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Que hacen nuestros jóvenes

Yolanda Reguero González
Yolanda Reguero escribirá sobre las actividades de los jóvenes de nuestra provincia, buscando alternativas diferentes para que todos puedan divertirse

BOSQUES BLANCOS, recuerdos pintorescos

El Bosque Blanco está entrelazado por el simbolismo poético y por el Misticismo, al tiempo, se completa y se explica desde la ut pictura poesis, pilar esencial en el arte de escribir la danza, en las míticas cartas de Jean Georges Noverre. Entre las estructuras antropológico-místicas, el Ballet ha ordenado los cuatro elementos. La Tierra, desde el monte alegórico, se contrapone al Fuego que lleva a la luz, al camino simbólico. El Agua poetizada se enfrenta al Aire y al árbol aéreo para construir la morada giratoria de la Naturaleza.

 

La Noche del Acto Blanco se valora desde lo enigmático, la noche es símbolo del inconsciente, de la intimidad. La densidad del nocturno se articula desde el claroscuro y desde el Sueño reconstruido desde la alegoría. La clave del sueño es revestir la tierra.

 

La Noche Oscura y la fluctuación del simbolismo nocturno se diversifican, unidas, para articular las tinieblas y las nubes espesas. La Noche es eje esencial en el Ballet; la iluminación, los contrastes de luz y de materia, por tanto, la dialéctica del gesto y del movimiento, del dibujo interno y externo, se canaliza en los conflictos entre el cuerpo y el alma.

 

 

San Juan y Santa Teresa de Ávila son defensores de una mística de la Naturaleza. La noche se une al misterio, a la unión amorosa, la noche se fusiona a la cabellera, a la fuente y a las flores. La estética Neoplatónica italiana y la tradición alemana, desde Durero en el Renacimiento a Nolde en el Expresionismo, pasando por el paisaje del Romanticismo con Friedrich, revitalizarán los espacios blancos del Ballet.

 

El misterio de la luz, de la oscuridad y del color se adentra en el misticismo del Acto Blanco, representado en la estética de lo sublime.

 

El bosque de símbolos y las cumbres abismales, marcadamente místicas en las pinturas de los paisajes románticos, interceden en las visiones del Ballet, en el universo místico, penetrando en el interior de los bailarines, en la esencia del alma.

 

 

La búsqueda de la luz, desde la perfección, entre las analogías que alimentan los secretos, se llega a la Sabiduría, al sentimiento de Verdad; el eterno silencio en los espacios blancos, alimentados por el arte simbolista, permite engendrar lo alegórico, que se describe y explica en el pensamiento místico del Ballet.

 

La luz y las aguas se ensamblan en El Lago de los Cisnes. La invisible fuente de agua como motivo y como símbolo, en la peregrinación, marca la búsqueda del clásico itinerario místico. En este contexto, liberarse de las ataduras del cuerpo, como en el non-finito, reconstruye en el paisaje ultramundano.

 

El principio de la analogía, que es uno de los reguladores de la mística, define el paraíso que, presidido por la fuente simbólica, está presente en la literatura del Más Allá, en el acto blanco, paisaje ultramundano apoyado en la ut pictura poesis.

 

 

El conocimiento de la naturaleza, la imaginación mística, el simbolismo cíclico, van penetrando en el Ballet. Las Estructuras místicas, desde el régimen nocturno y diurno, marca los estados de vacío, la voluntad de unión e intimidad secreta, se define una de las estructuras del Ballet: los símbolos de inversión y de intimidad, la negación doble, la viscosidad, la quietud y la calma primitiva, la Iconografía de la Fidelidad y de la Espera, el Nocturno y la Isla, la Noche oscura y su representación, la tumba del jardín nocturno, las aguas determinadas por la Luna y el sempiterno bosque cerrado.

 

Una estructura singular, el mapa del Misticismo, capaz de crear el espejo del Ballet.

 

El gran género del Misticismo es el paisaje, desde las flores pintadas al jardín representado, pasando por las pinturas con alma. Los místicos crearán una iconografía singular y el Ballet lo incorporará con singularidad. La unidad, desde la Naturaleza, enlaza la mitología con los cuatro elementos.

 

 

La topografía mística, desde los cuatro elementos, canalizada en los cuatro reinos, representa la articulación de la Naturaleza en el Ballet. Desde el Árbol nocturno a los bosques de símbolos, los bosques blancos y el Monte alegórico, se nutre de las influencias de los montes simbólicos de la emblemática. La influencia de la tabla de Cebes en la representación del Monte de la Perfección de san Juan de la Cruz[1] es uno de los modelos.

 

El Teatro de la Memoria se traduce en el Monte. En el grabado de Diego de Astor de la subida al Monte Carmelo, fechado en 1618, aparecen tres caminos (como las trayectorias de los bailarines), los dos laterales son caminos de imperfección, el central es el itinerario ascendente al Monte Carmelo. El alma sube hasta llegar a la cima simbólica, a la morada de Dios, el círculo esencial de la coreografía. No se trata del lugar de retiro de Elías, este Monte es un escenario idealizado. Diego Pastor, discípulo de El Greco, realiza el dibujo para el grabado desplazando la visión de San Juan para reconstruir una renovada iconografía de lugar[2] y de tiempo, ante la montaña alegórica definida por los tópicos de lugar de la literatura ultramundana, rememora las anamorfosis e identifica el monte con un rostro, utilizando una analogía sempiterna en el arte renacentista.

 

 

La alegoría del Monte y su ascenso remite a Hesíodo, en el siglo IX a. C., que retomarán Antonio de Guevara, Bernardino de Laredo, para reconstruir el monte de la Virtud que, en relación con la morada alegórica, recupera el protagonismo de la cima como símbolo de la Felicidad, que pare el ascetismo e estoicismo se explica en la búsqueda de perfección.

 

La Gruta y la morada íntima, tumba y útero, se unen para explicar la iluminación interior o exterior, que marcan un contraste revelado en el Ballet. La noción de espacio sagrado, desde la transcripción iconográfica de un símbolo, confluye en el acto blanco.

 

 

[1] -SEBASTIÁN, Santiago, Emblemática e historia del arte, Cátedra, Madrid, 1995, pp. 91-93.

[2] -SAN JUAN DE LA CRUZ, Subida al Monte Carmelo, Madrid, 1983.

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