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Retratos de mujeres

Ester Bueno

Aprende a decir no, si te maltrata no te quiere

El respeto mutuo implica la discreción y la reserva hasta en la ternura, y el cuidado de salvaguardar la mayor parte posible de libertad de aquellos con quienes se convive. Henry F. Amiel

Conocí a María una tarde de hace ya muchos años y conecté con ella casi de inmediato. Sus ojos claros cubiertos por cierta neblina de tristeza contenida y su tranquilidad en lo cotidiano no auguraba lo que estaba pasando en su vida ni denotaba el infierno que la esperaba al volver a casa cada día, aunque sí es verdad que contaba los minutos, no tomaba nada con nosotros después del trabajo y su teléfono sonaba en ocasiones seis veces en una hora.

Nunca había visto al marido de María hasta la fiesta de navidad de ese año, la llevaba cogida por el hombro, muy cerca de él,  en una postura claramente incómoda. Me acerqué y me lo presentó con su tono de voz más bajo y con una especie de temblor que no había notado antes en ella. Ahí supe que algo no iba bien.

Creo que un momento de debilidad de un febrero, mientras estábamos solas en la cafetería en la pausa de las doce, la hizo ponerse a llorar desesperadamente con la cara entre las manos y el torso doblado hacia adelante. Sus €œya no puedo más€ dichos de manera repetida y mecánica eran lo único que acertaba a pronunciar. Era como si su vida se hubiera parado y sólo existiera ese mantra €œya no puedo más€.   

La llevé al baño para que se lavara la cara y se tranquilizara. Allí me descubrió su vida oculta, que es la vida de muchas mujeres que ves en la calle, que no hablan, que no cuentan sus día a día, que no expresan en apariencia el miedo con el que se levantan y se acuestan, que tiemblan ante una llamada de teléfono, que tienen terror a llegar tarde a casa, que se pierden dentro de sí mismas. Se levantó el jersey y se quitó el pañuelo anudado en el cuello. Todo su cuerpo estaba cubierto de hematomas con muy diferentes intensidades, cardenales de muchas veces, alguna cicatriz. Él la golpeaba justo en los lugares que nadie podía ver.

Volvimos a la cafetería y hablamos durante horas. Conocí detalles que no podría escribir. Ella siempre había perdonado, dentro de ese círculo en el que el maltratador se disculpa, jura que nunca más volverá a ocurrir, regala flores, invita a cenas con velas, para en un breve periodo de tiempo retornar a lo mismo, regresar  a lo sórdido, a lo criminal. Ella había vuelto a decir sí confiada en que era la última vez que los golpes retumbaban en su cerebro. Incomprensiblemente creyendo que la quería tanto como decía en su arrepentimiento.

Reflexionamos juntas, le dije, María, Âżqué quieres hacer?. Me contestó, esta vez voy a decir no, acompáñame al hospital.    

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