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Retratos de mujeres

Ester Bueno

El cruce de calles

Enrique se sentía casi siempre taciturno. Las mañanas se le aparecían una a una, cada cual más triste que la anterior, y sus ojos mirados en el espejo por sus ojos nunca le sorprendían, nunca arrancaban de él un guiño cómplice que le impulsara a pasarse la mano por la cara recién rasurada con el optimismo del joven que fuera hace ya más de cuarenta años.

 

Aunque jamás había sido un enamorador de damas, ni un conquistador, ni un lanzador de piropos seguro de sí mismo, encontró en algún punto de su biografía un lugar en el mundo de las mujeres, con la palabra, con la capacidad de sorprenderse al escucharlas, con la emisión de ondas de certeza de que ella, con la que estaba en ese momento y que le miraba la frente, siempre podría contar con él. Y así se había balanceado con la misma inseguridad que cualquiera en el mar proceloso de los amores y había datado cuerpos desnudos de los que nunca habló, porque no era su estilo.

 

No recordaba sin embargo haber hecho ninguna locura por nadie, la equidad se transformaba en obligación dentro de su mundo de persona seria y coherente y parecía dirigirle al destino no escrito de la plácida vejez bien ganada bajo las hojas de un nogal enorme en cualquier parque de la ciudad donde vivía y en la que sin duda pensaba morir.

 

El mes de enero despuntaba entre hálitos de escarchas repetidas, su mujer bostezaba en el dormitorio desperezando los dedos que quedaron atrapados entre la almohada y su mejilla; los niños removían el colacao desenfrenadamente; el gato se comía la bazofia anunciada para gourmets felinos en la televisión. Un fugaz beso en la frente de ella, un portaos bien suavemente dejado y la puerta al cerrar recordando que el frío se esconde con más fuerza en los rellanos de los pisos de lujo.

 

Piedras rojizas que le hacen pasillo a ambos lados de su cuerpo forrado,  transeúntes con el cuello empotrado entre las clavículas, barrenderos desafiando los tres bajo cero con su uniforme verde pistacho parcheado de manchas, persianas de metal subiéndose en los bares cercanos a la plaza, absurdas máquinas del ayuntamiento con rodillos barriendo la nieve adoquinada contra los lamidos bordes de las aceras, estudiantes gritándose como si la mañana estuviera surgiendo de una radiofrecuencia de viernes por la noche, taxis desangelados por vacíos.

 

Al menos por tres veces en el último año, en el cruce de calles donde la catedral da paso a la nada y donde es difícil encontrar un humano, había tropezado con las piernas frondosas de una mujer madura y al subir la mirada le había sonreído como si comprendiera que el mundo en el que estaba no le daba cobijo. Y aunque no lo pensaba y la imagen de ella no entraba a  formar parte de su vida diaria, se sorprendía a sí mismo en muchas ocasiones, parándose dubitativo, súbitamente tembloroso, en la encrucijada de baldosas aferradas a muerte por el paso del tiempo al suelo de granito.

 

Y esa mañana lenta, en el punto previsto, pasó lo que nunca hubiera imaginado. Después de cinco días de buscarle sin éxito, hallaron su cartera repleta de papeles, facturas, albaranes, discursos, poemas inconclusos, en la esquina de ella.

 

Ester Bueno Palacios

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