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Palabras de Poeta

Guillermo De MIguel Amieva

ENSAYO MÍNIMO SOBRE EL AMOR

El amor igual a la muerte, como ecuación, es el principio y el fin de la aventura más maravillosa que puede vivir una persona, pero requiere el paso de una serie de pruebas iniciáticas que la sociedad moderna no facilita.

ENSAYO MÍNIMO SOBRE EL AMOR
 
 
El amor es igual a la muerte. He llegado a esta ecuación tras muchos años de singladura. Cuando somos jóvenes pensamos que el amor está al alcance de nuestra mano, pero no es así. Todo nos parece cercano y basta un leve impulso hormonal para que se ciegue la razón. Pensamos que el amor es cuestión de gusto, de elección y luego de un asalto al cielo, como sugiere Pablo Iglesias con el poder. No es asi. El matrimonio suele reprimir aún más el amor. Un sentimiento trasgresor tan revolucionario como el amor no puede vivir fácilmente dentro de una institución sujeta a normas. El matrimonio es una institución que puede castrar el amor o llegar a asfixiarlo. Lo transforma en otra cosa, o, en el mejor de los casos, somete a los esposos a una dura prueba de verdadera resistencia. Amar no está hecho para cualquiera. Solo para aquel que no le importe morir. El amor es igual a la muerte. 
 
El amor, tal y como lo concebimos los occidentales, nació en la Occitania. Los trovadores cortejaban a las damas de la corte cantándoles romances, lo cual trasgredía las convenciones del amor entre iguales. Surgió el amor puro, un absoluto. El amor de Dios a sus hijos se extrapoló a la pareja de tal modo que los amantes aspiraban a profesarse ese amor incondicional. Puede decirse que el amor occidental es la revolución más importante de la historia porque, a mi juicio, parte de la libertad, de la igualdad humana y de la profunda solidaridad, lo cual ha justificado las demás progresiones posteriores. Nace en Occidente      —en Oriente, los matrimonios se negocian entre familias— y deviene, como hemos visto, una proyección del sentimiento amoroso del cristianismo. Sin la ideación del amor de Dios a los hombres no hubiéramos podido secularizar, bien es cierto que como un ideal, el amor de pareja. 
 
No puede amar cualquiera. Se requiere un duro entrenamiento. El entrenamiento exige pulir el egoísmo y ejercitarse en la bondad durante toda nuestra vida. El aspirante debe pasar por determinadas pruebas iniciáticas y luego coincidir con alguien que no se deje amar manteniéndose solamente en el lado pasivo de la relación. Por mucho que nos empeñemos en lo contrario, todos necesitamos amar y ser amados. Nuestro empeño en llegar al amor de una tacada tras una boda más o menos llamativa y un noviazgo holiwoodense, no dejan de articular una apariencia que no siempre coincide con el contenido. Los matrimonios deberían celebrarse al final, cuando puede hacerse un balance. Sin embargo, las bodas estallan en júbilo en ese dulce inicio, pero no siempre el amor es igual a la muerte en ellas y no siempre obedecen a la certeza. Y ésa es la ecuación:
 
El amor es igual a la muerte porque nos anulamos en el otro cuando amamos. El yo se une al nosotros. Morimos y renacemos en el otro. El amor es una muerte y una resurrección en la solidaria compañía del nosotros. 

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