Ebueno 80x111 original

Retratos de mujeres

Ester Bueno

Quizás sea la respuesta

La mañana se desperezaba en la ciudad flanqueada por muros arqueados con las puertas abiertas. Vencejos a millares volaban bajo las estelas de nubes blanquecinas nacidas en el cielo de las siete. Algunos transeúntes arrostraban el frescor de esa hora con la cara hacia el frente, esperando los rayos de sol aún por encenderse del todo. Camiones del ayuntamiento lavaban  los adoquines de la plaza y arrastraban papeles y hojitas de los pequeños árboles que sobrevivían sorprendentemente en alcorques prefabricados de color teja.

 

Nada hacía presagiar que esa mañana Paula encontraría las respuestas a lo que la obsesionaba en sus noches y días de rezos y mantras, de meditación y vacías horas dedicadas a escuchar en el silencio de la pequeña capilla una voz que le indicara el camino por el que continuar. Tiempo de silencio expectante ante la posibilidad de una señal, un soplo que apagara las velas de repente, un roce misterioso al cruzar la puerta, un destello amarillo al dejar de apretar sus ojos después de los salmos.

 

Cada mañana a esa hora de maitines  se ataviaba con las delicadas blusas que su madre compraba en la pequeña tienda exclusiva de la calle Fuencarral y con faldas vaporosas que recatadamente le tapaban las rodillas, y subía el empedrado, como una penitente, hasta las puertas del convento atrapado entre las señoriales casas venidas a menos. El torno la esperaba, repintado de barniz añoso y ennegrecido.

 

-Ave María Purísima

 

- Sin pecado concebida

 

-Madre, soy Paula, Paula Pla,  vengo a los rezos

 

-Pasa Paula hija, te echamos de menos ayer

 

-Verá Madre, es que fui a ayudar a casa de mis abuelos, pero lo tuve en el pensamiento.

 

La puerta lateral que daba acceso al entramado de pasillos lúgubres se abrió para ella. La hermana, Sor Corona, la acompaño silenciosamente, con los ojos bajos, hasta la iglesita adosada al patio del edificio. El revuelo de hábitos movía el aire cargado por la falta de ventilación, pleno de olores a cera, a incienso, a marchitez de rosas caídas en desgracia después de ser cortadas hace días en el jardín de al lado.

 

La campana sonaba mientras tanto dejando un eco sordo dentro del edificio. Anunciando a mil bandas, a todos los vecinos, que las monjas iban a comenzar sus rezos, como si eso le importara aún a alguien fuera de allí. No hacía falta cura, la guía era la madre superiora, que monótonamente iba desgranando las cuentas de los padrenuestros y avemarías en un agónico susurro que las llevaba a todas tras otros pensamientos.

 

-diostesalvemariallenaeresdegracia elseñorescontigo ybenditatueres entretodaslas mujeres ybenditoeselfrutodetuveitnre jesús.

 

-santamariamadrededios ruegapornosotrospecadoresahorayenla………

 

Una hora, el trascoro con la pequeña vidriera de colores se iluminaba dejando ver ya nítidamente la figura de la Virgen del Carmen. Rodillas en el suelo y lentos persignados dieron fin al “magnificat”:

 

-“Proclama mi alma la grandeza del Señor,

   se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

   porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Por primera vez la superiora se acercó a ella con lentitud, el óvalo de la cara envejecida envuelto por la toca impoluta y planchada con mimo, y le preguntó: ¿quieres desayunar en el refectorio con las hermanas? Y ella dijo “Sí”.

Comentarios

Deja tu comentario

Si lo deseas puedes dejar un comentario: