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Perspectiva de familia

José Javier Rodríguez
Blog de José Javier Rodríguez Santos

Matrimonio, ¿algo más que la unión de un hombre y una mujer? (y IV)

La mayoría de los debates sobre el matrimonio parten de una premisa: “si dos personas se aman y se quieren… se casan o se van a vivir juntos”. Es decir, se parte del afecto y del sentimiento entre dos personas. Es este post propongo que, para descubrir la naturaleza propia del matrimonio, ahondemos en la propia realidad, en lo como personas vivimos, conocemos y experimentamos: “la propia existencia”.
Somos hijos de un padre y de una madre

Esto es así, y no cabe la menor duda, porque ningún hombre se ha dado a sí mismo el ser, procedemos de “algo” distinto a lo que somos. Esta experiencia recibe el nombre de “originaria”… De ahí que, en la reflexión sobre el matrimonio, ha de surgir de la propia vivencia dotándola y llenándola de significado. Querido lector, pregúntate sobre cuál es tu primera experiencia de vida, la originaria, y descubrirás que eres hijo de un padre y de una madre, no puede ser de otro modo. Desde esa vinculación primera, que nos marca y nos determina, emerge el concepto de matrimonio.

El hijo, para su desarrollo evolutivo, lo primero que necesita es afecto y seguridad, la madre apoyo y protección y el padre genera estabilidad y vinculación de afectos. Así pues, y en sentido estricto, esta unión trinitaria es la que debería proteger el Derecho Civil como medio idóneo, originario y único para la continuidad natural de la especie humana.

Descubro quien soy en la relación con los demás

En segundo lugar, el ser humano no es un individuo aislado, vive en sociedad, en relación con los otros; la persona humana necesita del contacto con los demás para alcanzar la madurez y descubrirse así mismo. Ahora bien, nuestras relaciones sociales están graduadas, no todas son iguales, cada una de ellas nos marca e incide en nosotros de forma diferente.

La primera experiencia relacional ya la hemos descrito: la filiación. A continuación de ésta viene otras vivencias propias de la infancia o socialización primaria: la fraternidad y las relaciones de consanguineidad. Ya en la segunda infancia, con la incorporación del niño a la escuela, se produce el inicio de la socialización secundaria; en ese momento se “aprehende” el complejo universo de las relaciones de “conocimiento”, de “compañerismo” o de “amistad”. El mundo laboral supondrá un paso más en el crecimiento como persona: “los colegas”.

Pero no cabe la menor duda, como ya indiqué en el post anterior, que la máxima expresión de relación que existe entre los seres humanos es la donación total, con exclusividad e indefinida, y que trae como consecuencia un don mayor: los hijos. Por ello, en el orden de graduación de la de las relaciones humanas, el matrimonio supone un grado de valor. La alianza conyugal es tan singular que no puede equipararse ni asemejarse a ninguna otra.

El matrimonio es la base de la familia y de la sociedad

No estaríamos hoy aquí si no fuera por tantos matrimonios estables, comprometidos, entregados, que a pesar del sinnúmero de dificultades encontradas en el camino, han dado lo mejor de sí a sus hijos. El matrimonio entre un hombre y una mujer es algo que importa a nuestra sociedad y debe estar en la agenda de nuestros políticos. Europa, y en especial España, necesita una regeneración social desde la base de la pirámide de población. Y para lograrlo se precisan políticas de natalidad y de familia, reales y efectivas, cimentadas en el elemento constitutivo de una sociedad estable: el matrimonio.

Los padres son los responsables de la educación de sus hijos

De un tiempo a esta parte estamos viendo como los matrimonios, bien por desconocimiento o bien por circunstancias contextuales, están delegando la responsabilidad educativa de los hijos en otros agentes –colegio, TV, Internet, amistades…– y cómo éstos la han asumido “con gusto”. El hijo engendrado es responsabilidad primera y directa de sus padres y la sociedad en conjunto ha de facilitar este deber propio de la paternidad. El reconocimiento civil del matrimonio ha de contemplar este deber-derecho de los cónyuges como algo inherente a la esencia y naturaleza del matrimonio.

La familia, como reconoce Parada Navas, profesor de la Universidad de Murcia, es elemento clave en la dinámica individualización-socialización.

Es el la familia donde el hijo es “persona única” y se le acoge en su peculiaridad específica (individualización). Asimismo, el ambiente familiar proporciona al hijo un desarrollo social armónico (socialización). La continua tensión entre individualización y socialización es la base del proceso educativo de la persona.

El matrimonio transciende a la mutua donación corporal

En efecto, el vínculo público de los cónyuges conlleva necesariamente el respeto recíproco, la entrega incondicional, la ayuda bilateral. La convivencia prolongada en el tiempo entre marido y mujer favorece la necesidad primera de todo ser humano de dar sentido y significado a su existencia. Será en la conjunción del amor de “benevolencia” (querer bien del otro) y del amor “concupiscencia” (en el sentido de un sano amor propio) como el varón y la mujer sublimarán en su cuerpo la intención inicial manifestada en el rito del matrimonio.

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