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Retratos de mujeres

Ester Bueno

MUJERES DE NUEVA YORK

La desigualdad es el origen de todos los movimientosLeonardo Da Vinci

Imaginas Nueva York como sale en las películas, con gente glamurosa caminando en todas direcciones, parando taxis de ese modo inconfundible. Y es que los estadounidenses venden al mundo, a través de su potente industria cinematográfica, una imagen idílica y limpia de lo que en realidad es una ciudad donde la competitividad y la lucha por la vida es mucho más agresiva de lo que se da en Europa, incluidas ciudades populosas y superpobladas como Madrid o París.

Observar la vida de las mujeres neoyorquinas, como se desenvuelven, actitudes y situaciones, para aprender más de ellos en general e intentar, en los pocos días que estuve en ese estruendoso universo de Manhattan con un único punto de sensatez como es Central Park, tomar el pulso desde una perspectiva muy específica.

Mujeres de Nueva York aceleradas a todas horas, sin un minuto de silencio.

En Wall Street mujeres trajeadas con maletines de cuero y tacones imposibles que hablan a través de su aparatito Bluetooth en el oído en una imagen curiosa de estar teniendo una conversación con lo invisible, otras que caminan juntas con un envase de plástico del que comen en marcha, sin pararse en su ajetreado destino a no sé donde.

Mujeres de China Town muy mayores, vestidas con ropas de colores indefinidos, algunas con elementos tradicionales, jugando al Mahjong en una plaza atestada de orientales que se encuentran en su propia ciudad dentro de la ciudad. Jóvenes chicas occidentalizadas que hablan en inglés en ese universo de carteles ininteligibles, pequeñas mujeres vendiendo setas secas en puestos callejeros, madres con varios niños con juguetes de un dólar.

Mujeres de Soho o de la Quinta Avenida , con el bolso colgado en su brazo izquierdo, mirando escaparates de las últimas marcas, delgadas, bronceadas, sin ese sorprendente sobrepeso que acosa a esta sociedad como la peste. Otras más maduras con un botones de gorra y uniforme que les lleva las compras hasta el maletero de su coche europeo, negro brillante.

Mujeres de Brodway que trabajan en musicales y teatros, de dientes blancos y cinturas de avispa, camareras bonitas que ganan un pequeño salario mientras esperan una oportunidad o ponen copas para pagar sus estudios.

Mujeres de Central Park, con carritos de bebés de una sola rueda que corren sudorosas con su retoño, atléticas mujeres con conjuntos de jogging y grupos de estudiantes jugando al béisbol, otras conducidas en románticas barcas por sus enamorados.

Mujeres en las calles, de todas las nacionalidades, muchísimas mujeres inmigrantes sirviendo en los bares, en los restaurantes, por un salario de 60 dólares a la semana y esperando que las propinas de la clientela les alcance para pagar el alquiler, sin derecho a un seguro médico y condenadas a soportar diez horas de trabajo diarias, siete días a la semana.

Mujeres sandwich, que anuncian con carteles metidos en su cuello, por delante y detrás de su cuerpo, cualquier espectáculo u oferta, tan pequeñas, tan poco americanas, tan perdidas en medio de toda esa vorágine que dan ganas de llorar.

Mujeres de vidas desiguales, de vidas paralelas pero tan divergentes que no son posibles de conjugar en un mismo universo. Mujeres de Nueva York.

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