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La cuarentena

Inda Jaus
Blog de Inda Jaus

Jugando a los tronos

Aún no había amanecido y me quedaba poco camino para llegar al molino cuando oí barullo de caballos que se acercaban. La respiración agitada de mi yegua no me dejaba identificar de cuántos jinetes se trataba, ni por cual de los caminos venían. Até a €œPestañas€ a la rama seca de un fresno y me alejé un poco hacia el oeste, al áspero amparo de unas zarzas que estaban cargadas de moras verdes. Allí el silencio era perfecto. Se oía claramente el trote y casi se distinguían las conversaciones. Un par de minutos después llegarían las respuestas. Y el olor a dinero y sangre.

No tardé en comprender que se trataba de los hombres de Lord Roderik While, el Señor de Torrestorvas. De aquel malnacido se decía que no tenía en la sesera más que la habilidad de disfrazar la mirada. Decían que clavaba firmemente sus ojos en los de sus adversarios, con la cabeza algo ladeada, y los convencía de que veía en su interior, que leía sus pensamientos, que nada ni nadie podía ponerles a salvo de su mirada. Muchos habían hincado la rodilla ante él convencidos de que tenía un poder superior y podía librarles de todo mal. A cambio, él les permitía acompañarle en los saqueos y recoger las migajas que él desdeñaba. Lo cierto es que ese magnetismo en la mirada tenía otra explicación bastante más prosaica.

Hace muchas lunas yo servía como mesera en una posada cercana a Zena, donde a menudo los miembros de la Orden de la Gaviota celebraban banquetes y fastos. €œ!Viva el vino!€ gritaban constantemente, haciendo honor al lema de la orden. Y cuanto más vino corría, más se les aflojaba la lengua. Era cuando alguien de oídos atentos como los míos se hacía con un auténtico botín de secretos y rumores.

Supe así que los While habían asentado su poder a lo largo de cientos de años a base de convenientes alianzas matrimoniales con acaudaladas familias norteñas y, sobre todo, bajo el auspicio de los siniestros septones balaguerianos. El padre de Lord Roderik, Lord Raymond While, en seguida detectó la flojera mental de su hijo menor. Puso los negocios familiares en manos del mayor, Lord Raymond While el Joven y al pequeño Roderik lo dejó al cargo de los balaguerianos de la capital para que sacaran de él cuanto provecho pudieran. Así, estudiando una antigua pintura en la que se veía a una mujer de enigmática sonrisa, fue como descubrieron la capacidad del muchacho para demudar el gesto y parecer realmente avezado y despierto. Pasó el resto de su juventud cultivando ese talento. Lo acompañó de otros, como la cautela en el hablar y la discreción en su proceder. Así se forjó una reputación de hombre preparado y concienzudo que caló oportunamente entre el pueblo confiado, y que los Verdaderos Amos no dudaron en aprovechar.

Pero allí estaba yo otra vez, agazapada junto a una zarza en aquel camino cualquiera entre los miles de caminos que cruzaban el oeste de Iberia. No hacía ni dos lunas que me había establecido allí como panadera, huyendo de la vida de proscrita que llevaba en la capital, intentando poner a salvo a la criatura que crecía en mi vientre. Había recorrido un largo camino como para no estar a salvo otra vez.

ÂżQué hacían allí aquellos hombres? ÂżHabrían empezado de nuevo las €œRecaudaciones de la Infamia€? Aún se me hinchaban las venas del cuello cuando recordaba aquellos años aciagos en los que los ricos saquearon los negocios de los gremiales para recaudar a favor de otros más ricos aún, que nadie conocía y de los que no se había oído hablar hasta poco antes.
Por un instante pensé que mi furia era tan clamorosa que se oía, y puede que así fuera, porque los jinetes aflojaron la marcha para darle alivio a sus monturas mientras€Ś

El editor de la saga €œCanción de hierro y fuego€, de George R.R. Martin, comentaba hace unos días que la literatura fantástica es un €œmecanismo de evasión€ en los tiempos de crisis.
Y va a ser que s퀦

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