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Retratos de mujeres

Ester Bueno

El machismo encubierto

Actualmente se habla mucho en nuestro país de lo avanzado de una sociedad que está desterrando el machismo y que trata de forma igualitaria a mujeres y hombres, o está en el camino de ello, en los diferentes ámbitos de la vida. Este optimismo es poco realista porque los datos demuestran que los salarios que perciben las mujeres son inferiores a los de los hombres, por el mismo tipo de actividad y condición. También en las esferas de poder, bien sean políticas o empresariales,  las mujeres aún tienen muy poca representatividad y están relegadas de manera obvia a segundos planos aún poseyendo mayor formación y cualificación. Preocupantes al máximo las cifras de violencia de género que nos alejan mucho de esa idílica sensación que en algunos pretenden al respecto.

 

Pero hoy me gustaría hablar de ese machismo encubierto que pervive con fuerza indestructible a nuestro alrededor y que tapado por formas suaves y tranquilas se esconde tras muchos de los actos cotidianos, aceptado y normalizado pero que sin duda es la base de lo que luego será el machismo evidente. Y utilizo la palabra “machismo” o “machista” a sabiendas y con la convicción de que define lo que quiero expresar, porque la RAE lo define como “Actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres”.

 

Pues bien, aún no es considerado “normal” que sean los padres los que se ocupen de los hijos en el rol que habitualmente desempeñan las mujeres y que no sólo engloba el baño nocturno o la merienda, sino el acudir al médico, comprarles la ropa, establecer la alimentación diaria y equilibrada, ir al parque, acompañarles a las actividades deportivas entre semana, llevarles al peluquero, etc, etc. Y compaginar todo eso con su trabajo fuera de casa. También se sigue utilizando lo de “yo ayudo a mi mujer” o “mi marido me ayuda mucho en casa” en vez de interiorizar de una vez por todas que el trabajo doméstico es un trabajo, no de “ayudar o no ayudar”, sino de compartir al 50%.

 

Y más sangrante es lo que aún han de soportar las mujeres en cuanto a los comentarios sobre el aspecto físico y el desempeño de funciones a este respecto. Aquí es fundamental fijarnos en la publicidad, sobre todo televisiva, donde una imagen vale más que mil palabras. Anuncios que siguen manteniendo los estereotipos de la rubia tonta y con grandes pechos, pero receptiva a cualquier insinuación varonil; niñas que aún juegan exclusivamente con muñecas y niños que destrozan tanques en juegos interactivos; anuncios de coches en los que mediante una voz femenina se objetiviza a la mujer con frases como “"Mírame, tócame, incítame, provócame, sedúceme, contrólame, protégeme, grítame, relájame",  mujeres limpiando y quitando la cal para siempre mientras una adolescente se pasa horas mirándose al espejo, etc, etc.

 

Pequeños actos machistas que soportamos a diario y que se trasmiten a la calle, de la que por cierto nunca desparecieron. El piropo grosero persiste. No me imagino a un grupo de mujeres trabajando y diciendo obscenidades al paso de un caballero, por ejemplo. Ni me imagino las mismas críticas sobre el aspecto físico de un hombre con sobrepeso, desaliñado o desafortunado en el vestir. Pequeños actos machistas a los que hay que poner coto, sobre todo si la intimidación o la fuerza entran en juego.

 

Ester Bueno Palacios
Presidenta de la Asociación Josefina Aldecoa  

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