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Recetas para educar

Juan Carlos López
Entusiasmo por la educación y por la vida

Cómo se habla a un hijo

Antes de comenzar deberíamos preguntarnos en qué ocasiones tenemos relación con nuestros hijos.

¿Cuántos minutos coincidimos en el mismo espacio? De charla, o de  discusión, o de juego o de deporte.

 

¿Conocemos a nuestro hijo?: ¿qué preferencias de lectura tiene? , ¿qué deporte le gusta? ¿qué tipo de música aprecia más? , ¿cómo se llaman sus amigos?, ¿está a gusto con su físico?, ¿a qué juega con la Nintendo o con el i-phone?, ¿qué programa ve en la tele?, ¿qué le molesta en el cole?, ¿de qué tiene miedo? ¿qué tal anda de autoestima?...

 

Una vez realizado el primer examen de conciencia pasemos a hacer algunas CONSIDERACIONES:

 

En primer lugar empezaremos diciendo que a un hijo se le habla, no se le grita.

 

Normalmente, detrás de un hijo gritón hay unos padres gritones. Se le habla y también se le escucha.

 

Pensemos un poco en cómo hablamos a nuestro hijo, de ello deduciremos el tipo de relación que tenemos con él. Cómo es el tiempo que pasamos con él, si es de calidad o de calamidad.

 

¿Le hablamos como  padres castrenses?: “Recoge los juguetes, tira la basura, come la fruta, más de prisa, no me has oído, no me grites, no veas tanto la tele, haz los deberes, no me molestes, no ves que estoy ocupado, juega con tu hermano, no os peguéis”.

 

Y, ¿cómo empezamos el día?  

 

•         ¿Al estilo militar?: venga arriba hay mucho que hacer, 15 minutos para ducharse, 20 para desayunar, el autobús pasa a las 8.

 

•         ¿Al estilo formal? Levántate, tienes que guardar la ropa, acabar los deberes, sacar la basura.

 

•         ¿Al estilo torturador?: ¡es hora de levantarse, ¿cuántas veces tengo que decírtelo? ¡Qué te pasa!

 

•         Pruebe algo un poco distinto: utilice el nombre de su hijo y la palabra bueno o sus equivalentes en frase cortas: Buenos días Víctor. Empezar el día con un saludo cariñoso y positivo.

 

A esas horas:

 

•         No recalque las frustraciones, los defectos, las dificultades que Vd. esté pensando de su hijo, porque es probable que no sea lo que él necesite escuchar al despertarse.

 

•         No espere una conversación profunda, ni agradecimiento

 

Hay dos principios básicos en la conversación con nuestros hijos, uno toda frase que comience por “tú” o por “te”, es una frase que se recibe como agresiva: Tú tienes que estudiar, tú tienes que hacer la cama, te he dicho que.., El mismo contenido se puede decir con una frase que comience con “me” o “a mí”. A mí me gustaría que estudiases, a mi me gustaría que hicieses la cama, a mi me molesta cuando repito las cosas. Tengamos en cuenta que las personas somos como la flor de loto, nos cerramos ante el fuerte aguacero y nos abrimos ante el manso rocío.

 

El otro principio es cambiar los “por qué” por la palabra “qué”: ¿Por qué le pegaste? ¿Por qué no comes todo? ¿Por qué no estudias más? ¿Por qué suspendes...?  Muchas veces ni ellos mismos saben por qué hacen las cosas. Si lo cambiamos por: ¿“Qué sientes?, ¿Qué quieres?, ¿Qué crees que siento yo?, ¿Qué querías que hubiera pasado? , ¿Cuál es tu objetivo en esta situación? ¿Qué has probado?, ¿Qué estudias? …

 

El cambio del” tú”, por “me” y del “por qué” por “qué”, ya supone un cambio sustancial en nuestra relación, el “por qué” ya supone que hemos emitido un juicio, el “qué” supone que me importa la persona

 

Y no olvide que en la relación con nuestros hijos, hay “momentos de retirada”, momentos de “curvas peligrosas” y momentos de “ceda el paso”, sobre todo con los adolescentes, donde el silencio hará mejor trabajo que cualquier palabra.

 

La conversación debe darse no solo cuando el padre lo desee sino cuando el niño lo necesite.

 

Aporte humor y un toque más ligero al hogar. El humor reduce la ira, disminuye el estrés y aumenta la tolerancia mutua.

 

Muchas veces los niños no nos entienden, y hemos de repetirles las mismas cosas con distintas palabras y el mismo tono. Todavía recuerdo una de mis primeras experiencias con una niña de cuatro años a la cual le entregué diez folios y le dije” reparte los folios” la niña quedó paralizada, mi falta de experiencia hizo repetirla la misma frase aumentando el tono, así hasta tres veces, entonces la niña partió los folios a la mitad y los “repartió” (los siguió partiendo).

 

Y no sea pesado y evite los sermones: muchos niños piensan: “- Mamá, papá, ¿por qué cuando te pregunto corto, me respondes largo?”. Muchos niños cuando nos llegamos en la última palabra han olvidado la primera.

 

Finalmente quiero hablar del efecto Pigmalión: la profecía fatal que siempre se cumple: si a un niño le digo “Eres un desastre, eres un marrano”, terminará haciendo “oink, oink,” pues se lo estamos programando, y sobre todo si es la madre quien se lo dice, será muy difícil levantar la autoestima de un niño que sus propios padres no creen en él.

 

Si a un niño le digo “Eres un…”, el verbo “ser” implica permanencia, en cambio si simplemente le digo te comportas o haces esto u lo otro mal, le dejo abierta una puerta a que creo que no siempre será así.

 

Algunas frases que no se pueden pronunciar con los niños:

 

No puedo decir “No te quiero” a un niño de menos de 8 años. Le puedo decir “estoy muy enfadado para hablar de cariño”, “me molesta mucho lo que haces porque te quiero”…, ya que el niño creerá nuestras palabras y le creará un malestar interno y una desconfianza complicada de resolver. Un niño tiene que sentir que  sus padres le quieren siempre, que pueden estar más o menos dolidos, pero que su cariño no es cuestionable.

 

Por último, si tenemos más de un niño asegurémonos que independiente de su edad, todos tienen su momento de dialogo de calidad diario.

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