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Andrés Miguel

Hay un Camino en mí

Sí, ya sé que la canción de 'Toy Story' no es exactamente así, sino “Hay un amigo en mí”, e igual también podría ajustarse a lo que siento por esa antigua calzada de peregrinos que me ha ganado para su causa, el Camino de Santiago, pero como es potestad del autor tomarse alguna licencia, voy y lo hago. 

El caso es que, por sexta vez en cinco años, hace unos días me lancé al Camino con intención de alcanzar Santiago de Compostela desde El Ferrol, una ruta, conocida como el Camino Inglés, que, tras el descubrimiento de la tumba del apóstol Santiago, en el s. IX, fue seguida durante siglos por los peregrinos del norte y oeste de Europa (esencialmente escoceses, irlandeses, escandinavos y flamencos) que alcanzaban por barco la costa coruñesa y continuaban por tierra hasta Santiago; se trataba de una recorrido práctico y seguro que, además, acortaba mucho la duración del peregrinaje, frente a los cerca de cinco meses que duraba el periplo para quienes, andando o en carromatos, cruzaban Francia y los Pirineos por caminos plagados de maleantes. Es un Camino breve, de no más de 130 kilómetros,  que puede recorrerse en 4 ó 5 días, sin necesidad de una preparación física demasiado especial.

 

Durante el trayecto suelo pararme a hablar con quienes salen a mi encuentro y de algún modo me hacen algún signo de cercanía o muestran algún interés. No son pocos, sorprendentemente, quienes se ofrecen sin pedir nada a cambio y sus gestos me reconcilian con la sociedad y con la vida. La mayoría te preguntan si vas bien, si necesitas algo, te dan indicaciones para que no te pierdas o respecto de dónde puedes encontrar una fuente, un bar en el que comer bien y barato o una zona de descanso, consejos que uno debe aceptar en lo que valen que, en algunos momentos, te lo aseguro, es mucho.

 

En esta ocasión, un vecino de A Rúa, propietario de la casa rural DonaMaria, http://www.casadonamaria.es/#!, me demostró que la gentileza en el trato con las personas no es ya cosa del pasado, sino que aún pervive y que, cuando se muestra, lleva consigo toda la fuerza de los mejores valores del ser humano.

 

Había salido en torno a las seis y media de la madrugada desde el Albergue de Bruma, con idea de disfrutar del amanecer, pues observar cómo la noche va perdiendo su negrura y, poco a poco, el sol todo lo ilumina, mientras los gallos rompen el silencio al son de su reloj biológico y corean los pájaros canciones de vida, es uno de los más delicados privilegios que el Camino te concede.

 

Al cabo de unos 7 kilómetros tenía previsto detenerme a desayunar en el municipio de A Rúa, toda vez que me habían indicado que allí encontraría un bar abierto. Sin embargo no fue así. Al llegar, el bar estaba cerrado. Frente a éste, en el lado opuesto de la calle, se sitúa la casa rural Donamaría y pude ver, tras la puerta, cómo alguien se afanaba en las primeras tareas de la mañana. Me atreví a acercarme y preguntar. Su propietario me informó que no había otro lugar en el pueblo donde poder desayunar y, lo que es peor, no lo habría tampoco casi hasta el final de la etapa, unos 17 kilómetros más allá, en Sigüeiro. Tras hora y media andando, mentiría si digo que no necesitaba rellenar mis baterías y, abatido ante la imposibilidad de hacerlo, no me quedaba otra que seguir caminando, Dios proveería…

 

Al instante, este buen hombre se ofreció a servirme un desayuno pues, aunque en modo alguno se dedica a eso, no podía permitir que continuara andando sin renovar energías. No tenía la obligación de hacerlo, no tenía necesidad alguna, no ganó nada con ello, de hecho, desde el punto de vista meramente mercantilista, perdió dinero con el desayuno que me preparó… Sin embargo, me ganó para siempre. Su elegante demostración de valores, su gentileza, viajarán siempre conmigo y, allá donde esté, me servirán de ejemplo. Su lección de bonhomía viaja ya en mi cartera.

 

He aprendido también que en el Camino, y en la vida, hay que mirar siempre, alternativamente, abajo y al frente, al suelo y al horizonte, abajo para asegurar adónde pisas y al frente para confirmar el destino.

 

En el Camino y en la vida, si miras siempre hacia abajo, sabrás adónde pisas, pero no por dónde vas. Si, por el contrario, sólo miras al frente, por más que elijas tu camino, por más que fijes tu destino, acabarás tropezando con alguna de las piedras que la realidad deja a nuestro paso.

 

Diría que, además, conviene echar la vista atrás de vez en cuando y recordar de dónde partimos.

 

Algunos peregrinos cuentan que en el Camino han encontrado a Dios, incluso algunos se atreven a decir que Dios les ha hablado y que esa aventura les ha cambiado.

 

Lo que me vincula al Camino, el motivo por el que hay un Camino en mí, es que yo percibo allí que existe un Dios en cada una de las cosas que vivo durante la ruta, en cada sonido que escucho, en cada flor, en cada ave, un Dios en cada riachuelo y cada fuente, en los millones de árboles, en el cielo, en las nubes, en las montañas, un Dios en las personas…

 

El Camino es, para mí, un viaje duro y maravilloso, un desafío y una invitación, un rito purificador que comienza con un paso.

 

¿Te animas a darlo?

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