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Pues vale...

Manuel Guisande
Blog personal de Manuel Guisande, periodista gallego con amplia experiencia en medios tradicionales y desde hace unos años también a través de bitácoras personales y colaboraciones con medios digitales españoles.

Dubai : Los caballos de Ajmán

A mí esto de los caballos nunca me llamó la atención; la atención me la llamaba mi madre, mi padre, mis profesores y hasta el apóstol Santiago cuando hacía una trastada, pero un caballo… yo no lo recuerdo.


Lo que no olvido fue mi primera relación con el cuadrúpedo animal y fue de pánico. Ocurrió en una finca, en Redondela (a veinte kilómetros de Vigo) cuando tenía yo pues nueve o doce años. Montamos dos amigos en una yegua, él delante y yo detrás. Allí estábamos tan felices entre todo tipo de frutales cuando mi amigo me dijo que le diera con el pie para que la bestia echara a andar, y claro, yo como de léxico estaba justo en esa edad, le di un patadón con todas mis fuerzas.


El caso es que la yegua brinco por los aires, yo vi un manzano desde todos los ángulos que te puedas imaginar, nos tiró al suelo y, desde entonces, caballos, lo que se dice caballos, los del coche y ni me atrevo abrir el capó, nunca se sabe.


Pues así andaba yo por el mundo, evitando a los equinos, cuando estando en Ajmán me llevaron a visitar el Ajmán Stud, que dicho sea de paso me costón un riño relacionar la palabra «Stud» con los caballos, es que no le encontraba forma. Pues allí llegamos y me recibió manager general Khalid Ghanem Al omari, un tipo supersimpático, pero simpatiquísmo, agradable a más no poder y, lo mejor, fumaba, porque después de estar más de media hora en la sala de autoridades, lo único que deseaba era fumar, echar humo; así que cuando abrió un paquete de cigarrillos, poco me faltó para pegar un salto de la butaca en la que estaba y hacerle la ola… ¡Dios, que ganas de fumar!


Me enseñaron todas las instalaciones y entonces la percepción de lo caballos cambió para mí: eran unos animales esbeltos, elegantes, preciosos, y como no oía más que decir que eran muy nobles, pues mientras los que me acompañaban y miraban no sé qué, pues me puse de charla con uno.


No fue fácil. Yo me puse así contra una pared y tras presentarme, le comenté «y tú aquí bien ¿no?».


Yo le entré así porque la verdad que la caballeriza era mejor y más amplia que mi casa, pero también he de reconocer que el caballo me miró como extrañado, pero no por temor, sino porque no entendía mi idioma, normal, acostumbrado a oír árabe… pero luego ya cuando pilló que era español, pues entramos en plan de confianza, hablando de tú a tú, y la cosa fue distinta.


Entonces me explicó que había ganado no sé cuantos campeonatos del mundo y que vivía a cuerpo de rey: que por la mañana le daban un desayuno especial, que lo bañaban, que lo cepillaban, que si la manicura, que si una siestecita y para mí que dijo algo de pilates, pero seguro seguro no me acuerdo bien.


Y yo pues le comenté que escribía, que ya iba por el noveno libro…. bagatelas, pero muy majo el caballo, tanto que me dijo «si quieres quedarte…». Se lo agradecí y ganas me daba, no lo puedo negar, pero claro al estar de visita… en fin, que mi percepción sobre estos cuadrúpedo cambio y si te soy sincero me encantaría ser caballo, pero pasar de lo que soy ahora, una cabra, a caballo, fácil fácil no lo veo; pero el caballo… más majo él…

 

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