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Palabras de Poeta

Guillermo De MIguel Amieva

ESCRIBIENDO DESDE LA NADA

~~Un artículo nace desde la nada del mismo modo que un hombre nace por la mañana. Para escribir hay que recuperar la memoria de tu nombre y recordar quién eres, qué has vivido, quiénes te acompañan.

~~Hoy escribo por intuición. Parto de la nada, de este vacío donde los sabios dicen que habita la plenitud. Todo lo que escribimos parte de lo que somos, y lo que somos deviene siembra del ayer. Sin la memoria es evidente que no seríamos. Al amanecer, recordamos nuestro nombre, sabemos quiénes somos, de dónde venimos, qué hemos hecho y qué se nos reconoce. El espejo nos devuelve la confirmación de lo anterior, certifica que ese nuevo presente de la nueva mañana enraíza en la memoria su densidad más macerada.

 

Al escribir un nuevo artículo uno parece como que se despierta a una mañana alborada. Recuerda su nombre, el que sustenta y se responsabiliza del artículo. Los escritores occidentales tenemos ego. Dicen que esto se debe a que la vida en Occidente se afirma por la acción. Es la constante afirmación de la vida a través de la realización. De ahí que el occidental haya decidido sobrevivir a la muerte al trasluz (nunca mejor dicho) de las religiones monoteístas. Sin embargo, el oriental no se afirma por la realización de cosas o de hechos, la vida para él es una progresiva aniquilación del yo, de ahí que sus religiones tiendan a creer en el regreso del hombre al cosmos. La vida eterna de un individuo no se necesita. En consecuencia, para el artista oriental el nombre no importa, se puede prescindir de él.

 

Escribo empezando por mi nombre porque soy occidental. Me llamo Guillermo de Miguel Amieva y soy un privilegiado. He comido y bebido todos los días de mi vida. He tenido unos padres cariñosos. He podido estudiar y formarme intelectualmente, si bien en un país que, lamentablemente,  hace sufrir mucho a los que nos esforzamos. Además, creo que la naturaleza me ha dado bondad, la cual es posible que solamente responda al código genético, a la herencia. No tiene mérito ser bueno. Los ancestros de los buenos se dieron cuenta de que la bondad permitía la supervivencia en mayor medida que la maldad y lo inscribieron en su ADN. Repito que soy privilegiado porque en mis circunstancias no creo que se encuentre ni el 0,5 por ciento de la humanidad. Y encima me doy cuenta. Sin tener un duro soy de los más ricos del planeta. Paradoja.

 

Sin embargo, a pesar de esta conciencia del yo, la segunda parte abre la puerta a la destrucción del yo. Comprendo la muerte. No soy un occidental que necesite vivir más allá. Como mucho, me gustaría reencarnarme o en un delfín o en un elefante. Nunca me ha atraído el cielo junto al Dios de barbas blancas, la eternidad me genera una sensación de indigestión merengada, y el olor de las iglesias, así como la atmósfera cargada con esa resignación y con esa autoinculpación del pecado, me parece algo impostado e insincero.  Pero me gustan los monasterios y los monjes porque reportan sensación de autenticidad. Peco y me alegro. Me lo he propuesto. Respetaré los mandamientos que están en el código penal, eso sí.

 

La muerte me seduce. Se ha ido haciendo mi novia. Un día me susurró que yo era demasiado occidental y me sacó a bailar. Me dijo que me llevaría con ella. La muerte es una diva que ha decidido borrarme el yo para reintegrarme en el universo, diluirme en su polvo de estrella y disolverme con los huesos de mi abuelo y de mi padre, oh gigantes constelaciones de mi memoria. Quizás la clave radique en esta mixtura entre Oriente y Occidente. Afirmar el yo creando y amando durante la vida para vencernos en el abrazo de la muerte que ya definitivamente nos evapora.

 

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