Luna azul original

Lunes en la Luna

Nuria Herrera

Oh pino! (I)

ښltimo día creciente de la luna  del trueno

Ahora la culpa es de los políticos. Desde luego que a quién en sus manos lleva el bien común ha de exigírsele mucho y sobre todo unos mínimos. No hay que abandonar esta lucha que grandes adelantos ha traído siempre en la historia. Pero, esta vez, por favor, no nos quedemos ahí.

No hablo de España, también hablo de España que no es lo mismo. Cada casa tiene su olor personal e intransferible, pero hablo de todo, porque  al final todos somos un uno (dice mi corazón).

Volvemos al punto donde ya hemos estado otras veces.

Por ejemplo aquí: mientras había sueldos para hipotecas, letras y vacaciones, a quién le importaba lo demás? Y permítaseme señalar  que  lo demás estaba igual que ahora. No importan los requiebros circunstanciales, hablo de lo esencial: el circo global  que hemos montado con la excusa del progreso y del bienestar.

Un tercio tirando comida y reclamando derechos  básicamente civiles a costa de dos tercios que  en escandalosa proporción mueren de hambre.

Tres o cuatro personas orquestando la función y millones actuando en ella sin ni siquiera saberlo a veces. Muy a lo payaso y a lo global ( dícese del globo que hay que tener para participar en esto).

Cuando las cosas se salen de madre como ahora pasa, ese es el mejor momento. Es la oportunidad de observar las líneas que vienen abriéndose en el tiempo y llegar hasta la raíz.

No estoy hablando de política. Estoy hablando de humanidad, que es diferente. Los políticos me parecen como los demás: las cosas las hacemos mal  todos, cada uno en su escala. Echar la culpa a los políticos, es, viviendo en la dictadura del poder económico, cuando menos, y sin ánimo de ofender, ignorante. Pretender un cambio únicamente político no es ir a la raíz del problema. Políticamente, creo que por Islandia no vamos mal, pero vayamos más allá. No nos harían falta ni políticos, tenemos políticos por cobardes.

Si ellos tienen la responsabilidad del bien común, nosotros también la tenemos. Todos vivimos atados a personas que podríamos considerar a nuestro cargo, todos tenemos familia, pareja, amigos, compañeros, vecinos, conocidos y desconocidos que portan nuestro mismo adn. Y casi todos andamos pensando sólo en nosotros mismos, como hacen los políticos, personitas como nosotros, igual, más conquistados por la maldad quizá, pero personas igual.

A todos nos late un corazón que no usamos como podríamos.

Las revoluciones siempre empezaron cambiando lo de abajo, no lo de arriba. Y ya hemos tenido unas cuantas para observar lo que nunca se hizo. Ya hemos derrocado dinastías, asesinado a asesinos, instaurado nuevos sistemas de gobierno. Ya la revolución francesa, ya el comunismo, ya la Onu.

Lo que está fallando es el factor humano en toda su dimensionalidad. Todavía no nos hemos enfrentado a nosotros mismos en plena sinceridad  y con alto juicio transformador y constructivo. Que eso lo tiene que hacer los que mandan, nos dicen ellos, para ganar dinero, y nosotros para eludir el miedo y la responsabilidad, aceptamos ser insignificantes. Insignificantes mejor que responsables.

Ni políticos nos harían falta, tenemos políticos por cobardes, quiero repetir.

Vamos a intentar definir algo. Vamos a definir el amor.

Vamos a definir el amor como, de todas las opciones posibles, la mejor opción resultante para mí mismo y para los demás, a la vez. La mejor opción para mí mismo y para los demás a la vez, quiero repetir. Una opción donde nadie pierde y todos ganan.

Qué tal si intentamos hacer algo distinto, por ejemplo nombrar al amor como  la única forma de conducta aceptable para todos en cada suceso de nuestra vida, y dejamos que eso se extienda y esperamos lo que nos traiga de vuelta.

Algo así como dibujar encima del símbolo del dólar un corazón, bien relleno de color, para que lo tape y ya no se vea.

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ESTO NO ES UN POEMA  

Me desperté temprano

había viento nubes

y la gente iba en manga larga.

El sol luchaba por salir.

Al mediodía el hambre

me llevó a la ventana,

dice César Vallejo

no confíes en la puerta

confía en la ventana.

Pensaba qué comer.

Y el sol

se había impuesto

en lucha terca

desde la mañana.

Venció la generosidad

de su luz.

El amor caliente.

El  azul limpio del cielo.

Ahora todos enseñan

los brazos

y sonríen

porque llevan las hormonas

acariciadas.

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