaciones provechosas que suelen surgir de las activas mentes de quienes procuran lo mejor para sí mismos y, al tiempo, lo mejor para sus compañías.

 

Siendo lícito, suele ocurrir que en el desarrollo de nuestras actividades encaminadas a la progresión en la escala directiva de la empresa solemos olvidar principios básicos de comportamiento en lo social y, lo que es peor, en lo familiar.

 

Me explico:

 

Piense en alguno de sus compañeros que, cierto día, vio recompensado su esfuerzo, su aguante o su capacidad, con un ascenso en la organización. Pasó, en ese momento, a formar parte del cuerpo directivo de la empresa, abandonando las trincheras (permítame esta expresión de uso muy común).  Y resulta curioso cómo, quien antes compartía con usted chismes, chascarrillos, preocupaciones, confidencias, incluso excursiones de fin de semana junto a toda la familia, pasa en un tris a convertirse en un tipo lejano, distante, que se permite con usted escasísimas confidencias y maneja en la conversación todo tipo de evasivas, en un claro intento por eludir cualquier compromiso, siquiera informal, que pudiera enfrentarle mínimamente con sus actuales compañeros del escalafón directivo.  

 

Quien era tu amigo, es ahora un jefe más. Notas cómo cambia su trato, cómo deja de llamarte, cómo se aleja emocionalmente, físicamente, cómo dejáis de compartir vivencias familiares, pasando de celebrar juntos los cumpleaños de hijos o esposa a enviaros un esquelético SMS con exquisita puntualidad.

 

Le observas en el trabajo. Instalado en la distancia que ha decidido imponer, ves que se afana por hacer un buen trabajo, percibes que pasa por momentos de stress, notas que en ocasiones sufre, pero persiste, se mantiene firme, quizás ha visto en el futuro otros posibles ascensos y sabes que no va a parar hasta conseguirlos. Es lícito tener aspiraciones.

 

Pero llega pronto al trabajo y sale casi el último, alargando su jornada laboral más allá de lo razonable; sus hijos, en edad escolar, han dejado de verle tanto como antes y ya no comparten un rato para hacer los deberes o preguntarle algunas dudas... y es que llega a casa tan cansado... incluso habla menos con su esposa, quien asume, como mejor puede, que el trabajo de su marido ha de ser de “tanta importancia” que es normal que se muestre más cerrado en sí mismo... que es normal que no conozca a los tutores escolares de sus hijos, que lo es también que no acuda a los partidos de vóley de la niña ni se desplace a apoyar al equipo de fútbol en que juega su hijo los fines de semana… que es normal que no comparta las tareas de casa y parezca siempre como ausente, pensando en cosas de “enorme trascendencia”, vitales para evitar la quiebra de su empresa…

 

¿Qué resorte debe saltar en nuestro cerebro para que consideremos “normal” que el trabajo se meriende la vida? ¿Qué lleva a nuestras familias a mostrarse comprensivas con nuestro distanciamiento? ¿Qué influye de tal manera en nuestro raciocinio que, en pos del objetivo del ascenso laboral, nos olvidemos de cuanto enriquece nuestra vida y la hace plena? ¿Por qué nos cegamos? ¿Cómo podemos sentirnos satisfechos encadenando emociones fugaces en medio de una existencia apresurada a la que llamamos vida?

 

Russell H. Conwell, clérigo, abogado y escritor estadounidense (1.843-1.925), escribió un libro, “Acres of diamonds”, en el que reseñaba su fórmula para alcanzar el éxito; curiosamente, es el autor de la siguiente frase: “Muchos de nosotros gastamos nuestras vidas en la búsqueda del éxito cuando, por lo general, está tan cerca que podemos estirar la mano y tocarlo”. ¿Hay algo más cerca que la propia familia y los amigos?

 

Hoy comunicaron a un buen amigo que, en unos días, dejará su cargo y volverá a la fábrica, acaso un peldaño o dos más abajo de donde se encontraba antes de pasar al puesto directivo del que ahora le desmontan. Es injusto, pues hizo un buen trabajo. No lo merece.

 

Curiosamente es una bendición para su vida. Quizás aún no lo sabe.

 

 

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